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1. HISTORIA DE LA CUARESMA
El tiempo de Cuaresma no es anterior al siglo IV y en muchas Iglesias es
ciertamente posterior. Sin embargo, la celebración de la Pascua contó
siempre con una cierta preparación, consistente en un ayuno de dos
o de tres días de duración. En la antigüedad solamente
se celebraba la eucaristía los domingos, pero se ayunaba todos los
miércoles y viernes del año, excepto durante el tiempo pascual.
Por eso, muy pronto, el ayuno que precedía a la solemnidad de la Pascua,
iniciado en realidad el miércoles precedente, terminó por abarcar
la semana entera.
Ya en el siglo IV este ayuno se extiende a otras dos semanas más,
dejando los domingos, en los que también estaba prohibido ayunar.
Esta época es la que conoce el mayor esplendor del catecumenado de
adultos, cuya última etapa, la inmediatamente anterior a la recepción
de los sacramentos de la iniciación cristiana, se desarrollaba en
estas semanas anteriores a la Pascua. También es entonces cuando mayor
impulso recibe otra importantísima institución pastoral de
la Iglesia antigua: la penitencia pública de los grandes pecados,
con el rito de la reconciliación de los penitentes en la mañana
del Jueves santo. Aunque este modo de obtener el perdón de los pecados
duraba varios años, lo mismo que el catecumenado, sin embargo, todos
los años, al comenzar el período de preparación para
la Pascua y a su término, en la mañana del Jueves Santo, se
celebraban los ritos de entrada en el orden de los penitentes y el rito de
la reconciliación, respectivamente.
Entre una y otra celebración terminarán por transcurrir cuarenta
días, sin duda por influjo del ayuno del Señor en el desierto.
A finales del siglo IV, Roma ya tenía organizada así la Cuaresma,
participando en ella no solamente los catecúmenos y los penitentes,
sino toda la comunidad. Por cierto que el rito de entrada en la penitencia
pública es lo que ha dado lugar al miércoles de Ceniza.
Ahora bien, dado que los domingos no eran días de ayuno, el historiador
de la Cuaresma advierte muchas fluctuaciones a la hora de empezar la cuenta
atrás de los cuarenta días a partir del comienzo del primitivo
ayuno prepascual, o sea, el Jueves Santo, o a partir del domingo de Pascua
o incluso del actual domingo de Ramos. El resultado es una acumulación
de estratos o períodos superpuestos, de manera que ya en el siglo
VII no sólo hay una Cuadragésima -40 días, desde el
domingo I de Cuaresma hasta el Jueves Santo inclusive-, sino también
una Quincuagésima -50 días, contados desde el domingo anterior
al I de Cuaresma hasta el de Pascua-, una Sexagésima -60 días,
que avanzan hacia atrás otro domingo más y concluyen, asombrosamente;
el miércoles de la octava de Pascua- y una Septuagésima -70
días, a base de ganar otro domingo aún y concluir en el II
de Pascua.
Esta especie de Precuaresma, en la que se usaba el color morado y se suprimía
el Gloria y el Aleluya, ha durado hasta la promulgación del nuevo
Calendario romano en 1969. La reforma litúrgica ha devuelto la Cuaresma
al substrato más clásico, el de la Cuadragésima, aunque
ha conservado el miércoles de Ceniza y las ferias que le siguen, pero
en realidad fuera de la cuenta de los cuarenta días.
En la antigüedad, más importante aún que este movimiento
de números fue el modo como progresivamente fueron llenándose
de celebraciones las semanas de la Cuaresma, hasta dar lugar a la compleja
liturgia estacional de la Iglesia de Roma durante este período. La
Cuaresma más antigua tenía únicamente como días
litúrgicos, en los que la comunidad se reunía -hacía
estación cada vez en una iglesia distinta-, los miércoles y
los viernes. Más tarde, en tiempos del papa San León (440-461),
se añadieron también los lunes, y, posteriormente, los martes
y los sábados. Finalmente, en el siglo VIII, durante el pontificado
del papa Gregorio II (715-731), se completará la semana, dotándose
de celebración también al jueves.
2. ESTRUCTURA ACTUAL DE LA CUARESMA
El tiempo de Cuaresma dura desde el miércoles de Ceniza hasta las
primeras horas de la tarde del Jueves Santo. La misa de la cena del Señor
pertenece ya al Triduo pascual. Ahora bien, como el miércoles de Ceniza
es un día laboral, para la mayoría de los cristianos la Cuaresma
comienza con su domingo I, a pesar de que el citado día es de ayuno
y abstinencia.
La Cuaresma descansa sobre los domingos, denominados I, II, III, IV y V de
Cuaresma, y Domingo de Ramos, en la pasión del Señor, el último.
Las ferias avanzan independientemente de los domingos, aunque en su temática
litúrgica guardan una cierta relación con ellos. La importancia
de estas ferias es grande, pues ya el mismo Vaticano II (cf. SC 35,4) y ahora
el nuevo Código de Derecho Canónico recomiendan convocar al
pueblo y tener una breve homilía (can. 767,3).
Para dar cumplimiento a la disposición conciliar, que insistía
en la acentuación de los elementos bautismales de la Cuaresma, además
de los propios de la penitencia, y dado que el Leccionario dominical comprende
tres ciclos de lecturas, se ha querido que el ciclo «A» sea como
el prototipo de lo que debe ser este tiempo litúrgico. Para ello,
después de mantener en los domingos I y II los temas tradicionales
de las tentaciones del Señor y de la transfiguración, por lo
demás comunes a los tres ciclos, se han recuperado para los domingos
III, IV y V los evangelios clásicos de la Cuaresma catecumenal: la
samaritana, el ciego de nacimiento y la resurrección de Lázaro.
Estos domingos en los ciclos «B» y «C» se ocupan
de aspectos del misterio pascual y de la llamada a la conversión.
El domingo de Ramos se centra en la proclamación de la pasión
del Señor, leída cada año según un evangelista
sinóptico, de la misma manera que se hace en los domingos I y II,
en los que los episodios de las tentaciones y de la transfiguración
se toman también de cada uno de los citados evangelistas. Y es que
el Leccionario dominical ha asignado un evangelio a cada uno de los tres
ciclos de que consta: Mateo para el ciclo «A», Marcos, completado
con Juan, para el «B» y Lucas para el «C».
A partir del domingo V de Cuaresma, antes domingo I de Pasión, se
mantienen algunos aspectos que recuerdan el antiguo período, dedicado
a preparar más intensamente a los fieles para la celebración
del misterio pascual.
Por otra parte, las lecturas del Antiguo Testamento de todos los domingos
forman entre sí, dentro de cada uno de los ciclos, unas series dotadas
de fisonomía propia, presentando los distintos momentos de la historia
de la salvación; todo ello sin romper su relación con el resto
de las lecturas del domingo respectivo.
La Cuaresma comprende también las cuatro primeras ferias de la Semana
Santa. Estos días tienen un marcado carácter de introducción
en la celebración de la pasión del Señor, a excepción
de la misa crismal, en la que se bendicen y consagran los óleos en
la mañana del Jueves Santo. Esta misa es como un paréntesis
dedicado a poner de relieve cómo del misterio pascual brotan los sacramentos
de la Iglesia.
3. EL MIERCOLES DE CENIZA
La liturgia renovada ha querido mantener la importancia tradicional de este
día, originariamente destinado a introducir a los penitentes en la
penitencia pública, entre otros ritos, mediante la imposición
de la ceniza. El gesto es de origen bíblico y judío, como señal
de luto y de dolor. Cuando en el siglo IX la penitencia pública empezó
a dar paso a la confesión privada y a la absolución individual
de los pecados, el rito de la imposición de la ceniza, lejos de desaparecer,
fue aplicado a todos los fieles.
Hoy la ceniza es contemplada en el Misal no tanto como un recuerdo de que
el hombre es polvo (cf. Gén 3,19), cuanto como un signo de una voluntad
de conversión y de renovación pascual. Por eso se han introducido
nuevos textos y una nueva fórmula al imponerla: «Convertíos
y creed en el Evangelio» (Mc 1,15). Asimismo resulta significativo
el momento en que debe hacerse el rito: después de la homilía,
para mostrar cómo la conversión y la penitencia surgen de la
interpelación que nos hace la Palabra divina.
Por su parte, las lecturas contienen una fuerte llamada a la interiorización
de las obras penitenciales de la Cuaresma (Mt 6,1-6.16-18: ev.) y a la autenticidad
de la conversión (JI 2,12-18; l.a lect.). La segunda lectura es un
magnífico pregón cuaresmal: «Os lo pedimos por Cristo:
dejaos reconciliar con Dios... Ahora es el tiempo de la gracia, ahora es
el día de la salvación» (2 Cor 5,20-6,2). La Liturgia
de las Horas completa todo este programa con textos de los profetas, especialmente
Is 58,1-12: «El ayuno que yo quiero es éste: abrir las prisiones
injustas...», y con un rico texto de San Clemente Romano (lect. patr.).
El espíritu que debe presidir la Cuaresma está sintetizado
en la oración siguiente:
«Señor, fortalécenos con tu auxilio al empezar la Cuaresma
para que nos mantengamos en espíritu de conversión; que la
austeridad penitencial de estos días nos ayude en el combate cristiano
contra las fuerzas del mal» (col.).
4. DOMINGO I DE CUARESMA: CRISTO TENTADO POR EL DIABLO
El protagonismo que ocupa Cristo en todo el ciclo de los misterios del Señor
que se van recordando a lo largo del año litúrgico tiene en
este domingo una expresión ejemplar. Para comprenderlo es preciso
situarnos en la clave adecuada, es decir, en lo que los distintos hechos
y momentos de la vida histórica de Jesús representan para nosotros.
Es esta vida completa, evocada en el curso de un año, lo que da la
medida de la obra de nuestra progresiva asimilación a Jesucristo,
el Hijo de Dios imagen de la gloria del Padre (cf. Rom 8,29; 2 Cor 3,18;
4,6). El episodio de las tentaciones, proclamado por la liturgia de este
domingo, no es sólo un momento decisivo en la vida de Jesús;
es, sobre todo, el drama de Adán en el paraíso, de Israel en
el desierto y de cada cristiano en esta vida. «En Cristo estabas siendo
tentado tú», dirá San Agustín, mientras el prefacio
de la misa desvela el sentido de este primer domingo cuaresmal:
«Porque Cristo, al abstenerse durante cuarenta días de tomar
alimento, inauguró la práctica de nuestra penitencia cuaresmal,
y, al rechazar las tentaciones del enemigo, nos enseñó a sofocar
la fuerza del pecado; de este modo, celebrando con sinceridad el misterio
de esta Pascua, podremos pasar un día a la Pascua que no acaba».
Jesús, en efecto, atravesó el mar Rojo de su bautismo en el
Jordán (cf. Lc 4,1) y se adentra en el desierto, donde es tentado.
En el bautismo ha sido investido para la misión, pero antes tiene
que superar la prueba del desierto, donde el tentador tratará de impedir
la realización de su plan divino, que desemboca en la cruz. Es justamente
ésta la experiencia del catecúmeno y del cristiano en su itinerario
prebautismal y penitencial de los sacramentos hasta llegar al banquete eucarístico,
que sella, en el primero, la iniciación cristiana y, en el segundo,
la conversión y la reconciliación con Dios. En esto consiste
«el misterio de esta Pascua», como dice el prefacio; es decir,
el paso nuestro a través del desierto cuaresmal para llegar cada año
a la celebración jubilosa de la resurrección y, al final de
nuestra vida, «a la Pascua que no acaba».
Todos los restantes textos bíblicos y litúrgicos de este domingo
no hacen sino dar vueltas en torno a este gran contenido fundamental. Las
lecturas del Antiguo Testamento nos presentan los primeros momentos del hombre
y del pueblo de Dios, momentos de tentación y de caída; las
segundas lecturas completan el mensaje haciéndonos reflexionar sobre
el pecado, sobre el bautismo y sobre la fe. El evangelio contiene el relato
de las tentaciones, cada año según un evangelista. He aquí
el cuadro completo de la liturgia de la Palabra.
|
Año A
|
Año B
|
Año C
|
1ª. lect.
|
Gén 2,7-9; 3,1-7
|
Gén 9,8-15
|
Dt 26,4-10
|
Salmo r.
|
50
|
24
|
90
|
2ª. lect.
|
Rom 5 12-19
|
1 Pe 3,18-22
|
Rom 10,8-13
|
vers.
|
Mt 4,4b
|
=
|
=
|
ev.
|
Mt 4,1-11
|
Mc 1,12-15
|
Lc 4,1-13
|
Pero el cristiano sólo vencerá la tentación si cumple
el gran aviso-consigna para toda la Cuaresma y para toda su vida: «No
sólo de pan vive el hombre, sino de toda la palabra que sale de la
boca de Dios» (Mt 4,4 = Dt 8,3). Palabra salida de la boca de Dios,
alimento principal del creyente, es el propio Cristo, que se nos da en la
mesa doble de la Palabra y del sacramento:
«Después de recibir el pan del cielo que alimenta la fe, consolida
la esperanza y fortalece el amor, te rogamos, Dios nuestro, que nos hagas
sentir hambre de Cristo, pan vivo y verdadero, y nos hagas vivir constantemente
de toda palabra que sale de tu boca» (posc.).
5. DOMINGO II DE CUARESMA:
CRISTO ES TRANSFIGURADO
He aquí el segundo momento transcendental que la Cuaresma nos pone
delante, contemplando a Cristo y mostrándonos en él el misterio
de nuestra transformación interior por los sacramentos. Jesús,
bautizado para la misión salvadora, superada la tentación que
se interponía en su camino, es transfigurado por su propia gloria
de Verbo divino y es confirmado por la nube luminosa del Espíritu
y la voz del Padre con vistas al sacrificio pascual de la muerte y resurrección.
Los creyentes son llamados a escuchar con más fidelidad la Palabra,
para que también ellos, bautizados y confirmados, a través
de la experiencia penitencial de la Cuaresma, se encaminen hacia su perfecta
identificación con Cristo glorioso (cf. 1 Cor 15,49.51-57; Ef 4,22-24).
San León Magno, en la lectura patrística del Oficio, comentando
el episodio, señala tres vertientes del mismo. La primera, «alejar
de los corazones de los discípulos el escándalo de la cruz»;
la segunda, «fundamentar la esperanza de la Iglesia santa, ya que el
cuerpo de Cristo en su totalidad podría comprender cuál habría
de ser su transformación y sus miembros podrían contar con
la promesa de su participación en aquel honor que brillaba de antemano
en la cabeza»; y la tercera, «la confirmación de la fe
de todos» en la redención de Cristo gracias al testimonio de
Moisés y de Elías y del propio Señor, es decir, por
la unidad de los dos Testamentos.
De manera aún más sintética, el prefacio de la misa
recuerda también cómo Cristo,
«después de anunciar su muerte a los discípulos, les
mostró en el monte santo el esplendor de su gloria, para testimoniar,
de acuerdo con la ley y los profetas, que la pasión es el camino de
la resurrección».
Para completar esta enseñanza fundamental de que «por la cruz
se llega a la luz», según el dicho popular, las primeras lecturas
proponen la figura de Abrahán, a la vez que evocan otra etapa de la
historia de la salvación, la representada por el patriarca padre del
pueblo de los creyentes, dispuesto a sacrificar a su hijo único -figura
de Cristo- y depositario de la primera alianza. Las segundas lecturas nos
hablan de nuestra futura transformación gloriosa a imagen de Cristo
y del amor infinito de Dios hacia nosotros:
|
Año A
|
Año B
|
Año C
|
1ª. lect.
|
Gén 12,1-4a
|
Gén 22,1-2.9ss
|
Gén 15,5-12.17-18
|
Salmo r.
|
32
|
115
|
115
|
2ª. lect.
|
2 Tim 1,8-10
|
Rom 8,31-34
|
Flp 3,17-4,1
|
vers.
|
Mt 17,5
|
=
|
=
|
ev.
|
Mt 17,1-9
|
Mc 9,1-9
|
Lc 9,28-36
|
Las oraciones de la misa y algunos textos del Oficio divino se sitúan
en otro plano, más contemplativo, y piden que la eucaristía,
en la que se nos da el cuerpo glorioso de Cristo (posc.), «borre nuestros
pecados, santifique los cuerpos y las almas de los fieles y nos prepare a
celebrar dignamente las fiestas de Pascua» (superobl.). Es muy significativa
esta toma de conciencia de la necesidad de limpieza interior ante el misterio
de Cristo transfigurado. En esta purificación juega -¡cómo
no!- un decisivo papel la escucha de la Palabra de Cristo, tal como lo manda
la voz del Padre, que se deja oír sobre el hijo amado. Esta es la
respuesta, hecha plegaria, de la iglesia:
«Señor, Padre Santo, tú que nos has mandado escuchar
a tu Hijo, el Predilecto,
alégranos con el gozo interior de tu palabra;
y, purificados por ella,
contemplaremos con mirada limpia
la gloria de tus obras» (col.).
Un bello complemento doctrinal y espiritual al contenido de este domingo
de Cuaresma lo constituyen los textos de la misa y del Oficio de la fiesta
de la Transfiguración del Señor, el 6 de agosto.
6. LOS DOMINGOS III, IV Y V DEL AÑO «A»:
LOS SIGNOS DE LA VIDA
Los fieles que han entrado en la Cuaresma siguiendo a Cristo y con él
vencen las pruebas contemplando el rostro transfigurado de su Señor,
centran su atención en el misterio de su propia transformación
interior. Era necesario, pues, que el cuadro cristológico de nuestra
asimilación al Hijo de Dios se completase con la iniciación,
mejor reiniciación, a los sacramentos que consagran el comienzo de
la vida cristiana: el bautismo, la confirmación y la primera comunión.
Para el cristiano adulto esta reiniciación pasa necesariamente por
la penitencia, segundo bautismo y paso previo para acceder a la eucaristía,
especialmente si ha pecado gravemente.
A todo esto están dedicados los domingos III, IV y V de la Cuaresma
del año «A», presididos por los evangelios de la Samaritana,
del ciego de nacimiento y de la resurrección de Lázaro. Se
trata de tres pasajes evangélicos que en la antigüedad formaban
parte de las misas de los escrutinios cuaresmales de los candidatos al bautismo,
las cuales tenían lugar precisamente en estos mismos domingos. Más
tarde, al perder importancia el catecumenado de adultos, estas misas fueron
desplazadas a los días entre semana, a excepción del evangelio
de la resurrección de Lázaro, sin duda a causa de su interés
evocativo de la pasión y resurrección del Señor. Este
evangelio contribuyó a que el domingo V de Cuaresma fuese popularmente
conocido como el domingo de Lázaro. La recuperación de todos
estos evangelios ha estado marcada por el deseo de afirmar la temática
bautismal de la Cuaresma (cf. SC 109).
Ante la extraordinaria relevancia de estos evangelios, es justo que todo
el resto de lecturas, cantos y oraciones no hagan sino profundizar en los
aspectos catequéticos, doctrinales y espirituales de cada uno de ellos.
El Leccionario de la misa presenta el siguiente panorama en los tres domingos:
Dom.
|
1.° lect.
|
Salmo r.
|
2.° lect.
|
Vers.
|
Evang.
|
CICLO «A»
|
|
|
|
|
|
III
|
Ex 17,3-7
|
94
|
Rom 5,1-2.5-8
|
Jn 4,42
|
Jn 4,5-42
|
IV
|
1 Sam 16,1ss
|
22
|
Ef 5,8-14
|
Jn 8,12
|
Jn 9,1-41
|
V
|
Ez 37,12-14
|
129
|
Rom 8,8-11
|
Jn 11,25
|
Jn 11,1-45
|
El domingo III, basándose en el episodio del pozo de Jacob y en el
diálogo de Jesús con la mujer samaritana sobre el don de Dios
y el agua viva, se centra en el simbolismo sacramental de este elemento del
bautismo, es decir, en el Espíritu Santo derramado en nuestros corazones
(2.° lect.), el manantial que salta hasta la vida eterna (evang.) para
colmar totalmente la sed del hombre (l.° lect. y salmo r.). San Agustín
comenta bellísimamente este evangelio en la lectura patrística
del Oficio, y el prefacio de la misa, inspirado en la liturgia hispanomozárabe,
recuerda cómo Cristo, «cuando pidió de beber a la Samaritana,
ya había infundido en ella la gracia de la fe».
El domingo IV propone otro bello símbolo bautismal: la luz que cura
la ceguera de la humanidad, ceguera de nacimiento. Por eso, el bautismo fue
llamado sacramento de la iluminación por los Santos Padres. Mientras
la primera lectura evoca la elección de David, figura de Cristo, Buen
Pastor que guía a su pueblo «aunque camine por cañadas
oscuras» (cf. salmo r.), la segunda invita a caminar como hijos de
la luz, al tiempo que dice al que está en pecado: «Levántate
de entre los muertos y Cristo será tu luz. Nuevamente, San Agustín
comenta el evangelio, y el prefacio señala también los efectos
de la redención de Cristo:
«Porque él se dignó hacerse hombre
para conducir al género humano, peregrino en tinieblas,
al esplendor de la fe;
y a los que nacieron esclavos del pecado
los hizo renacer por el bautismo,
transformándolos en hijos adoptivos del Padre».
La resurrección de Lázaro, en el domingo V, habla de la vida
que es Cristo mismo en el misterio pascual en virtud del Espíritu
Santo. Ese Espíritu resucitó a Jesús, del mismo modo
que puso en pie al pueblo de Israel sepultado en su desgracia (l.° y
2.° lect.). En el bautismo y en la penitencia, el Cristo «que como
hombre lloró a su amigo Lázaro, como Dios y Señor de
la vida lo levantó del sepulcro», para mostrar cómo «por
medio de sus sacramentos» devuelve a los hombres a la vida nueva (pref.).
7. LOS DOMINGOS III, IV Y V DE LOS AÑOS «B» Y «C»
Las lecturas, especialmente los evangelios, de los domingos III, IV y V del
ciclo «A» pueden tomarse todos los años, si razones pastorales
lo aconsejan así. Sin embargo, el Leccionario de la misa, que es lo
que configura el contenido celebrativo de cada día, propone los formularios
de la liturgia de la Palabra para los ciclos «B» y «C».
Cada domingo, por tanto, dentro del respectivo ciclo, tiene unidad propia,
la señalada por el evangelio, al que se acomodan las dos primeras
lecturas. Por cierto, las del Antiguo Testamento continúan presentando
las etapas de la historia de la salvación que iniciaron en el domingo
I de Cuaresma. He aquí el cuadro:
Dom.
|
1ª lect.
|
Salmo r.
|
2.° lect.
|
Vers.
|
Evang
|
CICLO «B»
|
|
|
|
|
|
III
|
Ex 20, 1-17
|
18
|
1 Cor 1,22-25
|
Jn 4,42
|
Jn 2,13-25
|
IV
|
2 Cor 36,14ss
|
136
|
Ef 2,4-10
|
Jn 3,16
|
Jn 12,20-33
|
V
|
Jer 31,31-34
|
50
|
Heb 5,7-9
|
Jn 12,26
|
|
CICLO «C»
|
|
|
|
|
|
III
|
Ex 3,1-8ss
|
102
|
1 Cor 10,1-6
|
Mt 4,17
|
Lc 13,1-9
|
IV
|
Jos 5,9-12
|
33
|
2 Cor 5,17-21
|
Lc 15,18
|
Lc 15,1-3.11-32
|
V
|
Is 43,16-21
|
125
|
Flp 3,8-14
|
Jl 2,12
|
Jn 8,1-11
|
Los grandes temas del ciclo «B», tomados del evangelio de San
Juan, proponen aspectos del misterio pascual a base de las comparaciones
que el Señor hace del templo (dom. III), de la serpiente de bronce
levantada por Moisés en el desierto (dom. IV) y del grano de trigo
que cae en tierra para morir y dar fruto (dom. V). En cambio, los evangelios
del tercer ciclo, de San Lucas, excepto el último, aunque parece en
realidad una página arrancada del evangelista de la misericordia,
giran en torno a la compasión divina hacia el pecador: actitud de
Jesús ante unos hechos luctuosos (dom.III), el hijo pródigo
(dom. IV) y el perdón de la mujer adúltera (dom. V).
En el domingo V, por lo demás, se mira ya a la pasión del Señor,
aspecto fundamentalmente destacado por las oraciones de la misa y por la
mayoría de los textos del Oficio divino; en concreto, por la lectura
patrística, esta vez de San Atanasio, de una de sus cartas sobre la
fecha de la Pascua. Así expresa la colecta de la misa los sentimientos
de Cristo en vísperas de los acontecimientos centrales de su vida:
«Te rogamos, Señor Dios nuestro, que tu gracia nos ayude,
para que vivamos siempre de aquel mismo amor
que movió a tu Hijo a entregarse a la muerte
por la salvación del mundo».
8. EL DOMINGO DE RAMOS EN LA PASION DEL SEÑOR
Es el último domingo de la Cuaresma, a pesar de que da paso ya a la
Semana Santa. De nuevo la liturgia y la piedad popular se unen en la síntesis
de este día, verdadera celebración dominical de la pasión
y, a la vez, conmemoración de la entrada triunfal de Jesús
en Jerusalén. Por eso, el título del domingo ha querido unir
ambos aspectos, por lo demás perfectamente coherentes, pues la entrada
del Señor en la Ciudad Santa, que va a ser escenario de los hechos
culminantes de su vida, significa la definitiva visita de Dios a su pueblo
(cf. Mt 21,5.9; Lc 7,16; 19,44).
La procesión de los ramos, rito de entrada de la misa, se empezó
a celebrar en Jerusalén; de forma que la peregrina gallega Egeria
la describe en su Diario de viaje, escrito hacia el año 380. Después
se extiende a todo el Oriente, a España (siglo VII, a las Galias y,
finalmente, a Roma (siglo XI o XII). La procesión está precedida
de la bendición de los ramos y de la proclamación del evangelio
de la entrada de Jesús en Jerusalén; detalle importantísimo,
porque revela cómo la liturgia no se limita a recordar hechos pasados,
sino que actualiza y revive lo que recuerda, de forma que los fieles realmente
reciben y aclaman a Cristo, representado en el obispo o en el sacerdote que
preside a la comunidad. Por eso, la rúbrica dispone que marche a la
cabeza de su pueblo, detrás de la cruz, en la procesión. La
lectura del relato evangélico se hace cada año según
un evangelio sinóptico.
Sin embargo, el centro de la celebración lo va a ocupar la pasión
del Señor, leída también, cada año, según
un sinóptico. De este modo, con las peculiaridades catequéticas
y de acentos propios de cada evangelista, se prepara la proclamación
de la pasión según San Juan, que se hará el Viernes
Santo, el relato de más fuerte colorido pascual, reservado por ello
para dicho día por la liturgia. La pasión del Señor
es el gran tema que la Iglesia medita a lo largo de todo el domingo.
Así, comienza pidiendo en la misa que «las enseñanzas
de la pasión nos sirvan de testimonio (col.), para concentrarse en
seguida en el tercero de los cantos del poema del Siervo de Yahveh (Is 50,4-7:
1ª lect.) y en el imponente himno de la carta a los Filipenses, que
revela el misterio del anonadamiento de Cristo y de su posterior exaltación
(Flp 2,6-11: 2ª lect.). Entre ambas lecturas se canta el salmo que recitó
el Señor en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por
qué me has abandonado?» (Sal 21). Jesús, es, en efecto,
el justo perseguido por los impíos, que, no obstante, muere para dar
la vida:
«Cristo, nuestro Señor, siendo inocente,
se entregó a la muerte por los pecadores,
y aceptó la injusticia de ser contado entre los criminales.
De esta forma, al morir, destruyó nuestra culpa,
y al resucitar, fuimos justificados» (pref.).
Por supuesto, la Iglesia no olvida que la pasión desemboca en la resurrección,
ni, menos aún, que la eucaristía «actualiza el único
sacrificio de Cristo» (superobl.). Esta síntesis entre pasión
y glorificación, de la que es un anticipo la entrada triunfal de la
misa -la procesión-, aparece continuamente en el Oficio divino. Baste
citar, por ejemplo, esta antífona de los Laudes:
«Con los ángeles y los niños
cantemos al triunfador de la muerte:
"Hosanna en el cielo"» (ant. 2).
El Lunes, Martes y Miércoles Santos prolongan este ambiente prepascual
del domingo de Ramos. Las primeras lecturas recogen los cantos del Siervo:
Is 42,1-7; 49,1-6 y 50,4-9, mientras los evangelios narran episodios que
hablan de la inminencia de la pasión: la unción en Betania
(Jn 12,1-11), el anuncio de la negación de Pedro y de la traición
de Judas (Jn 13,21-33.36-38) y la revelación de ésta (Mt 26,14-25).
9. LAS FERIAS DE LA CUARESMA
El tiempo de Cuaresma era el único en contar en la liturgia romana
con formularios propios para la misa y el Oficio de cada uno de los días.
Esta herencia, naturalmente, ha pasado a los actuales libros litúrgicos,
si bien adaptada a la esctructura del tiempo y a la ordenación de
los textos dentro de ella. Como hemos hecho con otros tiempos, tan sólo
nos vamos a fijar en el Leccionario de la misa y en el del Oficio de lectura.
Las lecturas del período cuaresmal han sido escogidas en función
de los temas propios de la catequesis y de la espiritualidad de este tiempo.
En la misa, las primeras lecturas pertenecen al Antiguo Testamento y armonizan
con el evangelio. Desde el lunes de la cuarta semana se ofrece una lectura
semicontinua del evangelio de San Juan, evangelio que ya no se dejará,
salvo algún día de la Semana Santa y de la octava pascual,
hasta el domingo de Pentecostés. Este uso del cuarto evangelio en
las últimas semanas de la Cuaresma y durante todo el tiempo pascual
es una característica propia de la liturgia romana.
En las semanas tercera, cuarta y quinta se han previsto unos formularios
de lecturas a voluntad, de forma que puedan leerse en cualquier día
de aquéllas los evangelios de la Samaritana, del ciego de nacimiento
y de la resurrección de Lázaro, si solamente se leen en el
ciclo "A" en los domingos correspondientes.
En cuanto al Leccionario bíblico del Oficio de lectura, durante las
tres primeras semanas se lee de manera casi continuada el libro del Exodo,
la historia de Israel a través del desierto, profecía de la
Cuaresma cristiana. Esta lectura se completa con pasajes del Levítico
y del libro de los Números en la cuarta semana. A partir del domingo
V y hasta el mismo Triduo pascual inclusive se lee la carta a los Hebreos,
interpretación de la antigua alianza a la luz del misterio pascual
de Cristo. Sin embargo, en los primeros días de la Semana Santa estas
lecturas se toman de los cantos del Siervo y de Lamentaciones del profeta
Jeremías.
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