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LA CONVERSIÓN CUARESMAL
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La conversión cuaresmal en el Espíritu
La marcha de la Iglesia hacia la celebración del segundo milenio del
nacimiento de Cristo se encuentra, en el presente año, en la segunda
etapa de su preparación inmediata a la que ha sido convocada por el
Papa Juan Pablo II. Por voluntad expresa del mismo Pontífice este
año está dedicado, de un modo especial, a la profundización
y vivencia de la acción del Espíritu Santo, tanto en la Iglesia
como en cada cristiano.
De acuerdo con lo anterior, hemos de intentar vivir la Cuaresma este año
a la luz de lo que nos dice la fe sobre la acción del Espíritu
Santo en una tarea tan cuaresmal como la conversión de nuestras mentes
y costumbres, para llegar purificados y en comunión con el misterio
que celebramos en la Pascua.
Para comenzar el camino
Un mínimo de sinceridad nos llevará a confesar que no "nos
va la Cuaresma". Resulta un tanto mortificante romper con el ritmo de la
vida ordinaria en la que se cobijan cómodamente más de una
cicatería con el Señor, abundancia de segundas intenciones
contra el prójimo y continua complicidad con nuestro yo egoísta
y comodón. Estas reticencias, que sentimos contra este tiempo litúrgico
que nos habla de conversión, nos vienen de nuestra condición
de pecadores que San Gregorio de Nisa acertó a describir gráficamente
con estas palabras: El espíritu del hombre con el pecado es como un
espejo al revés, el cual, en vez de reflejar a Dios, refleja en sí
la imagen de la materia informe.
Está claro que necesitamos un impulso para romper esa situación.
Toda la tradición de la Iglesia afirma que es el Espíritu Santo
quien nos lo puede dar. Un antiguo, obispo de Cesarea nos adoctrina: En lo
referente a la íntima unión del Espíritu Santo con el
alma, no consiste en una cercanía local... sino en una exclusión
de las pasiones. Por ella se nos purifica de las fealdades adquiridas por
los vicios, recupera la belleza de su naturaleza, es restituida a la imagen
real su forma primitiva a través de la pureza... A través del
Espíritu el corazón se eleva, los débiles son conducidos
de la mano, los que progresan llegan a ser perfectos.
Este texto nos da una pista, quizá un tanto novedosa, para vivir la
Cuaresma con buenos frutos de conversión. Hemos de comenzar, sabiéndonos
indigentes de fuerzas, por invocar al Espíritu Santo. Incluso hemos
de convertir en la jaculatoria de cada día una famosa fórmula
litúrgica: Entra hasta el fondo del alma, Divina Luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre si Tú le faltas por dentro; mira el
poder del pecado cuando no envías tu aliento
Mantener la buena marcha
Sabemos por experiencia que no son suficientes los buenos propósitos
y que, si es necesario un buen punto de partida, lo que nos resulta más
difícil es mantenernos en el camino y no perder velocidad.
También en esta tarea nos podemos aprovechar de la larga experiencia
de quienes nos han precedido en la brega de la vida cristiana. Y, de nuevo,
en este afán nos encontramos con la acción del Espíritu
Santo. San Pablo la sintetiza con estas palabras: Caminad según el
Espíritu y no os dejéis arrastrar por los apetitos desordenados.
Porque estos apetitos actúan contra el Espíritu y el Espíritu
contra ellos. Se trata de cosas contrarias entre sí, que os impedirán
hacer lo que sería vuestro deseo. Pero si os dejáis guiar por
el Espíritu, no estáis bajo el dominio de la ley (Gal 5, 16-18).
Se ha dicho que el interior del cristiano es una guerra civil. Los contendientes
son el Espíritu y los apetitos desordenados. La doctrina paulina consigue
hacer una exhaustiva descripción del bagaje de cada una de las partes
beligerantes. Los apetitos desordenados empujan hacia las obras de la carne
que, según el mismo apóstol, son: fornicación, impureza,
libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, contiendas,
envidias, rencores, rivalidades, partidismos, sectarismos, discordias, borracheras,
orgías y cosas por el estilo (Gal 5, 19-20). Desde luego hay donde
escoger en la descripción paulina. A todos nos vendrá bien
hacer una revisión de nuestros comportamientos para, con sinceridad
ante Dios y nosotros mismos, reconocer en qué medida somos esclavos
de la carne.
En oposición abierta a las obras de la carne y construyendo el hombre
nuevo en Cristo, la acción del Espíritu Santo, según
el mismo san Pablo, consigue que surja en nosotros la nueva vida en Cristo
y lleguemos a tener los sentimientos de Cristo y así nos abra a la
lógica de las Bienaventuranzas que son una existencia humana vivida
bajo el impulso de los frutos del Espíritu Santo que hacen posible
que surja en nosotros amor, alegría, paz, tolerancia, amabilidad,
bondad, fe, mansedumbre y dominio de si mismo (Gal 5, 22-23). Es evidente
que esta descripción nos muestra una visión envidiable de lo
que podía ser nuestra vida en el secreto de nuestro mundo interior,
en nuestras relaciones con los demás tanto en la familia como en el
trabajo, o en los ambientes de relación social.
El tiempo oportuno
El don del Espíritu es, por tanto, lo que puede ayudarnos a conseguir
que esta Cuaresma sea, como lo llama la liturgia, el tiempo oportuno que
haga nuestra vida moralmente más armoniosa y a nosotros hombres auténticamente
libres, pues, como dice santo Tomás: Ahora es cuando obra el Espíritu
Santo, el cual perfecciona interiormente nuestro espíritu comunicándole
un dinamismo nuevo, de manera que él se abstiene del mal por amor...,
y de tal manera que no está sometido a la ley divina, sino es libre
porque su dinamismo interior lo lleva a hacer lo que prescribe la ley divina.
Que bellamente expresa la nostalgia y el deseo de la presencia del Espíritu
la liturgia cuando canta el día de Pentecostés: Riega la tierra
en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía
al que tuerce el sendero
ANTONIO LUIS MARTÍNEZ
Semanario "Iglesia en camino"
Archidiócesis de Mérida-Badajoz Número 247. 22 de marzo
de 1998
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