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CORRAMOS LA CUARESMA
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Empezamos la santa Cuaresma con el deseo de «avanzar en la inteligencia
del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud» (Oración de
la misa). Es lo que realmente pretendemos en este tiempo fuerte.
Conocer mejor el misterio de Cristo, que es un abismo insondable. Queremos
conocer no tanto los hechos y los detalles concretos de la vida, la pasión,
la muerte y la resurrección de Jesucristo, sino las actitudes íntimas,
los sentimientos más profundos, la densidad de sus palabras, sus deseos
y objetivos, toda la fuerza de su personalidad. «Para conocerlo a él
y la fuerza de su resurrección y la comunión con sus padecimientos»
(Flp 3,10).
-Vivirlo en su plenitud
No es cuestión de estudiar un tema, o de analizar fríamente
a una persona, o de ver la procesión desde la esquina. Queremos entrar
dentro del misterio, empatizar y comulgar con la persona. Queremos comprender
cordialmente. Queremos compartir: «Dolor con Cristo dolorido».
Queremos hacer nuestro el misterio, actualizándolo, prolongarlo. Queremos
revivir el misterio, vivirlo en su plenitud, «muriendo su misma muerte»
para llegar un día «a la resurrección de entre los muertos»
(Flp 3,11).
El misterio de Cristo se manifiesta plenamente y llega a su culminación
en la Pascua, cuando se llegó a la decisión última y
determinante, cuando se jugó la gran baza, cuando el amor obtuvo su
victoria decisiva.
-La verdadera conversión
Nunca conseguiremos alcanzar este objetivo de conocer y comulgar con el misterio
de Cristo, si no nos convertimos de verdad. Nuestra vida es muy distinta
a la de Cristo. Si vamos comparando criterios, sentimientos, actitudes, deseos,
mediremos la distancia abismal que nos separa. ¿Cómo puedes
llegar a compenetrarte con lo más íntimo de Cristo, si sigues
siendo un hombre cómodo, egoísta, vanidoso, superficial? ¿Cómo
quieres resucitar con Cristo, si no quieres morir a nada, a tu orgullo, a
tus apegos, a tus prejuicios, a tus viejas costumbres? ¿Cómo
quieres llegar a ser el hombre nuevo, si tanto te gusta el traje viejo que
llevas?
Vamos a empezar a convertirnos. Vamos a empezar a mirar fijamente a Cristo,
para que de tanto mirarle nos lo aprendamos y nos vayamos configurando con
él. Como el que tiene un gran ideal o un ídolo y se esfuerza
por imitarle en todo: vestidos, peinado, gestos, acciones...
Vamos a empezar a correr la Cuaresma en esta gran movida cristiana. Para
ello, «sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos
con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús,
el que inicia y consuma la fe» (Hb 12,1-2).
-Sacudir el lastre
Ningún atleta corre la prueba cargado de alforjas, maletas y maletines.
Fuera todo lo que estorba.
Tenemos cantidad de apegos y ataduras que no nos dejan movernos, y tenemos
peso excesivo que no nos deja estar en forma.
Y el pecado nos asedia, nos asusta. nos agarra por fuera y por dentro nos
pone trabas y zancadillas. Serán los miedos al esfuerzo, las añoranzas
de la vida que se deja, las imaginaciones y los deseos que turban, las rivalidades
en la carrera. Con ese enemigo por medio no habrá manera de ganar
una medalla.
-Corramos con fortaleza
Nos llaman a la felicidad, no a la comodidad. No valen los pequeños
esfuerzos, las carreras de entretenimiento o adelgazamiento. La prueba a
la que se nos convoca es dura, llena de obstáculos, prolongada. Pero
nos cansamos enseguida y nos quejamos continuamente de las dificultades.
Hay que empeñarse a fondo, con decisión y con fuerza. Hay que
correr hasta el agotamiento. «Nos resistimos hasta la sangre en la
lucha» (Hb 12, 4).
-Fijos los ojos en Jesús
Podrías asustarte si miras los obstáculos. Pero si fijas los
ojos en Jesús, verás que todo cambia, todo te parecerá
más fácil. Si miras a Jesús encontrarás una alegría
y una fuerza que no sabes de donde te llega. El está en la meta, esperándote,
pero él corre también junto a ti y te transmite el aliento
de su Espíritu. No tengas miedo. Pero no te distraigas. Si miras a
Jesús, el triunfo está asegurado.
El que inicia y consuma la fe
Jesús fue el que estimuló tus primeros pasos en este camino,
es tu entrenador y tu guía, será también tu recompensa
y tu medalla de oro. El es tu vida plena y tu libertad. El será tu
felicidad consumada.
CARITAS
UN DIOS PARA TU HERMANO
CUARESMA Y PASCUA 1992.Págs. 46 ss.
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