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1. DESIERTO:
Bajo mis ojos una tierra calcinada, una tierra de torrentes en donde no se
ve sin embargo agua ninguna, una tierra sin horizonte en donde la lejanía
se pierde en la bruma; percibo una especie de sordo zumbido que no evoca
vida alguna; distingo algunas rapaces pero ni verde ni animales. Es quizá
espléndido pero resulta un lugar de desolación y mi primer
sentimiento es la angustia. Así es como se halla descrito el desierto
en la Biblia. "País de serpientes abrasadas, de escorpiones y de la
sed..." (Dt 8, 15). "Sed de ti tiene mi alma, por ti languidece me carne,
cual tierra seca, sin agua" (Sal 63, 2). "Vienen del desierto, del país
temible" (Is 21, 1). "Tierra árida y de torrenteras, tierra reseca
y oscura, tierra por donde nadie pasa y en donde nadie se asienta" (Jr 2,
6). "Es como un cardo en la estepa... Vive en los sitios ardientes del desierto,
en saladar inhabitable" (Jr 17, 6). Verdaderamente, éste no es el
lugar en donde a uno le gustaría vivir.
Entre numerosos cristianos de ahora se habla sin embargo con entusiasmo del
desierto, de ir al desierto. Se habla de él como del lugar por excelencia
para el encuentro contigo, Señor Dios mío. Hay que escuchar
la delectación con que una religiosa amiga mía dice: "El lunes
voy al desierto...". Desde luego, tiene razón; mis amigos que van
al desierto tienen razón, pero sólo en un segundo momento.
En el primero, el desierto sigue siendo esa tierra árida y desolada
a la que no se va por gusto. En mi meditación de hoy no querría
prescindir de ese primer grado. Contemplaré, pues, el desierto, viendo
allí la imagen del desierto interior que todo hombre encuentra en
su vida en uno u otro momento; del desierto al que el propio Dios, de una
cierta manera me conduce: "El que te ha conducido a través de ese
desierto grande y temible" (/Dt/08/15). Evocaré, pues, mis deseos,
los de mis hermanos, caracterizados por un derrumbamiento más o menos
profundo de la personalidad, por la invasión más o menos total
o mental por parte de una sola y exclusiva preocupación que oculta
cualquier otra, vuelve en cualquier tiempo y a destiempo y ocupa hasta nuestras
noches y nuestro sueños. Lo que predomina entonces es un sentimiento
de postración, de cansancio: esto dura demasiado y ya no se saldrá
de aquí.
De este desierto, Señor ¿quién consigue escapar? Para
algunos, ese desierto es la aterradora angustia interior que destruye, la
convicción de estar irremediablemente condenado -misterio de una educación
que no ha dejado lugar alguno a la esperanza- y la incapacidad de interesarse
por cualquier cosa o persona. Para otro, escritor obligado a exiliarse para
salvar su libertad física y quizá su vida, el desierto fue
ese desarraigo de la tierra natal, esa incapacidad que duró meses
para escribir la menor palabra pues nada tenía significado en un mundo
extraño y deshumanizado. Para otra persona fue el período de
su existencia en que temió por su empleo y por la seguridad económica
de los suyos, mientras que era víctima de una maniobra fraudulenta
de personas a las que había confiado la totalidad de sus ahorros.
Para otro será una disensión conyugal o una muerte o se tratará
de una situación profesional difícil; para otros será
un drama moral interior; el dominio del alcohol o de la droga; será
quizá el rechazo de los amigos; serán los negocios que no marchan
bien; será el verse abandonado por sus hijos. Para muchos, todo resultará
simplemente inexplicable: lo que se quería, ya no se quiere; aquello
por lo que uno se interesaba, ya no interesa. Así, sin motivo aparente.
Se recuerda entonces cuán diferente era la vida "antes"; se recuerda
sin alegría las alegrías pasadas; se preguntaba uno si podrá
volver a sentirlas alguna vez. Ojalá tengamos, Señor Dios,
la suerte de volvernos entonces más profunda y sinceramente hacia
ti. De darnos cuenta que, del mismo modo que condujiste a tu pueblo al desierto,
permites que seamos conducidos nosotros y en este contexto de despojamiento
no deseado y no escogido, tú estás allí presente, como
la Nube. El desierto por sí mismo carece de significado; pero si entonces
-al precio de un esfuerzo de abandono que sólo tú puedes conocer-
me dispongo a escucharte, si acepto aferrarme a tu palabra, entonces todo
puede cambiar. No es que el desierto vaya a desaparecer inmediatamente, pero
yo descubriré que tú habitas ese desierto. Voy a experimentar
tu gran ternura y tu solicitud. En esta situación, si abro los ojos,
si acojo tu amor, entonces el menor gesto, la menor palabra, el menor acontecimiento
podrá hablarme de ti como no habría podido en el tiempo "de
antes".
Si abro los ojos, si acojo tu amor, descubriré unas fuentes donde
no lo creía posible porque hasta en el desierto más horrible
hay una fuente.(...)
La encontraremos en el momento más inesperado y, por contraste, quedaremos
deslumbrados mientras permanecemos indiferentes ante los más verdes
paisajes de nuestras comarcas. (...)
En todo desierto hay una fuente; esto no significa necesariamente verse rodeado
y mimado. Muy a menudo se tratará de una exigencia que me sobresaltará.
En mi desierto familiar se me propone un nuevo empleo o un compromiso al
servicio de los demás. En mi desierto profesional, alguien de mi familia
necesita ayuda. Lo que es cierto es que la fuente existe pero yo no la veo.
Y si la veo, no puedo ir a beber hasta allí, a tomar su agua. Porque
eso trastorna mi orgullo, porque me niego a ser ayudado. Cuantas parejas
prefieren vivir así en el desierto en que se ha convertido su amor
en vez de aceptar que se les ayude. Señor Dios mío, te ruego
por todos esos hombres en el desierto; te ruego en recuerdo de aquellos momentos
del desierto que yo mismo viví. Ojalá hallen su fuente y eventualmente
sepa yo ser fuente tuya. Que recobren entonces el sentido de lo esencial,
el sentido de su existencia. Porque si tú permites que atravesemos
el desierto es para ayudarnos a restablecer las prioridades; a nosotros nos
corresponde advertir que existes y que nos amas, que existen nuestros hermanos
y tenemos que amarles. Que tú eres primero. Que nos diste tus mandamientos
para permitirnos vivir plenamente. "Guardaréis todos los mandamientos
que hoy os prescribo poner en práctica a fin de que viváis"
Si permites que atravesemos el desierto, es para que tomemos conciencia de
la salvación que nos traes. Eusebio nos dice en su comentario sobre
Isaías: "Porque los acontecimientos profetizados no se producirán
en Jerusalén sino en el desierto; allí es donde la gloria del
Señor aparecerá y en donde toda carne tendrá conocimiento
de la salvación de Dios".
Si permitiste que atravesáramos el desierto es para que recobremos
el gusto por tus dones, tus numerosos dones, tu maná. Para recordar
que vienen de ti. Para darnos cuenta de que con tus propios dones y a causa
de ellos, corremos el riesgo de pasar al margen del sentido de nuestra vida:
ganado que crece, negocios que marchan. "Cuando comas y quedes harto, cuando
construyas hermosas casas y vivas en ellas, cuando se multipliquen tus vacas
y tus ovejas, cuando tengas plata y oro en abundancia y se acrecienten todos
tus bienes ¡Que tu corazón no se engría! No olvides entonces
a Yahvé, que te hizo salir del país de Egipto" (/Dt/08/12-14).
Me has dado un esposo, una esposa que me ama; me has dado una familia; me
has dado una profesión en la que me desenvuelvo bien; me has dado
capacidad para experimentar el júbilo o el placer, el placer carnal,
por ejemplo. Pero si olvido que esto procede de ti, si en mi corazón
digo: "Mi propia fuerza y el vigor de mi mano me han proporcionado esta prosperidad"
(/Dt/08/17), si decido disfrutar de estos dones conforme a mi fantasía
y olvidando tus leyes que hacen vivir, decide entonces que tenga la suerte
de entrar en el desierto para restablecer en mi vida, para recordar que "no
sólo de pan vive el hombre" (Dt 8, 3).
No te pido permanecer en el desierto porque el desierto sigue siendo el desierto
y tú no me hiciste para la angustia, la soledad y la no-vida. Toda
actitud dolorista, autodestructora, todo comportamiento de instalación
en el desierto constituiría un rechazo de tu llamada y de tus promesas.
"Para que viváis... y para que entréis en el país que
Yahvé prometió bajo juramento a vuestros padres y los poseáis"
(Dt 8, 1). El desierto en el sentido en que me haces verlo hoy no es modo
de vida, es una transición, una etapa que tu amor me proporciona para
guiarme hacia otra vida. El pueblo hebreo fue conducido al desierto durante
cuarenta años a causa de la Tierra Prometida.
Es muy posible, puesto que ya no nos hallamos en el plano de la historia,
de la parábola, sino en el plano de la vida espiritual, que en el
mismo momento tengamos a la vez la experiencia del desierto en un sector
de nuestra vida y la experiencia de la Tierra Prometida en otro sector hasta
que, bajo la acción del Espíritu Santo, se unifique nuestra
vida. Pero si por una parte estoy en el desierto, si mis hermanos se encuentran
allí, te pido que sepamos encontrar en tal lugar tu tierna presencia
y reaprender a recibir tus dones y a utilizarlos para vivir verdaderamente.
Lo que te ruego, si hemos estado en el desierto, es que recordemos las marchas
que nos hiciste realizar "a fin de ponernos a prueba y de conocer el fondo
de nuestro corazón" (/Dt/08/02). Porque el recuerdo del propio desierto
está aquí para ayudarnos a restablecer las prioridades, para
ayudarnos a hallar los mandamientos de la verdadera vida. ¿Cuál
es el consejo insistente que nos das? "Acuérdate de Yahvé,
tu Dios, él fue quien te dio esta fuerza..." (Dt 8, 16). ¿Cual
es el gran reproche que diriges a tu pueblo? El de ser olvidadizo; olvidadizo
de tus proezas, olvidadizo de las maravillas de tu amor. "Claro es que, si
olvidas a Yahvé tu Dios, si sigues a otros dioses, si les das culto
y te postras ante ellos, yo certifico hoy contra vosotros, que pereceréis"
(Dt 8, 19).
Israel vivió de recuerdo del desierto; ese recuerdo inspiró
muchos salmos; ese recuerdo hizo sobrevivir como pueblo a los exiliados de
Babilonia. "Escucha, oh pueblo mío... que se alcen, que cuenten a
sus hijos, que pongan en Dios su esperanza, que no olviden las hazañas
de Dios" (Sal 78).
"Dad gracias a Yhavé, porque es bueno, porque su amor es eterno" (Sal
106). Del recuerdo del desierto vive la Iglesia en sus comienzos. "El fue
quien les hizo salir de allí, operando prodigios y signos en el país
de Egipto, en el mar Rojo y en el desierto durante cuarenta años"
(Hech 7, 36). Del recuerdo del desierto viven muchos hermanos míos,
si creo en su testimonio; gracias a tal prueba, gracias a tal momento de
desierto comprendí que... devolví a Dios su verdadero lugar...
y ahora vivo.
En el recuerdo que guardamos de nuestros desierto, acordándonos de
tu constante fidelidad -porque tú eres fiel a ti mismo y a tus promesas-,
concédenos reconocerte en esta mujer, en este hombre que nos ama pacientemente
a pesar de los sobresaltos de la vida de pareja; reconocerte en el afecto
de ese hijo desordenado y atolondrado; reconocerte en un amigo discreto;
reconocerte en ese sacerdote más o menos perfecto.
Como necesito reavivar periódicamente mis recuerdos, pues mi corazón
es débil y me muestro fácilmente olvidadizo, como necesito
recordar tus dones y la deferencia de tu amor, entonces sí, hazme
abrirte momentos de despoja- miento y de sobriedad; hazme abrirte "desiertos"
elegidos; hazme buscarte en la soledad de un retiro, de un monasterio o simplemente
de un instante de silencio que tú solo habites. Para que no me sienta
abrumado por otras seducciones que se impongan a las tuyas; porque veo cómo
todos los que me rodean caen en la tiranía del dinero, del sexo, de
la voluntad de poder; porque quieres hacerme comprender que tu revelación
en mi corazón y tu llamada a la misión es una sola cosa, haz
que me acuerde en un tiempo útil de mi promesa. "Porque voy a seducirla,
la llevaré al desierto y hablaré a su corazón" (/Os/02/16).
Allí, en aquellos lugares del desierto, tu cambiarás mi corazón;
harás que acoja tus dones en el respeto de tu Alianza, sin extraviarlos,
y harás que me adhiera con todo mi ser a la Palabra. "Yahvé,
tu Dios, te conduce hacia una tierra buena, tierra de torrentes, de manantiales,
de hontanares, que manan en los valles y en las montañas, tierra de
trigo y de cebada, de aceite y de miel, tierra en donde el pan no te será
tasado y en donde nada te faltará... Comerás hasta hartarte
y bendecirás a Yahvé, tu Dios en esa tierra buena que te ha
dado". (/Dt/08/07-10).
ALAIN GRZYBOWSKI
BAJO EL SIGNO DE LA ALIANZA
NARCEA/MADRID 1988, pág. 43ss
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2. Caminar por el desierto es la experiencia de todo hombre.
Sea el hombre creyente o ateo, cristiano o agnóstico.... no puede
evitar estar en la encrucijada del tiempo y del espacio.
Un tiempo siempre oscuro e incierto; un espacio que resiste a la obra del
hombre y que reclama un trabajo constante.
Caminar por el desierto es también la experiencia del cristiano que
busca, más allá de este tiempo y de este espacio, el porqué
definitivo de su vida.
Es en el desierto donde el hombre ha de encontrar su identidad; en el desierto
donde ha de preguntarse por sí mismo, por su destino y por el objetivo
último de sus actos.
Vivir en el desierto es la experiencia de toda la comunidad humana, que después
de millones de años sigue atenazada entre la vida y la muerte, planteándose
viejos interrogantes y dudando ante rutinarias respuestas.
Caminar por el desierto es la dura experiencia de la Iglesia, tentada siempre
de plantar aquí su casa cuando solamente debe vivir en una tienda
provisional, caminando al ritmo del hombre, peregrino incansable cuya ansiedad
nada parece calmar.
(·BENETTI-B/2.Págs. 5) ........................................................................
3.FE/DESIERTO
EL DESIERTO Y LA FE
Sólo por la fe es posible la experiencia del desierto. Mejor aún,
la fe es el desierto, porque la fe es el vacío, la oscuridad, la nostalgia,
la espera confiada de lo por venir. El desierto es el sacramento, el signo
del creyente.
La fe nos asusta. Nos parece espantoso caer en las manos de Dios. Nos sorprende
y desconcierta ir avanzando con los años por las misteriosas avenidas
de la fe. No nos llamemos a engaño. Estas avenidas largas de la fe
llevan siempre al desierto. Son el desierto.
Pero si la fe lleva hasta ahí, es ella también la que nos saca
fuera. Cuando Dios lleva a un hombre, a su pueblo, al despoblado inhóspito
de su desierto, no le deja solo. Deposita en su corazón la fe confiada
y expectante de la promesa. Entonces todo el paisaje cambia y se convierte
en un lugar de paso, en un paisaje que velozmente desfila a nuestro lado
porque nosotros hemos comenzado a avanzar y a caminar.
El desierto es solamente la antesala de Canaán, la tierra prometida.
Luego Canaán volverá a convertirse en fase preparatoria de
la Iglesia, la nueva tierra prometida. Y hoy, los que hemos alcanzado a ver
esta nueva fase, seguimos con la fe, necesitando la fe, como impulso alucinante
de nuestra condición peregrina porque vemos que la Iglesia es a su
vez promesa de la nueva ciudad prometida, la Jerusalén celeste.
Hasta que él vuelva definitivamente todo se convierte en promesa una
vez alcanzado, porque nada puede satisfacernos si no es su Plenitud. Por
eso la fe envuelve todas las etapas de la historia de la salvación.
La fe es alimentada por la promesa. Pero también por el Pan santo
del camino, el maná, la Eucaristía, el Viático. La Eucaristía
es siempre viático, pan de nuestra marcha hacia la muerte y hacia
la eternidad, prenda de la vida eterna.
Así Eucaristía es ante todo el alimento de nuestra fe, entendiendo
por fe esta actitud del hombre proyectado a un porvenir imposible y trascendente.
Cada vez que comulgamos sembramos en lo más hondo de nosotros la nostalgia
de la imposible patria celeste, nos exiliamos del mundo, abrimos en el espíritu
las selladas fuentes de la eternidad, que saltan hasta la vida eterna.
LUIS MALDONADO
BIBLIA Y AÑO LITURGICO
TAURUS MADRID-1963, pág. 121
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4. SOLEDAD
La escuela del desierto
I. Invitación del Kempis.
El autor de "La imitación de Cristo" dice al lector en uno de sus
más bellos capítulos: "Busca tiempo a propósito para
estar contigo y piensa con frecuencia en los beneficios de Dios" (l.1 c.20).
Il. El desierto es la escuela del espíritu.
A. San Jerónimo dice: "La soledad es la forma y la regla de la sabiduría.
La soledad es por sí misma una predicación de la virtud. Es
disponerse para ir al cielo el apartarse del mundo" (cf. "Ad Tharasiam" )
.
B. Y San Bernardo: "La soledad es la muralla y el antemuro de las virtudes...
Creed en mi experiencia, aprenderéis más en las selvas que
en los libros; los bosques y las peñas os instruirán, os enseñarán
lo que no pueden enseñaros vuestros maestros".
C. En el desierto se aprende la verdadera sabiduría, que consiste
en el conocimiento y vencimiento propio y en el conocimiento y amor de Dios.
Este doble aspecto lo sintetiza el pensamiento de "La imitación de
Cristo" citado al principio: "La soledad es tiempo a propósito para
estar con nosotros y para considerar los beneficios de Dios".
III. La soledad es regla o escuela de sabiduría, porque:
A. Remueve los obstáculos de la santidad
a) La soledad nos aparta del mundo, de sus placeres, de sus disipaciones
y tentaciones continuas. El mundo es el enemigo irreconciliable de nuestra
santificación. No nos damos cuenta, pero el efecto es igual. Si no
huimos periódicamente a la soledad, el espíritu mundano en
mayor o menor escala se nos entra fácilmente aun en los ambientes
más espirituales. Y esa irrupción inadvertida del mundo quita
pureza a la santidad de las almas.
b) La soledad nos libra también de una triple guerra. Es doctrina
de San Efrén (De vita spir. c.10). Nos libera:
1. De la guerra de la vista. De las tres concupiscencias que constituyen
el espíritu del mundo, una es la concupiscencia de los ojos, de la
cual quedamos libres en la soledad. El mundo ofrece en la licencia pública
de sus modas y costumbres amplia ocasión frecuente de pecar. Es necesario
tener valentía para arrancar de ese medio los ojos, que encuentran
continua ocasión de escándalo. Esta separación no siempre
puede conseguirse por la huida material a la soledad. Pero a lo menos exige
siempre el discreto recogimiento y la auténtica modestia en nuestras
miradas.
2. De la guerra del oído. Por el sentido del oído entra la
palabra de la adulación, que ensoberbece; la palabra de la detracción,
que destruye el espíritu de caridad con los hermanos; la palabra de
invitación al mal; la palabra frívola; la doctrina equivocada.
3. De la guerra de la lengua.
1º El libro de los Proverbios (25,28) ve al hombre de lengua libre como
una ciudad desmantelada y sin murallas.
LENGUA
2º Todos los males de la lengua están sintetizados en las palabras
del apóstol Santiago: "Todos ofendemos en mucho. Si alguno no peca
de palabra, es varón perfecto capaz de gobernar con el freno todo
su cuerpo. A los caballos les ponernos freno en la boca para que nos obedezcan,
y así gobernamos todo su cuerpo. Ved también las naves, que,
con ser tan grandes y ser empujadas por vientos impetuosos, se gobiernan
por un pequeño timón a voluntad del piloto. Así también
la lengua, con ser un miembro pequeño, se atreve a grandes cosas.
Ved que un poco de fuego basta para quemar un gran bosque. También
la lengua es un fuego, un mundo de iniquidad. Colocada entre nuestros miembros
la lengua contamina todo el cuerpo, e inflamada por el infierno, inflama
a su vez toda nuestra vida" (/St/03/02-06).
B. Nos acerca positivamente a Dios.
a) San Basilio da la razón de esa unión con Dios producida
en nosotros por la soledad, unión que hace crecer en nosotros la santidad:
1. "El que te habita, ¡oh soledad!, se eleva sobre sí mismo,
porque, teniendo el alma hambre de Dios, se pone sobre todo lo que es de
la tierra. Está suspendida en la fortaleza de la contemplación,
y, separada del mundo, vuela hacia el cielo, y, esforzándose para
ver lo que es superior a todo, desprecia todo lo demás (cf. De laude
vitae solitariae).
2. Es decir la soledad es apta para dedicarse a la contemplación y
al conocimiento de Dios, de los que brota espontáneamente el progreso
del alma en la vida sobrenatural.
b) Finalmente, «La imitación de Cristo (I.c.) describe los frutos
positivos del retiro y la soledad enumerando los principales:
1. La soledad nos hace más hombres, haciendo que predominen no los
bajos instintos y pasiones por los que el mundo se deja arrastrar, sino la
parte más noble y serena del hombre, que actúa así regido
por la luz de la fe y de la razón y ordenado por la templanza, la
caridad y la prudencia.
2. Nos prepara para hablar con acierto y mostrarnos seguros en público.
Valga por todos el ejemplo del Bautista.
3. La soledad bien vivida trae lágrimas de arrepentimiento al corazón
y consuelos celestiales, así ocurre con el hijo pródigo cuando,
dejados los amigos, vive en soledad.
4. En la soledad se encuentra lo que se perdió fuera de la misma;
en una palabra, si en el bullicio se pierde a Dios, en el silencio de la
soledad se le recobra.
5. En la soledad aprendemos los secretos de las Escrituras. Dios tiene una
palabra para las almas que viven en retiro. La atraeré y la llevaré
al desierto y la hablaré al corazón (/Os/02/16). Cuando vivimos
en soledad de criaturas, Dios y los ángeles se nos acercan para darnos
la mejor de todas las compañías.
PALABRA DE CRISTO, 3, págs. 139 s.
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