LA NOTICIA MÁS HUMANA
DEL CRISTIANISMO
Karl Rahner
Pascua: un misterio
Es difícil, con palabras humanas usuales, ser justo con el misterio
de alegría de los días pascuales. No únicamente porque
todos los misterios del evangelio, sólo con dificultad, penetran en
lo angosto de nuestro ser, sino también porque con más dificultad
aún los expresa nuestra palabra. El mensaje de pascua es la noticia
más humana del cristianismo. Por eso la entendemos dificilísimamente.
Pues lo más verdadero, lo más próximo, lo más
fácil es lo más difícil de ser, de hacer y de creer.
Nosotros, hombres de hoy, vivimos con el prejuicio latente —y por eso tanto
más obvio— de que lo religioso es propio sólo del corazón
más profundo y del espíritu más sublime, algo que tenemos
que hacer nosotros solos y por nosotros mismos, y que, por lo tanto, tiene
la dificultad y la irrealidad de los pensamientos y de los anhelos del corazón.
Pero pascua nos dice, sin embargo, que Dios ha hecho algo. Él mismo.
Y su obra no se ha limitado a tocar ligeramente el corazón de un hombre,
para que se estremeciera dulcemente por lo inefable y sin nombre. Dios ha
resucitado a su Hijo. Dios ha vivificado la carne. Ha vencido la muerte.
Él ha hecho algo y ha vencido no sólo en la interioridad del
sentimiento, sino allí donde, a pesar de todas las excelencias del
espíritu, somos realmente nosotros mismos, en la realidad de la tierra,
lejos de todo lo meramente ideológico e intencional, allí,
donde experimentamos lo que somos: hijos de la tierra que mueren. Somos hijos
de la tierra, nuestra vida es nacimiento y muerte, cuerpo y tierra, pan y
vino; la tierra es nuestra patria.
Ciertamente, con todo esto, a fin de que sea válido y hermoso, como
una esencia misteriosa, tiene que estar mezclado el espíritu, el espíritu
fino, delicado, el espíritu que ve, que mira hacia lo infinito, y
el alma que hace todo vivo y ligero. Pero el espíritu y el alma tienen
que darse allí donde estamos nosotros, sobre la tierra, y en el cuerpo,
como eterno brillo de lo terreno, no como un peregrino que, incomprendido
y extraño, anda por el tablado del mundo como una breve aparición.
Somos demasiado hijos de esta tierra, para que querramos expatriarnos un
día definitivamente. Y si tiene que dársenos el cielo, para
que la tierra sea soportable, entonces debe acercarse y quedarse como luz
bienaventurada sobre esta tierra y brotar de su oscuro seno.
Pertenecemos a la tierra
Pero, si no podemos ser infieles a la tierra —no por capricho o por despotismo,
que no convendrían a los hijos de la humilde madre tierra, sino porque
tenemos que ser lo que somos—, estamos, sin embargo, al mismo tiempo, enfermos
de un dolor oculto que hiere mortalmente lo más íntimo de nuestro
ser terreno. La misma tierra, nuestra madre, está afligida. Gime bajo
la caducidad. Sus más alegres fiestas parecen el comienzo de unos
funerales, y al oír su risa, temblamos, no vaya a ser que en el próximo
instante llore bajo una carcajada.
Da a luz niños que mueren, que son demasiado débiles para vivir
siempre y que tienen demasiado espíritu para poder renunciar modestamente
a la alegría eterna, porque, de manera distinta a los demás
animales, contemplan ya el fin, antes de que exista, y no se les ahorrará
compasivamente la experiencia del fin. La tierra da a luz niños de
gran corazón, y lo que les da es demasiado hermoso para que ellos
lo menosprecien, y es demasiado pobre, para hacerlos ricos. Y porque en la
tierra se da esta contradicción entre la gran promesa que no llega
y el don mezquino que no contenta, por eso ella será el fecundo campo
de las culpas de sus hijos, que pretenden arrancarle más de lo que
puede dar.
La tierra madre desgraciada
Es posible que se queje de que ha llegado a ser tan ambivalente sólo
por la culpa original del primer hombre, de Adán. Pero la situación
es la misma: la tierra es ahora la madre desgraciada; demasiado viva y demasiado
hermosa para que pueda alejar de sí a sus hijos, a fin de que conquisten
para ellos otro mundo, la nueva patria de la vida eterna, demasiado pobre
para colmar su deseo. Y las más de las veces no lleva a una de las
dos cosas, porque siempre es ambas cosas: vida y muerte. Y la turbia mezcla
que nos ofrece de vida y de muerte, de aplausos y de querellas, de hecho
creador y de esclavitud permanente es nuestra vida de cada día.
De esta manera estamos sobre la tierra, la patria eterna; y, sin embargo,
no es suficiente. La aventura de emigrar de lo terreno no es posible, no
por cobardía, sino por fidelidad que exige nuestro propio ser. ¿Qué
debemos hacer? ¡Oír el mensaje de la resurrección del
Señor! Cristo, el Señor, ¿ha resucitado o no de entre
los muertos? Creemos en su resurrección y confesamos: ¡Ha muerto,
descendió a los infiernos y resucitó al tercer dia! Pero ¿qué
significa eso, y por qué es un motivo de felicidad para los hijos
de la tierra?
¡Cristo ha muerto!
Él, el Hijo del Padre, murió, Él que es Hijo del hombre.
Él, que es la eterna plenitud de la divinidad, que no necesita nada,
ilimitado y bienaventurado, como Palabra del Padre antes de todos los tiempos,
y que como hijo de su bendita madre, es, al mismo tiempo, el Hijo de esta
tierra. Él, que es a la vez el Hijo de la plenitud de Dios y el hijo
de la indigencia de la tierra, ha muerto. Pero muerto no quiere decir (como
creemos nosotros en un sentido nada cristiano y espiritualista de cortas
miras), que su espíritu, su alma, la vasija de la divinidad, se ha
arrancado del mundo y de la tierra, que ha huido en alguna manera a la gloria
de Dios más allá de todo el mundo, porque el vínculo
corporal que le ataba a la tierra, se había roto al morir, y porque
la tierra asesina había demostrado que el Hijo de la luz eterna no
podía encontrar una patria en su oscuridad.
Murió, decimos, y añadimos en seguida: Descendió al
reino de los muertos y resucitó; y con ello la afirmación de
que «murió» recibe otro sentido completamente distinto
de aquel de huida del mundo que estamos tentados de aplicar a la muerte.
Jesús mismo dijo que Él descendería al corazón
de la tierra (Mt 12, 40), donde todo es uno y donde se asienta la muerte
y la esterilidad. Hasta allí se abrió paso en la muerte; se
dejó —santa argucia de la vida eterna— vencer por la muerte para que
ésta le sumergiera hasta lo más íntimo del mundo, para
que, descendiendo al seno mismo y a la única raíz del mundo,
instaurase en ella para siempre su vida divina. Porque murió, le pertenece
con toda justicia esta tierra. Pues cuando el cuerpo de un hombre queda tendido
en las entrañas de la tierra, el hombre —nosotros decimos el alma—,
aunque en la muerte se haga inmediatamente divino, participa de la unidad
definitiva de aquel misterioso y único fundamento, en el cual están
unidas todas las cosas espacio-temporales. A lo más profundo descendió
el Señor en la muerte.
¡Cristo ha resucitado!
Ahora reina Él, y reina allí, no la esterilidad y la muerte.
En la muerte se ha convertido en corazón del mundo terreno, corazón
divino en el centro del mundo, donde éste, incluso más allá
de su desarrollo en el espacio y en el tiempo, hinca su raíz en la
omnipotencia de Dios. De este corazón único de todas las cosas
terrenas, en el cual ya no se distinguían la unidad plena y la pobreza
absoluta, del cual brota todo su destino, ha resucitado. Ha resucitado no
para marcharse, no para que los dolores de la muerte, que de nuevo le engendran,
le regalen la vida y la luz de Dios de tal manera que deje tras sí
la tierra vacía y sin esperanza. Ha resucitado en su cuerpo. Esto
quiere decir: ha comenzado a transformar este mundo. Ha rescatado el mundo
para la eternidad, ha nacido de nuevo como hijo de la tierra, pero ahora
es el glorioso, el ilimitado, el liberado de la tierra, que queda redimida
para siempre de la muerte y de la esterilidad. Ha resucitado, no para mostrar
que abandona definitivamente la tierra, sino para probar que esta tumba de
los muertos —el cuerpo y la tierra— se ha transformado definitivamente en
la casa gloriosa, inmensa del Dios vivo y del alma del Hijo llena de Dios.
No ha resucitado para ser arrancado de la tierra. Pues Él posee ya
definitiva y gloriosamente el cuerpo, que es una parte de la tierra, una
parte que siempre le pertenece como parte de su realidad y de su destino.
Ha resucitado para revelar que por su muerte queda implantada la vida eterna
libre y feliz en la estrechez y el dolor de la tierra, y en medio de sus
corazones.
¡Todo se ha renovado!
Lo que llamamos su resurrección y consideramos irreflexivamente como
su destino privado, es sólo el primer síntoma real de que,
más allá de lo que llamamos experiencia (a la que nosotros
damos tanta importancia), todo ha llegado a ser distinto, con la verdadera
y decisiva profundidad de todas las cosas. Su resurrección es como
la primera erupción de un volcán, que muestra que en el interior
del mundo ya arde el fuego de Dios, que lo llevará todo a la bienaventurada
incandescencia. Ha resucitado para demostrar que ha comenzado ya. Ya se levantan
desde el corazón mismo de la tierra, en el que penetró muriendo,
las nuevas fuerzas de una tierra gloriosa, ya están vencidos en lo
más profundo de toda realidad el pecado, la esterilidad y la muerte,
y no falta mucho tiempo, sólo lo que nosotros llamamos historia después
de Cristo, para que toda la realidad, y no sólo el cuerpo de Jesús,
refleje lo que realmente ha sucedido. Y porque no comenzó Cristo a
salvar y glorificar el mundo por la superficie, sino por la raíz más
íntima, creemos nosotros, seres superficiales, que no ha sucedido
nada. Porque el agua del dolor y de la culpa todavía corre aquí
donde estamos, nos imaginamos que sus fuentes, en lo profundo, no están
todavía agotadas. Porque la maldad dibuja todavía nuevas ruinas
en el rostro de la tierra, concluimos que en lo más profundo del corazón
de la realidad ha muerto el amor. Pero todo no es sino apariencia, apariencia
que tenemos por realidad de la vida.
Ha resucitado porque en la muerte ha conquistado para siempre el centro más
íntimo de todo lo terreno y lo ha salvado. Y resucitando lo ha conservado.
Y de esa manera Él permanece aquí. Guando le confesamos como
subido a los cielos es sólo una manera de decir que nos retira por
un tiempo la evidencia de su gloriosa humanidad, y sobre todo que no se da
ya abismo alguno entre Dios y el mundo. Cristo está ya en medio de
todas las cosas miserables de esta tierra, que no podemos abandonar porque
es nuestra madre. Él está en la esperanza anónima de
toda criatura que, sin saberlo, aguarda la participación en la glorificación
de su cuerpo. Él está en la historia de la tierra, cuya ciega
marcha a través de todas las victorias y caídas, dirige hacia
su día con temible precisión; hacia aquel día en el
que su gloria, transformándolo todo, emergerá desde sus propias
profundidades.
Él está en todas las lágrimas y en toda muerte como
júbilo oculto y vida que vence mientras aparenta morir. Él
está en el mendigo a quien damos limosna, está como misteriosa
riqueza que le caerá en suerte al que socorre. Él está
en las mezquinas derrotas de sus siervos, como victoria que es sólo
de Dios. Él está en nuestra impotencia como potencia que se
puede permitir aparecer como débil, porque es invencible. Él
está aun en medio del pecado, como misericordia, paciente hasta el
fin, del amor eterno. Él está ahí como ley misteriosa
y esencia íntima de todas las cosas que todavía triunfa y se
impone cuando todos los órdenes parecen deshacerse. Está entre
nosotros como la luz del día, como el aire, que no notamos, como ley
misteriosa de un movimiento que no comprendemos, porque la parte de ese movimiento,
que nosotros mismos vivimos, es demasiado corta para que podamos llegar a
comprobar su fórmula.
Pero Él está ahí, como corazón de este mundo
terreno y sello misterioso de su eterna validez. Por eso podemos y debemos
nosotros, hijos de esta tierra, amarle. Incluso cuando nos atormenta el temor
a la miseria y a la muerte. Pues desde que Él ha entrado en ésta
para siempre, por su muerte y resurrección, la desgracia se ha convertido
en algo provisional y en mera prueba de nuestra fe en el más íntimo
misterio, que es el resucitado. Que éste es el sentido misterioso
de su miseria, no es una experiencia nuestra. Realmente no. Pero nuestra
fe se opone a toda experiencia. La fe que puede amar la tierra porque ella
es el «cuerpo» del resucitado o lo será. Por eso no debemos
dejarla: la vida de Dios habita en ella. Si buscamos al Dios de la infinitud
(¿cómo podíamos abandonarlo?) y a la tierra confiada
a nosotros, tal como es y tal como debe ser, para convertirse en nuestra
eterna patria libre, los hallaremos por el mismo camino: en la resurrección
del Señor. En ella ha mostrado Dios que Él ha redimido la tierra
para siempre. Caro cardo salutis, la carne es el quicio de la salvación,
ha dicho un padre de la Iglesia.
El más allá de todo pecado y de la muerte no está lejos,
ha descendido y vive en lo más profundo de nuestra carne. La más
sublime religiosidad de la huida del mundo no llegaría a hacer bajar
de la lejanía de su eternidad al Dios de nuestra vida y de la salvación
de esta tierra, ni llegaría tampoco hasta Él en su más
allá. Pero Él mismo ha venido a nosotros. Y ha transformado
lo que somos y lo que siempre queremos considerar como el turbio resto terreno
de nuestra espiritualidad: la carne. Desde entonces, la madre tierra da a
luz sólo a hijos que serán transformados. Pues la resurrección
de Jesucristo es el comienzo de la resurrección de toda carne.
Una cosa falta: que su obra, su resurrección, que no podemos ignorar,
se convierta en la felicidad de nuestra existencia. Tienen que hacer saltar
la tumba de nuestro corazón. Tiene que resucitar del centro de nuestro
ser también, donde está como fuerza y promesa. Ahí Él
está todavía en camino. Ahí es todavía sábado
santo, hasta el último día, que será la pascua completa
de todo el cosmos. Y esta resurrección acontece en la libertad de
nuestra fe, pero es también su obra. Obra suya que sucede como nuestra:
como obra de la fe amante, que nos incorpora a la colosal marcha de toda
realidad terrena hacia su propia gloria, que ha comenzado ya en la resurrección
de Cristo.
"El Año litúrgico"
Editorial Herder
EDIBESA