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Nacido en torno al 329 en Cesarea, capital de Capadocia
(la actual Kayseri, en Turquía). Su infancia transcurrió
en una familia muy cristiana. Él mismo en la Carta 204, 6, dirigida
a los ciudadanos de Neocesarea en el año 375 dice: " Hemos sido
criados por una abuela que era una santa mujer, nacida de entre vosotros.
Quiero hablar de la famosísima Macrina, que nos enseñó
las palabras del Santo Gregorio, todas las que le había conservado
la tradición oral, las que ella misma guardaba y de las que se servía
para educar y formar en las doctrinas de la piedad al niñito que
yo era entonces".
La mencionada abuela Macrina solía, según se deduce, repetir
a sus nietos las enseñanzas de San Gregorio Taumaturgo, discípulo
de Orígenes y obispo de Neocesarea. El padre quiso que el hijo adolescente
perfeccionara sus estudios en las escuelas más importantes de las
capitales: Cesarea, Bizancio y finalmente Atenas, considerada todavía
como la patria de la elocuencia, donde encontró a su mejor amigo,
Gregorio de Nacianzo, hijo del obispo de la misma ciudad. Allí compartieron
sus ilusiones, su amistad y sobre todo su gran interés por el estudio.
Este amigo, Gregorio, en un escrito titulado "In laudem Basilii" (36 515C-528),
recuerda que Basilio sobresalía por su capacidad de aprender y por
la amplitud de su interés, y que así llegó a la cúspide
del saber de su tiempo.
Y precisamente en Atenas, apenas cumplidos los veinte años y
al término de sus brillantes estudios, comenzó a sentir gran
insatisfacción y a la vez una fuerte atracción por una vida
entregada al evangelio. Así lo expresa en su Carta 223, 2-3:
"He perdido casi toda mi juventud en el vano trabajo al que yo me aplicaba
para adquirir las enseñanzas de la sabiduría que Dios proclamaba
loca. Un día, me desperté como de un profundo sueño,
volví los ojos hacia la admirable luz de la verdad evangélica,
y vi la inutilidad de la sabiduría de los príncipes de este
mundo, abocados a la destrucción. Entonces lloré mucho por
mi vida miserable, y pedía que alguien me diese la mano para introducirme
en las doctrinas de la piedad. Ante todo me preocupaba de enmendar mis
costumbres largo tiempo pervertidas por frecuenta a gente de mala vida.
Así pues, habiendo leído el evangelio y habiendo observado
que un modo eficacísimo de alcanzar la perfección consistía
en vender las posesiones, en compartir su producto con mis hermanos los
pobres, en quedar completamente libre de los cuidados de esta vida y en
permitir a complacencia alguna el hacer a mi alma volverse hacia las cosas
de aquí abajo, yo ardía en deseos de hallar entre los hermanos
a alguien que hubiera escogido este mismo camino de la vida, con el fin
de franquear juntos el oleaje de esta vida. Descubrí muchos hombres
de esta clase en Alejandría, en Egipto... Por eso, cuando vi que
algunos en mi patria se esforzaban por imitar sus virtudes, creí
haber hallado una ayuda para mi salvación".
En el año 355 dejó Atenas y volvió a Cesarea. Aquí,
muy probablemente ejerció la retórica por algún tiempo.
Pero ya el año siguiente volvía a ausentarse, para realizar
viajes que le permitieran conocer más de cerca de los hombres que
en las diversas regiones orientales se habían entregado a la vida
ascética. Con viva admiración, visitó a muchos ascetas
en Alejandría y en el resto de Egipto, en Palestina, en Siria, en
Celesiaria y en Mesopotamia. Esta experiencia le atrajo de tal manera que
decidió entregarse a la vida de anacoreta y poco más tarde
fundó comunidades monásticas.
En el año 358 recibió el Bautismo y se retiró a
Anesis, en el Ponto, sobre el río Iris y no lejos de los suyos.
Así le describe este lugar a su amigo Gregorio en una de sus cartas:
"Allí es donde Dios me ha mostrado un paraje tan conforme a mi
carácter. Es una montaña alta, cubierta de espeso bosque
y regada al norte por límpidas y frescas aguas. A sus pies se extiende
una llanura en suave pendiente, continuamente empapada por las aguas que
rezuman de la montaña. Un bosque crecido espontáneamente
a su alrededor, con una gran variedad de especies de árboles, le
sirve de cerca... Pero el mejor elogio que podríamos hacer de este
paraje es que, por su capacidad natural de producir toda clase de frutos,
gracias a su favorable situación, produce lo que para mí
es el mejor de los frutos: la tranquilidad" (Carta 14,1-2).
La actividad de Basilio es siempre intensa. Recibe abundantes visitas,
como la de su amigo Gregorio, a quien no logra convencer para que se quede
en el monasterio. Es invitado por el obispo Dianio para que le acompañe
como Lector al Concilio de Constantinopla el año 360. Vuelve y escribe
algunas obras. En el 374 es ordenado sacerdote, y le invitan a quedarse
junto al nuevo obispo de Cesarea, Eusebio. Las relaciones entre ambos no
siempre son fáciles. Para no prolongar la incómoda situación,
Basilio deja Cesarea y vuelve a su retiro. Desde allí cuida de los
monasterios de la región en los que va desarrollando el germen de
los que más tarde fue el conjunto de reglas monásticas en
las que se apoyó el movimiento monástico posterior.
Pero en el 370, muere el obispo Eusebio y es llamado a sucederle. Su
elección para obispo acaba definitivamente su amada experiencia
de la soledad y le lanza a una actividad intensa. En su calidad de obispo
de Cesarea, capital de Capadocia, la más importante región
de Asia Menor, tenía dignidad de metropolita sobre sedes episcopales
limítrofes, y funciones de exarca en la organización administrativa
imperial. Se ve abocado a actuar a la vez en el plano pastoral, en el teológico
y en el político, pues está en plena efervescencia el arrianismo
y el cisma de Antioquia, que amenazaba la unidad de la Iglesia.
Autoritario por temperamento, amante de su tierra y de sus tradiciones,
poseía una gran inteligencia y una exquisita sensibilidad. Su delicada
salud no le impedía desarrollar una múltiple actividad que
le llevó a ser admirado por todos. Se dedicó de lleno a los
cuidados que requerían las necesidades inmediatas de su fieles,
construyendo para la asistencia a los enfermos, de los indigentes y de
los peregrinos, un vasto complejo, con habitaciones anejas para los médicos,
los enfermeros y los auxiliares: una nueva ciudad, construida principalmente
a sus expensas, llamada "Basiliada", a la salida de Cesarea.
Fue también reformador de la liturgia y han llegado hasta nosotros
como documento incomparable varias de sus homilías. Pero el empeño
al que se mantuvo incesantemente ligado, con un gran sentido de servicio
ecuménico a la Iglesia, fue la defensa del dogma trinitario y el
arreglo del cisma de Antioquia. Sufrió persecuciones e incomprensiones
tanto de parte de los emperadores como de muchos de sus hermanos obispos.
En este clima conflictivo, Basilio compuso su tratado para defender al
Espíritu Santo, inseparable del Padre y del Hijo, y digno de igual
honor que el Padre y el Hijo.
Basilio moría el 1 de enero del año 379. Su personalidad
y su multiforme actividad causaron admiración en todos. Muy pronto
se le dio el título de "Magno".