Jueves Santo
Un día para hablar del amor misericordioso del Padre
El Jueves Santo es un día eclesial:
somos la Iglesia, la comunidad de los hermanos constituida por la memoria
del Señor.
La fe cristiana es ciertamente algo personal. Cada uno de nosotros tiene
que ser un seguidor de Jesucristo, ser el discípulo del Maestro, cuyos
ideales iluminan y orientan nuestra vida. Tener el espíritu de Jesús,
el de la gran libertad de los pobres que están llamados a construir
el Reinos de los cielos, tiene que ver con las actitudes personales del amor
sin límites, con todo lo que él implica: servicio, perdón
y todo aquello que Jesús comprendía cuando hablaba de la necesidad
de ser perfectos como el Padre celestial. Sin embargo, la fe cristiana no
es cuestión simplemente personal, individual. Jesús quiso que
fuéramos sus seguidores en comunidad. Por eso somos Iglesia.
El Jueves Santo está cargado de significación eclesial:
Es un día en el que se congrega la Iglesia en grande, como comunidad
diocesana en torno a su pastor, el Obispo, para la consagración de
los santos óleos, con los cuales se realizará durante el año
la celebración de los sacramentos. Si por razones pastorales esta
celebración ya ha tenido lugar en algún otro día, en
éste reconocemos, sin embargo, al recibir en nuestras comunidades
los santos óleos, el signo de nuestra eclesialidad. El Obispo, como
padre y buen pastor, nos convoca y nos congrega, como sacramento del verdadero
Buen Pastor, que es el Señor.
Celebramos, con especial solemnidad, la Cena del Señor, el Sacramento
de la fraternidad, congregados por la memoria del Señor que muere
y resucita y que ha querido que seamos la Iglesia. La Eucaristía hace
la Iglesia, decían los santos Padres.
El Jueves Santo es rico en expresiones sacramentales:
Los santos óleos han servido siempre en la Iglesia para realizar la
mediación sacramental de la donación del Espíritu Santo
en diversas circunstancias de la vida; simbolizaron fortaleza, agilidad,
medicina, buen olor: todas las significaciones que puedan ser relacionadas
con los óleos santos, nos remiten al Espíritu de Dios, que
en la Iglesia se nos comunica permanentemente por el Señor.
El sacramento de la penitencia y de la reconciliación comunitaria,
también encontró siempre en este día su ubicación
privilegiada.
El sacramento del servicio (lavatorio de los pies), como mandato del Señor,
se realizó siempre en este día como expresión vivida
del espíritu que tiene que animar a los seguidores del Maestro: No
vine a ser servido sino a servir .
El Sacramento de la Eucaristía, misterio de fe de una comunidad constituida
por la memoria del Señor, se realizó de manera especial el
Jueves Santo, como sacramento de la fraternidad.
El sacramento del sacerdocio fue siempre proclamado en este día, como
la mediación de la presencia de Jesucristo, el Buen Pastor.
El SACRAMENTO DEL SERVICIO (Jn 13,1-15)
Sólo el evangelio de San Juan nos relata el episodio del lavatorio
de los pies. La manera como el cuarto evangelio combina las escenas dramáticas,
por sí mismas significativas, con los discursos de Jesús, es
bien conocida. Aquí nos hallamos ante una escena dramática
que se extiende desde 13,1 hasta 13,30.
LAVATORIO-PIES: El hecho mismo del lavatorio de los pies puede ser explicado,
con suficientes fundamentos, como una tarea de esclavos, un gesto de deferencia
o de consideración excepcional para con los huéspedes. Dicho
gesto se comprende bien dentro de la teología de la encarnación
del mismo Juan y también en el sentido de la misma en Pablo (cfr.
Flp 2,5-8). Pero elramos gesto no apunta simplemente a presentarnos una teología
propia de Juan, puesto que no es difícil encontrar en la otra tradición
evangélica, la de los sinópticos, la misma inspiración
naturalmente no dramatizada: por ejemplo en Lc 22,27, en el contexto de la
cena, nos son transmitidas palabras muy significativas de Jesús en
el mismo sentido: ¿Quién es mayor, el que está a la
mesa o el que sirve? No es el que está a la mesa? Pues yo estoy en
medio de vosotros como el que sirve.
Por otra parte, el mismo relato indica que el lavatorio de los pies es un
medio por el cual los discípulos "tienen parte con" su Maestro (Tendrás
parte conmigo: 13,8), lo que nos hace comprender que dicho gesto pertenece
al cuerpo general de los preceptos destinados a los discípulos como
comunidad cristiana, aunque no sea difícil referirlo a la actitud
de quienes son asociados a la misión del Maestro en cuanto tal.
La comunidad cristiana ha valorado esta tradición del evangelio de
San Juan como un verdadero mandamiento de Jesús y la ha celebrado
año tras año como una acción sacramental, que debe hacer
posible el que se asuma plenamente el espíritu del Señor. Es
ésta la razón por la cual el jueves santo adquiere una importancia
litúrgica tan grande la ceremonia del lavatorio de los pies, dentro
de la misma celebración eucarística, como el verdadero comentario
o la verdadera proclamación dramatizada de la palabra evangélica.
En cuanto a su significación, cada vez tenemos que repetir con el
mismo entusiasmo que este relato del evangelio de San Juan nos transmite
un mensaje verdaderamente central de la existencia en Jesucristo: la vida
del Maestro ha sido un testimonio constante de la inversión de valores
que hay que establecer para poder hacer parte del Reino de Dios. No es el
poder, ni la dignidad accidental, ni ningún otro motivo de dominación
lo que constituye el secreto de la verdadera sabiduría de Dios. El
gran valor que ennoblece al hombre es el de tener la disposición permanente
para servir. Jesús lo ha proclamado, según el evangelio de
Juan, por medio de una parábola que tiene fuerza incomparable: el
Maestro se ha convertido en un esclavo. El verdadero sentido profundo de
la existencia del Maestro es el de ser servidor. Una lógica así
se convierte en el secreto para edificar un mundo, cuya razón de ser
no nos puede ser revelada sino por Dios mismo.
No celebramos la ceremonia del lavatorio de los pies simplemente para recordar
un episodio interesante y conmovedor de la vida de Jesús, sino para
reconocer en una expresión sacramental la única manera posible
de ser discípulos del Maestro.
EL SACRAMENTO DEL AMOR FRATERNAL HASTA LA MUERTE
(1 Cor 11,23-26; Mc 14,22-24 y par: Mt 26,26-28; Lc 22,19s)
Jesús pasó la última tarde de su vida en Jerusalén
en el círculo de sus discípulos, probablemente también
en compañía de las mujeres que habían ascendido a la
ciudad santa con él. Fue esa tarde, la tarde de una fiesta pascual?
Parece superflua la pregunta. Sin embargo hay razones para establecerla.
Y de la relación que se establezca entre el ambiente pascual y la
cena de Jesús depende en gran parte la interpretación que se
deba hacer del acontecimiento histórico de la muerte y resurrección
del Señor.
Si de todos modos aceptamos que Jesús y sus discípulos se reunieron
para celebrar una cena pascual, entonces conviene que recordemos los pormenores
de esta celebración. En Nm 9,13 se deja entrever la seriedad que reviste
para un judío celebrar la fiesta: no celebrarla es como no pertenecer
ya al pueblo. Según Ex 12,3, la fiesta debía ser una fiesta
familiar. La inmolación del cordero, que debía ser realizada
por algunos de los miembros de la familia en representación de la
comunidad, debía tener lugar en el atrio de los sacerdotes "entre
las tardes", es decir, en el tiempo que precedía al comienzo de la
puesta del sol (cfr Ex 12,6). La Haggada pascual orientaba la celebración
en el sentido de la memoria de la liberación de la esclavitud de Egipto
(Ex 12,26s). Comer las carnes del cordero, beber el vino, compartir el pan
sin levadura, que debía recordar con las hierbas amargas la miseria
vivida en el Egipto, constituían el ritual que estaba acompañado
de bendiciones y de la recitación de los salmos del Hallel. En la
cena festiva, el ambiente estaba impregnado por el recuerdo alegre y confiado
de la liberación, que tuvo siempre una eficacia esperanzadora en épocas
difíciles.
Jesús realizó una verdadera interpretación teológica
de su propia muerte, en un sentido salvífico, indisolublemente ligada
con su proyecto del Reino de Dios. Y, de nuevo, en este contexto tiene una
importancia muy grande la relación que Jesús establece entre
su muerte, así interpretada, y los elementos de la cena: el pan y
la copa de vino. Comer el pan y beber la copa constituyen algo completamente
comprensible en el contexto de una cena judía, pero ahora esta acción
tiene que ver con la interpretación de la muerte de Jesús,
que él mismo ofrece. Jesús debió haber dicho otras cosas
y debió haber compartido otros sentimientos con sus discípulos.
Pero la tradición ha conservado sus sentimientos ligados principalmente
con la acción del pan y de la copa. En cuanto a la última,
no sabemos con seguridad si en la cena pascual, en tiempos de Jesús,
se utilizaba o no una sola copa, en un momento determinado, pues todos tenían
sus propias copas. La tradición cristiana recuerda, en todo caso,
la utilización de una sola copa como característica de la cena
del Señor (cfr 1 Cor 10,16).
Las palabras de Jesús que nos han sido conservadas para comprender
el sentido del pan y de la copa compartidos, implican pues una interpretación
salvífica de su muerte, tanto en el sentido de la expiación
y de la representación ("morir por", "para el perdón de los
pecados"), como en el sentido de una nueva alianza.
Jesús, que interpretó así su muerte y la relacionó
intrínsecamente con los dones de la cena, le dejó a la comunidad
de sus discípulos la posibilidad de vivir siempre la realidad de una
nueva alianza con el Dios salvador, en el sentido del Reino definitivo que
había anunciado. La relación entre alianza y Reino ya tenía
una tradición importante, pero en la acción de Jesús
adquirió una importancia trascendental y original para sus seguidores.
Haced esto en memorial mío: Este mandamiento del Señor es verdaderamente
sagrado para los seguidores de Jesús. La experiencia comunitaria vivida
originalmente por los discípulos se convierte en algo posible en todos
los tiempos para los cristianos. Se trata de entrar en el destino histórico
de Jesús, que es la historia misma de Dios, su Reino, que acontece
definitivamente en la manifestación suprema del amor. Dios, el Padre,
ama infinitamente (Jn 3,16)
Dios es amor (1 Jn 4,8) Nada más cierto, en el sentido del amor, como
dar la vida (Jn 15,13) Pero participar así en el destino del Maestro
significa hacer, de manera insuperable, la fraternidad humana. La cena del
Señor es la asunción, por parte de todos los cristianos, de
lo que nos une más profundamente: la vida misma del Maestro, la historia
del Hijo del Padre en la que participamos todos como hijos también
y como hermanos los unos de los otros.
Sugerencias para la homilía
Éxodo 12,1-8.11-14: Cuando vea la sangre, pasaré de largo ante
vosotros, y no habrá entre vosotros plaga exterminadora.
Salmo 115 (116),12-13.15-16cb.17-18: Amo al Señor porque escucha mi
voz suplicante 1ª Corintios 11, 23-26: Este es el cáliz de la
nueva alianza sellada con mi sangre. Juan 13,1-15: Os he dado ejemplo para
que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.
La Pascua entre los judíos, unida indisolublemente a la liberación
de Egipto, la reactualiza la liturgia, es decir la hace presente, con las
mismas gracias que recibieron los protagonistas. El pasado se mantiene vivo
y nos proyecta hacia el futuro. La mención de la sangre nos introduce
en pleno sacramentalismo del Antiguo Testamento y por este medio se opera
igualmente la continuidad entre la Pascua judía y la Pascua cristiana.
Pascua es la gran fiesta de la liberación de la servidumbre y de la
muerte, donde la sangre del cordero juega una función redentora. Pero
la Biblia concibe la salvación, a medida que se desarrolla la revelación,
como una salvación del pecado; el Señor nos liberó de
Egipto y Egipto en el Antiguo Testamento es la tierra del pecado. En la epístola
Pablo dirige su atención sobre todo a la asamblea y muestra como una
celebración indigna de la Eucaristía desemboca en el menosprecio
del Cuerpo místico de Cristo constituido por la asamblea. Ésta
es el símbolo de la reunión de todos los hombres en el reino
y en el Cuerpo de Cristo Una comunidad dividida por el odio y desprecio no
puede dar testimonio de esa unión, es más bien un escándalo.
En la escena del lavatorio de los pies Jesús nos muestra quién
es Dios; no el soberano sentado en un trono lejano, sino el Dios que en Jesús
se ha puesto al servicio del hombre. Con el gesto de lavar los pies Jesús
ha elevado al hombre hasta Dios, en una palabra ha hecho a todos iguales
y libres. Sus discípulos tendrán la misma misión: crear
una comunidad de hombres iguales y libres. El poder que se pone por encima
del hombre, se pone por encima de Dios. Jesús destruye toda pretensión
de poder, porque la grandeza humana no es un valor, al que él renuncia
por humildad, sino una injusticia que no puede aceptar. El rechazo de Pedro
indica que éste no ha entendido la acción de Jesús.
Él piensa en un Mesías glorioso, lleno de poder y de riqueza
y no admite la igualdad. Aún no sabe lo que significa amor, pues no
deja que Jesús se lo manifieste.
Jesús ha expresado la grandeza de su amor y nos da igualmente la medida
de ese amor: igual que yo he hecho con vosotros, haced también vosotros.
La medida de nuestro amor a los demás es la medida en que Jesús
nos ha amado y esto que parece imposible se puede hacer realidad si nos identificamos
con él. Así como se sentía Pablo identificado con Jesús,
hasta poder decir: No soy yo quien vive, sino Cristo quien vive en mí
(Gal 2,20).
Dios es amor
Una experiencia de oración: La meditación de la noche
Dios es amor. Esta es la expresión más alta que podemos decir
de Dios y es también la que más nos permite penetrar en su
intimidad. Porque nos descubre que Dios no es un ser solitario en su inmensidad
y eternidad, sino una familia, una comunidad, donde hay comunicación
mutua, entrega recíproca, diálogo eterno, vida que se da.
Y no hay tampoco una expresión más grande sobre el hombre que
la que nos enseña Gn 1,26, donde se nos dice que el hombre fue creado
a imagen y semejanza de Dios. La imagen de Dios que es el hombre nos ayuda
a comprender mejor lo que somos nosotros. Personas creadas por amor y para
el amor, el diálogo sincero, la entrega generosa, la donación
sin reservas. Sin amor el hombre no puede realizarse como ser personal y
la más grande frustración que éste puede experimentar
en su vida es el fracaso en el amor. Pero, sobre todo, el amor distingue
al cristiano de los demás hombres:
Amarás a tu prójimo como a ti mismo Se le acercó uno
de los escribas ... que le preguntó: ¿Cuál es el primero
de todos los mandamientos? Jesús contestó: el primero es: "Escucha,
Israel: el Señor, nuestro Dios es el único Señor, y
amarás al Señor con todo tu corazón, con toda tu alma,
con toda tu mente y con todas tus fuerzas". El segundo es éste: "Amarás
a tu prójimo como a ti mismo". Mayor que éstos no hay mandamiento
alguno (/Mc/12/28-31. cfr /Mt/22/34-40. /Lc/10/27). Aparentemente no hay
mucha originalidad en esta respuesta. El Antiguo Testamento había
enseñado lo mismo en Dt 6,4-6 y en Lev 19,18. Pero lo importante y
decisivo de esta enseñanza de Jesús está en que el pone
en el mismo nivel dos mandamientos que en el Antiguo Testamento estaban separados,
tienen el mismo rango en el Nuevo. Además hay una diferencia fundamental
en la formulación de la antigua Ley respecto de la nueva. Para los
judíos prójimo era solamente el que pertenecía a la
misma familia, o a la misma tribu o al mismo pueblo. Los extranjeros y paganos
estaban excluidos. El Nuevo Testamento en cambio no hace distinciones. Prójimo
es todo hombre, no importa su raza, su condición social, ni siquiera
su religión como lo demuestra la parábola del buen samaritano
(Lc 10, 30-37).
Amar a los demás como amamos a Cristo Pero todavía podemos
avanzar más. En el segundo grado la medida de nuestra caridad a los
demás es el amor con que amamos a Jesús. Nos lo enseña
la escena final que nos trae Mateo en el capítulo 25,31-46. Allí
nuestro amor a Jesús se mide por el que profesamos al prójimo,
porque el Señor se ha identificado con el hombre, especialmente con
el más pobre, enfermo, marginado, etc. Es lo que dice Cristo a Pablo
en el camino de Damasco: Yo soy Jesús, a quien tu persigues (Hech
9,5). Pablo creía perseguir sólo a los cristianos, pero en
ellos perseguía a Cristo.
Amar como Cristo nos ha amado Hemos subido un peldaño, porque ya no
es una medida humana la que nos sirve para calibrar nuestro amor, sino una
realidad que está por encima de nosotros. Si Jesús no nos hubiese
revelado eso, no lo creeríamos, hasta lo consideraríamos blasfemo,
porque está más allá de nuestra comprensión.
Parecería que hubiésemos agotado los grados del amor, pero
todavía nos falta ascender más. En el tercer grado la medida
de nuestra caridad es el amor que Cristo nos tiene. Parece inaudito pero
así lo ha proclamado el mismo Jesús. Un mandamiento nuevo os
doy que os améis unos a otros; como yo os he amado así también
amaos mutuamente (/Jn/13/34). Esta afirmación, a primera vista, está
por encima de nuestras posibilidades. Cristo es Dios, nosotros somos simples
mortales. No podemos ponernos en el mismo plano, pero , si Jesús lo
afirma es porque esto debe estar a nuestro alcance; y lo está porque
por el bautismo comienza en nosotros un proceso de identificación
con el Señor que va en aumento. Como Pablo nosotros deberíamos
poder afirmar: Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí (Gal 2,20),
si sabemos amar, porque no somos nosotros los que amamos sino Cristo que
está en nosotros.
Amar como se aman las personas de la Trinidad
¿Hemos llegado al más alto grado el amor? ¿Podemos añadir
algo más? Sí. Todavía Jesús nos señala
un horizonte infinito, como infinito es Dios en su amor y en su unidad. Nos
estamos acercando a un abismo de grandeza y bondad que está muy lejos
de nuestras capacidades. No podemos leer sin estremecernos estas palabras
de Cristo pronunciadas después de haber hablado de amor a los enemigos:
Sed, pues perfectos, como es perfecto vuestro Padre celestial (Mt 5,48).
Esto rompe toda medida y todo criterio humano. Y todavía hay más
pasajes. En la oración sacerdotal, uno de cuyos temas es el de la
unidad de los cristianos, Jesús propone como modelo de esa unidad
la que existe entre él y el Padre: Pero no ruego sólo por éstos,
sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán
en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí
y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo
crea que tú me has enviado.
Aquí tocamos los linderos de la mística y de la más
alta perfección cristiana. Se nos propone como modelo de unidad la
que existe en la Trinidad. El amor hace la unidad en la Trinidad, cuyo diálogo
no se agota, ni su mutua donación se interrumpe. Sólo cuando
nos amemos de verdad el mundo podrá reconocer que Cristo es el enviado
del Padre y que nosotros somos sus discípulos: si tenéis caridad
unos para con otros (Jn 13,35).
Alguien ha dicho que el cristianismo ha fracasado porque no ha sido capaz
de establecer un orden de justicia, de paz y de amor en el mundo. Pero el
que esto afirma no conoce la verdadera esencia de nuestra religión.
Esta no ha fracasado, ni ha fracasado tampoco el amor. Los que hemos fracasado
somos los hombres que no hemos sido capaces de vivir nuestra fe hasta sus
últimas consecuencias y con toda su radicalidad. No hemos podido entender
que el amor a Dios es inseparable del amor al prójimo, porque quien
ama a Dios, ame también su hermano (1 Jn 4,21).
El día en que nos decidamos a ensayar el amor, después de haber
experimentado el derrumbe de tantas ideologías que prometían
un paraíso en la tierra, entonces podemos esperar un nuevo amanecer
para el mundo, una transformación de nuestras costumbres y relaciones,
un surgir de la paz, fruto de la justicia. ¿Será esto posible?
¿No es acaso una utopía más que nos puede ilusionar
sin llegar a nada concreto? Para los hombres es imposible, no para el amor.