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CASIANO FLORISTÁN
profesor emérito de Teología Práctica
de la Universidad Pontificia de Salamanca
EL carnaval es un tiempo de regocijo y de inconformismo que surgió
en la Edad Media para cristianizar los licenciosos "lupercales" romanos.
Durante unos días, año tras año, se permitían
toda clase de bromas, imitaciones y críticas, antes de comenzar la
cuaresma mediante la imposición de la ceniza, uno de los ritos religiosos
más arraigados en nuestro pueblo. Durante los carnavales brillan las
caretas y los disfraces, que ocultan gozosa y momentáneamente la dureza
de la vida. Al recobrar el miércoles de ceniza los vestidos ordinarios,
la cara descubierta y la frente alzada, se vuelve a mostrar lo que de verdad
es el ser humano.
El claroscuro de la ceniza
La ceniza -que etimológicamente significa polvo- es residuo purificado
de una combustión, lo que queda al extinguirse el fuego. Ampliamente
usada en las religiones antiguas, se asocia a la culpa y a la caducidad,
al luto y a la penitencia. Simboliza la amenaza constante que tiene el ser
humano de retornar a la tierra. Para los griegos, egipcios, árabes
y tribus primitivas, esparcir ceniza en la cabeza era un gesto de luto y
de humildad. Los yoguis hindúes cubren su cuerpo de ceniza para expresar
su renuncia al mundo. En las culturas antiguas, la ceniza es símbolo
de muerte y de remordimiento.
Al mismo tiempo la ceniza es un "resto", es decir, algo que parece un final
y en realidad es un comienzo, dados los rescoldos que la acompañan.
Según la mitología primitiva, de la ceniza se alza el ave fénix
a una nueva vida. Es señal de nacimiento y de resurrección.
En la tradición bíblica, la ceniza significa lo mismo que el
polvo, a saber, pecado y fragilidad, ya que mancha, es perecedera y no tiene
valor. Al mismo tiempo recuerda la pequeñez de la criatura frente
a Dios. Se relaciona, de un lado, con el polvo; de otro, con el fuego y la
llama. Es, pues, signo de aflicción, penitencia, calor y esperanza.
Cenizas son asimismo los restos últimos del cuerpo humano incinerado
que se guardan en una urna, se entierran en un cementerio o en un jardín
junto a un árbol, se esparcen sobre la olas del mar o se lanzan a
los cuatro vientos. En todo caso siempre se respetan o se honran. Son "restos
mortales" sagrados.
"Dios formó al hombre del polvo de la tierra" -dice el Génesis
mediante una parábola grandiosa-, y gracias al soplo divino se convirtió
en un ser viviente. Hasta la reforma litúrgica del Vaticano II decía
el sacerdote al penitente en la imposición de la ceniza: "Acuérdate
de que eres polvo y en polvo te convertirás" (Gén 3, 19). Después
del Concilio se privilegian la conversión y la renovación cuaresmal,
con esta fórmula: "Conviértete y cree en el evangelio" (Mc
1, 15).
Recibida en la cabeza como duelo y penitencia es, pues, imagen de la fugacidad
de la vida, reconocimiento público de la condición pecadora
del ser humano y exhortación a la conversión. Los primitivos
penitentes se ponían ceniza en sus cabezas para indicar públicamente
que eran pecadores. La ceniza mancha, aunque es más liviana y menos
pegajosa que el barro y el limo. Es símbolo de muerte e inicio de
nueva vida. Dios saca vida de las cenizas y de la tierra.
Los cristianos introdujeron en sus ritos penitenciales el gesto de la ceniza.
En los s. IV y V la recibían en sus cabezas los "penitentes públicos",
aquellos que habían roto con la comunión eclesial por ser culpables
de pecados graves, como el homicidio, la idolatría y el adulterio.
Desde el s. VI, el rito de la ceniza del miércoles anterior al primer
domingo de la cuaresma inaugura este tiempo de conversión. En el s.
XI el papa Urbano II extendió su uso a todos los fieles del mundo.
La ceniza, que en principio es polvo o signo de lo transitorio, se convierte
en comienzo de trascendencia. La cuaresma empieza para los cristianos con
la ceniza de la conversión y acaba con la luz pascual renovadora.
Este año celebramos el rito de la ceniza en un clima preocupante de
preparativos militares, esperanzadoras movilizaciones y mensajes en favor
de la paz, rechazo a la guerra, al terrorismo y a la violencia de género.
Juan Pablo II ha pedido a los gobernantes que "hagan todos los esfuerzos
por evitar nuevas desuniones en el mundo", tarea que nos incumbe a todos.
"Toda guerra -afirma el Papa- es siempre un desastre para la humanidad".
Condición terrena
El número cuarenta, del que procede la palabra cuaresma, significa
en algunas religiones un periodo de retiro para favorecer la experiencia
de Dios y la comunión con los hermanos. En la Biblia es retiro en
el desierto como tiempo de prueba y de tentaciones, en el que los deseos
oscuros de acaparar riquezas y poderes deben perecer, para dar lugar a una
criatura renovada, transfigurada por la luz de la razón y la gloria
de Dios. En las cuarentenas bíblicas hay una lucha entre hambre y
saciedad, riquezas y generosidad, poder y servicio, cenizas y purificaciones,
tinieblas y luz, guerra y paz, ídolos de muerte y Dios de vida. El
creyente pone a prueba la llamada de Dios o su vocación de cara a
un compromiso de renovación en la paz, solidaridad y justicia. Recuerda
al mismo tiempo la condición terrena del hombre pecador, asediado
por mil preocupaciones y tentaciones.
El carnaval y la ceniza reflejan respectivamente la exaltación de
lo lúdico y la pesadumbre del sufrimiento, ingredientes que componen
la vida popular, por no decir la vida a secas. Cuando se apagan los carnavales,
empieza la cuaresma con el "miércoles de ceniza".
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