<< Para imprimir los textos haga click aquí  

Volver a menú principal

SENTIDO DEL TIEMPO ORDINARIO

CASIANO FLORISTAN DE DOMINGO A DOMINGO
EL EVANGELIO EN LOS TRES CICLOS LITURGICOS
SAL TERRAE. SANTANDER 1993.Pág. 80-82

1. Sentido del Tiempo Ordinario.
Al acabar cada uno de los dos grandes ciclos del año litúrgico, constituidos por la Navidad y la Pascua, se extiende el Tiempo Ordinario (= T.O.) de 33 ó 34 domingos, en los que se celebra, simplemente, el «Día del Señor». Llamados a ser por la fe hermanos en Jesucristo e iniciados sacramentalmente por el sello del Espíritu, los cristianos ejercen en el mundo el compromiso de la caridad. Reunidos en asamblea, dan semanalmente al Padre la gloria que se merece, ya que, «gracias a Cristo, unos y otros, por un mismo Espíritu, tenemos acceso al Padre» (Ef 2,18). Las Normas universales del año litúrgico dicen que, «además de los tiempos que tienen carácter propio, quedan 33 ó 34 semanas en el curso del año en las cuales no se celebra algún aspecto peculiar del misterio de Cristo, sino que más bien se recuerda el mismo misterio de Cristo en su plenitud, principalmente los domingos». Los domingos que siguen a Pentecostés ayudan a desarrollar el sentido de la Pascua cristiana o el misterio de Cristo en su totalidad; es decir, nos recuerdan la vida histórica de Jesús, especialmente su ministerio público. Por consiguiente, la lectura principal de este tiempo es el evangelio. Todos sabemos que la primera lectura, del Antiguo Testamento, se ha elegido en relación al evangelio, y que la segunda, salvo excepciones, es de Pablo o de Santiago, sin que forme unidad con el texto evangélico. En el T.O. después de Pentecostés, la Iglesia acentúa la peregrinación de los cristianos sobre la tierra hasta el día final, bajo la atenta guía del Espíritu. Pero la Iglesia de la peregrinación es Iglesia militante, del compromiso, que marcha con caridad hacia el objeto que le muestra la esperanza.

2. El domingo en el Tiempo Ordinario.
Ya dijimos al principio que el domingo fue, desde los tiempos más remotos, pascua semanal. El Vaticano II afirma que es «la fiesta primordial de los cristianos», basada en «una tradición apostólica que se remonta al mismo día de la resurrección de Cristo» (SC 106). Desde el principio fue también día de reunión de la comunidad cristiana para celebrar al Señor mediante la cena fraterna, la eucaristía, la reconciliación y la comunicación de bienes. Un grupo social toma conciencia y permanece si se reúne periódicamente. Así lo hicieron los cristianos en el domingo.

3. Lo ordinario del Tiempo Ordinario.
El T.O., o per annum-así llamado desde comienzos de este siglo-, es tenido por los liturgistas como un tiempo «débil», «menor» o «incoloro». La palma se la llevan los denominados tiempos «fuertes»: Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua. Pero, como abarca nada menos que algo más de la mitad del año (unos 34 ó 35 domingos), algunos liturgistas tratan de buscarle al T.O. un contenido específico que permita considerarlo como un tiempo importante. Lo cierto es que, al no celebrarse en el T.O. ningún misterio particular del Señor, es fácil caer en la cuenta de que su especificidad reside propiamente en el domingo a secas. De ahí que se dirija la mirada a los 34 formularios de las misas dominicales propios de este T. O. Dada la flexibilidad que poseen estos formularios, se pueden sugerir algunas propuestas. La primera consistiría en que se pusiera de relieve el valor de lo ordinario o común, frente a lo extraordinario. Esto significa dar relieve al día de labor como día ordinario con todo lo que conlleva: el trabajo, el sueldo que apenas cubre los gastos. el cansancio de soportar a las mismas personas, los rezos milnúsculos cotidianos, el reposo apresurado, la conversación sobre el tema del día, el jaleo diario familiar... En suma, se trata de que la fe eche raíces en la vida ordinaria. Los liturgistas tienden, por formación (o defomación) profesional, a valorar casi exclusivamente, tanto en el plano teológico como en el pastoral, el domingo como día de la asamblea cristiana. Y, por supuesto, muchos de nuestros actuales «practicantes» dominicales están persuadidos de que se santifican y se salvan básicamente por los sacramentos. Incluso algunos liturgistas ven con cierta sospecha el reposo dominical actual -con todo lo que supone de diversión, ocio, contacto con la naturaleza, etc.-, en la medida en que contribuye a secularizar el día del Señor. De ahí que hablemos de 34 ó 35 semanas, con sus domingos incluidos, no de los domingos solamente. La segunda propuesta se basa en la necesidad de dar su importancia a ese tiempo considerado «débil», minusvalorado frente a los tiempos «fuertes». A pesar de que el Concilio dijo que «la sagrada liturgia no agota toda la actividad de la Iglesia», algunos liturgistas dan la impresión de que no se lo acaban de creer. La mesa del hermano -unida indisolublemente a la mesa del Señor- no es sólo mesa dominical, sino diaria. También es mesa de cocina, mesa de andar por casa. No estaría de más que uniéramos más veces, y más intensamente, liturgia y mensaje social. La tercera propuesta se refiere a la situación de las semanas que componen el T.O., dividido en dos partes: una pequeña -entre Epifanía y Cuaresma-, que transcurre en el segundo trimestre del año escolar (en pleno trabajo de curso), y otra más larga -entre Pentecostés y Adviento-, que incluye el verano y los comienzos de curso. El verano parece carecer de importancia: es tiempo de vacaciones y momento, por consiguiente, de que cese casi toda la actividad parroquial o comunitaria, salvo la eucarística y penitencial. Pero el mes de septiembre es tiempo de preparar el nuevo curso, que comienza, bien a mitad de ese mes, bien a principios de octubre. En algunos domingos del T.O. -mediante liturgias de la palabra especiales- cabe poner de relieve el trabajo pastoral que lleva a cabo la comunidad, parroquia o movimiento, con objeto de dar noticia pública de sus compromisos globales. También aquí hay que salir al paso de ciertos purismos litúrgicos que impiden el pleno desarrollo de la asamblea cristiana, al reducirla casi exclusivamente a la actividad cúltica.