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Iniciación a la Oración
1. Advierte la presencia de Dios
Como ya sabes, la oración comienza a partir del momento en el que
el orante toma conciencia de la presencia de Dios. Incluso aunque el Padre
esta escondido (Mt 6,6), el que ora sabe que aunque escondido, nos mira (Mt
6,6) y nos mira con amor. No es necesario hacer un esfuerzo de imaginación.
Basta una simple toma de conciencia: Darse cuenta de que está aquí.
2. Dentro de tí
El Reino de Dios está dentro de cada uno (Lc 17 21). Si una de las
grandes dificultades del hombre actual y del orante moderno es el "advertir
a Dios", el darse cuenta de su presencia; otra gran dificultad es la de recuperarse
como lugar de su presencia. Es redescubrir la interioridad.
3.-Háblale
El primer recurso que el orante entiende como forma de relación es
HABLAR A DIOS. El lenguaje crea unas formas y condiciones de cercanía
y de presencia, inicialmente válidas y hasta necesarias. Y aunque
existe el riesgo del soliloquio, hay que correrlo en los comienzos de la
oración. Las palabras, especialmente las palabras que Dios mismo ha
dicho, son el lugar donde el orante puede "mirar" a Dios.
a. con una frase una palabra
La espiritualidad ortodoxa cristiana representada por el "Peregrino ruso"
ya utilizaba una frase para orar. Pero no es única. La espiritualidad
cristiana ha mantenido esa fórmula de orar.
Y es una etapa necesaria en el proceso de la oración que requiere
una PROGRESIVA SIMPLIFICACIÓN de todo, incluido del lenguaje. Su valor
antropológico reside en que : Simplifica la mirada, favorece el silencio,
permite el adentramiento en niveles más hondos de conciencia; afecta
a capas más profundas de la mente.
Como requisitos, conviene que la frase sea CORTA, ESPONTANEA y AFECTUOSA.
4. Dile tu amor
Repetir tiene más que ver con el corazón que con la cabeza.
Los intelectuales naufragan en la repetición; los sencillos la buscan
como expresión de su pobreza y de su angustia, de su ansiedad y de
su amor.
Las palabras no tienen magia. Operan en unas condiciones de eficacia en las
que el orante "está amando" en ellas. En esas condiciones, decir la
frase significa decírsela a Dios y decírsela con amor. Y las
palabras cumplen con una función de amor cuando se dicen con unas
características fundamentales:
a. con pobreza
Afrontar la relación con Dios con pobreza significa dejar de lado
nuestra permanente actitud adquisitiva y verbalista y no tratar de verificar
a Dios, atraparlo, utilizarlo, explicarlo...
Por ello ejercita la pobreza al decir la frase diciéndola sin aferramiento,
sin asociaciones o relaciones, sin analizar nada... No enfoques la atención
tanto a lo que estás diciendo, sino sobre todo a quién lo estás
diciendo. No analices la palabra, ni la frase... simplemente dísela
a Dios. La clave de cercanía al misterio no es el entender, sino el
acoger.
b. con calma
El orante tiene que afrontar su propia agitación. El orante no tiene
prisa cuando su relación va siendo progresivamente más honda.
Dile a tu Padre tu frase con calma, con la calma que marque tu propio RITMO
INTERIOR.
En mi tiempo de oración no tengo prisa, ninguna prisa. Y reposa. Combate
esos malos hábitos y modos del hombre "moderno" que ha perdido calidad
sencillamente porque quiere hacer muchas cosas, para las que no tiene tiempo.
En realidad tiene todo el tiempo que necesita para ser hijo de Dios.
c. con atención
El orante tiene que afrontar la DEBILIDAD Y DISPERSION de su atención,
por una parte; por otra, la progresiva DIFUSION de la misma; la pérdida
de contornos en las cosas de Dios. Pero que no haya crispación. Sin
apretar los ojos ni la frente, cuando se pierde la atención. No te
inquietes ni siquiera por la imposibilidad de mantener la mente estabilizada.
Lo importante no es el no distraerse; lo realmente importante es que eso
no sea un problema
d. con sinceridad
Sinceridad significa que creas en lo que dices; que sea verdad para tí".
Si no crees en lo que dices, cámbialo, cambia la frase. Sinceridad
significa que "quieras" lo que dices.
A veces no tendrás sensibilidad, pero podrás salvar la sinceridad.
Si en algún momento no "sientes" nada, no fuerces el sentimiento.
Descansa en la sinceridad; descansa en la realidad misma de aquello que es
así.
e. con espontaneidad
La frase con la que te diriges a Dios debe significar más que una
verdad de tu cabeza una necesidad de tu corazón. Ha de ser espontánea
la frase elegida; espontánea la decisión de cambiarla por otra;
espontánea la de mantener una conversación con el Padre cuando
la frase resulte una franja demasiado estrecha para una situación
de agitación, de exaltación o de exultación. O cuando
una necesidad requiere una expresión total, franca, sincera, amplia.
Dile lo que salga, no lo que quieres que salga. No cultives la estética
en su presencia sino la cordialidad
f. con fe
El orante nunca "ve" a Dios. Frecuentemente no siente nada; ni siquiera ve
que su vida cambie. El orante tiene que oir de otros, con frecuencia: "que
se vea", "que se vea". Y el orante se agobia y duda, porque tampoco ve él.
En estas circunstancias la tentación es fuerte: Dejarlo todo y arruinar
así un proyecto indecible de oración. Sólo la fe puede
salvar. Sólo quien se atreve a abrazar la oscuridad de la fe sale
adelante. La búsqueda desmesurada o equivocada de resultados arruina
cualquier proyecto de oración. La actitud de gratuidad es fundamental.
5. DESCANSANDO EN SU QUERER
Es el abandono. Dile tu frase abandonadamente. Es una especie de pérdida
de protagonismo. Le interesa más al orante ser poseido por Dios que
poseerle a El. Es toda una actitud de ofrecimiento personal la que se crea
Evita por ello. el estar pendiente de tí mismo de estar diciéndote
como en un segundo plano:
. Tengo que estar consciente.
. Tengo que cumplir las características indicadas
. Lo estoy haciendo bien o mal...
Deja que la atención a la voluntad de Dios se suavice, deja que todo
sea tranquilo y sin ansiedad.
Recuerda que la oración avanza sobre tu propia muerte y pobreza. Recuerda
que tu pobreza es un proceso altamente hermoso y eficaz, aunque parezca que
te anonada. En realidad activa todas tus posibilidades de crecimiento y de
transformación en Dios.
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Orar con la Palabra
La oración con la Palabra tiene sus reglas, que hay que cumplir y
a las que debe habituarse el orante. Muchas veces los ejercicios de oración
realizados son "inútiles" porque se falla en cualquiera de las premisas
más insignificantes y fáciles. De esa manera se acaba por abandonar.
Hemos de insistir en la disciplina y en la exigencia de adquirir unas reglas
mínimas. Aparecerán muchas dificultades, pero hemos de saber
tratarlas bien, sin darnos por vencidos antes de plantarles cara.
A.- EL AMBIENTE QUE HEMOS DE CREAR
*Purifícate
Del sueño, si haces la meditación por la mañana;
Si te encuentras dormido, te pasara como a las vírgenes necias: y
no podrás entrar en intimidad con el Amado.
De las intenciones no rectas, de las obsesiones que te dominan. Solo los
limpios verán a Dios.
De las imágenes producidas por esa “loca
de casa», que solo da pasto para sus locuras divertidas. Haz
un proceso de higiene mental.
* Ponte cómodo:
Adopta la postura en la que te sientas cómodo (pero que no te invite
dormir), que no tengas que estar continuamente cambiando de postura, rascándote,
moviéndote..., adopta una posición que te permita la tranquilidad
Se recomienda estar sentado sobre una silla recta, dura en forma de cuatro
(respaldo en ángulo recto), sin posiciones incómodas, que impiden
Ia circulación de la sangre y acaban molestando.
*Relájate:
Olvídate de todo lo que has hecho, de lo que has de hacer, de lo que
deberías hacer en este momento, de todos los problemas. Piensa que
sólo ha que hacer una cosa en ese momento: orar con la Palabra de
Dios. Relájate y ponte cómodo también por dentro. Respira,
empieza a sentir la respiración en tu interior; hazla acompasada y
rítmica, como el aire que respiras fuera el mismo aliento de Dios,
como si todo lo que espiras fuera lo que quieres eliminar de ti mismo. Mientras
vas relajándote, intenta llenarte de sentimientos positivos, el amor
hacia las personas y hacia todas las criaturas. El sentir que amas y eres
amado es uno de los mejores sedantes.
B.-ALGUNAS REGLAS PARA TU ORACIÓN
Vamos a recordar unas reglas mínimas necesarias para todo aquel que
quiera avanzar en la lectura de la Palabra de Dios. Léelas con atención,
rumíalas. fíjate en las posibilidades que tienes de ser fiel
a ellas, busca las dificultades, intenta hallar las soluciones:
1) Ponte y márcate un tiempo, el que quieres emplear para la oración.
Sé fiel y constante, pase lo que pase (por más urgencias que
se vengan encima y se susciten, sobre todo, en ese momento). Empieza por
un periodo breve de tiempo, quizá cinco minutos; y, poco a poco, a
medida que te sientas capaz, dedica mas tiempo, hasta conseguir, de un modo
habitual, un mínimo de cuarto de hora.
× fidelidad en ese tiempo;
× adecuación: que no sea el que te sobre y no sepas qué
hacer o en el que estás tan cansado que ya no puedas con tu alma;
× asiduidad y constancia: cada día, sin excusas;
× busca un lugar en el que la puedas hacer con tranquilidad y serenidad,
sin que nadie te moleste.
2) Empieza siempre con un acto de fe en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu.
A veces, esta convicción de estar en su presencia ya será suficiente.
Es el Espíritu el que debe guiar tu corazón para que se encuentre
con Dios Padre, que te invita a través de la Palabra, como guió
el de María. Convéncete de que no es un tiempo perdido el que
dedicas a la invocación previa: El es el Absoluto, nada hay más
importante, quiere hablarte y comunicarte su experiencia.
3) Escoge un texto bíblico (son más fáciles los del
Nuevo Testamento, sobre todo de los evangelios): léelo despacio; fíjate
en las personas que aparecen:
× que hacen, qué dicen;
× como actúan;
× qué prejuicios llevan;
× como se abren a la gracia.
Siente lo dicho a ellos como dirigido a ti mismo; que vaya cayendo poco a
poco en tu corazón como lluvia suave. En ciertos momentos, te pararás
y bastara una palabra, una frase... para que te sientas lleno. Es Jesús
quien te la dirige. Te sientas, como María, la hermana de Marta,
a sus pies y gozas completamente convencido de que no hay nada mas eficaz
en ese momento.
4) Centra la atención en un personaje (o en varios sucesivamente)
y mira sus actitudes frente a Jesús y cómo serian las tuyas
en su caso.
5) Centra la atención en Jesús mismo, y contempla el porqué
de sus actitudes, de su actuación, sus sentimientos, de sus palabras...
para ir haciendo tuya toda esa personalidad; para ser y hacer como Jesús,
seguirlo más de cerca.
6) Deja que broten espontáneos sentimientos de: amor, agradecimiento,
petición, adoración, humildad, entrega...
A lo mejor no sientes nada (por largos periodos); por lo general, no duran
demasiado. En esos casos, puedes usar un comentario, repetir alguna frase
del texto o leer algún salmo. Si aparecen sentimientos negativos,
párate y deja que tu corazón hable. Cuéntale al Señor
lo que te está pasando y haz después silencio. Seguro que él
tiene algo que decirte aunque te parezca que está callado.
7) Dedica un tiempo a ver que te invita Dios a realizar o cambiar de tu vida,
a la luz de la Palabra que has orado. Saca un breve compromiso concreto y
realizable. Puede que debas intentar alguno por un largo periodo de tiempo.
8) Revisa como te ha ido el tiempo de oración para dar gracias: y
hazlo tanto si te ha ido bien como mal (ante el solo deseo de rezar, ya hay
que dar gracias), para ver si has sido dócil y has sabido escuchar,
si has dejado "hablar" a Dios o has sido tu el "charlatán".
9) Retén algún fragmento en la memoria para ir haciendo presente
durante el día y alimentando tu espíritu. Durante el día
retómalo y reza con él: en los viajes, en medio de la gente,
en tus preocupaciones y alegrías, cuando estás en silencio
o en el ajetreo de la jornada...; en todo momento podrás retomarlo
y rezar con él. Deja que la Palabra de Dios guíe tus pasos.
10) Si puedes compartir tu camino de oración con alguien, mejor que
mejor. Juntos se discierne mejor.
No creas que son muchas normas y que se te hace complicado. Sucede como con
las teclas de la maquina de escribir; son muchas, pero solo cuesta al principio,
cuando se está aprendiendo. Si eres fiel, tocarás todas
esas teclas sin darte cuenta.
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TEORÍA DE LA ORACIÓN EN PARÁBOLAS
Ocupa el último lugar
(Sabiduría)
En un encuentro comunitario, el Abad confesó con sencillez a los monjes:
-Cuando yo era adolescente, tenía la ambición de ser el primero
en todo: quería ser el más guapo, el más listo, el más
alto, el más rico, el más joven, el más bueno, el más
sabio.
Pronto descubrí que esta ambición me quitaba la vida, pero
no sabía qué hacer, porque veía que no es posible renunciar
al ideal sin traicionarse y me parecía que ser el primero era, sin
duda, el ideal.
Tardé mucho en comprender que el ideal está en ocupar el último
puesto, que es el puesto del servicio y, por lo mismo, del amor. Esto dio
un sentido nuevo a mi vida.
Ahora caigo en la cuenta de que pretender el último puesto es demasiado
para mí, porque ese sitio se lo ha reservado el Señor, y él
no lo cede, aunque sí lo comparte con quien se lo pide. Yo se lo pido,
muy consciente de que no lo merezco, y me siento feliz. ?Ahora, vivo!
Busca a Dios "en persona"
(La sed)
Un joven inquieto se presentó a un sacerdote y le dijo:
-Busco a Dios.
El 'reverendo' le echó un sermón, que el joven escuchó
con paciencia. Acabado el sermón, el joven marchó triste en
busca del obispo.
-Busco a Dios -le dijo llorando al obispo.
'Monseñor' le leyó una pastoral que acababa de publicar en
el boletín de la diócesis, y el joven oyó la pastoral
con gran cortesía, pero al acabar la lectura se fue angustiado al
papa a pedirle:
-Busco a Dios.
'Su santidad' se dispuso a resumirle su última encíclica, pero
el joven rompió en sollozos sin poder contener la angustia.
-?Por qué lloras? -le preguntó el papa totalmente desconcertado.
-Busco a Dios y me dan palabras -dijo el joven apenas pudo recuperarse.
Aquella noche el sacerdote, el obispo y el papa tuvieron un mismo sueño.
Soñaron que morían de sed y que alguien trataba de aliviarles
con un largo discurso sobre el agua.
Recuerda que Dios es humilde
(Callar)
-Soy lo más importante -dijo el fuego-; sin mí, todos morirían
de frío.
-Lo siento -intervino el agua-, pero lo más importante soy yo; sin
mí todos moriría de sed.
-No lo diréis en serio -replicó el aire-: ?o es que pretendéis
compararos conmigo? Sin mí todos morirían asfixiados; más
aún, ni siquiera podrían nacer.
Entonces vieron que Dios pasaba en silencio por aquel lugar.
Y desde aquel momento, ni el agua, ni el fuego ni el aire han vuelto a pronunciar
una palabra.
No olvides que Dios te necesita
(Dar)
Aquella tarde, la comunidad monástica hacía, en su oratorio,
una plegaria de intercesión. Una tras otra, se escuchaban las oraciones
de los monjes: "Señor, te pido", "Señor, te pido", "Señor,
te pido". También el Abad hacía su plegaria: "Señor,
te pido...". Por fín, todos callaron largamente.
Hasta que de nuevo se dejó oír la voz del Abad: "Ahora, Señor,
dinos en qué podemos ayudarte; te escuchamos en silencio".
Al cabo de un rato concluyó: "Gracias, Padre, porque quieres contar
con nosotros".
Y todos los monjes respondieron al unísono: "Amén". (Porque
habían comprendido que la oración, como el amor, tiene dos
tiempos: dar y recibir, y que si falta uno de ellos, se muere).
Escucha
(La esponja)
El Abad había dicho a los monjes:
-Para recibir la Palabra de Dios hay que escucharla. Y escuchar no es lo
mismo que oír, ni siquiera, que oír con atención, es
mucho más.
Aquella noche un joven novicio se acercó al Abad a rogarle que le
explicara la lección.
El Abad tomó una esponja seca y dejó caer sobre ella una gota
de agua.
-?Comprendes ahora?
-Creo que sí -respondió el novicio.
-Cuando alguien se hace todo oídos para acoger al otro que es todo
palabra, entonces, y sólo entonces, se produce la verdadera escucha.
Pero esto es un camino sin fin.
Al despedir al novicio, dijo todavía: -Solo existe un "escuchador"
perfecto: Dios.
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