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TEXTOS DEL ADVIENTO

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A D V I E N T O

TEXTOS 1

 

1.

Vivir el Adviento no es tan fácil. Para muchos apenas adquiere relevancia, ni la palabra en sí y mucho menos su contenido. Apenas una suma pequeña de domingos que nos conduce a la Navidad.

Es necesario reivindicar el sentido pleno del Adviento como actitud cristiana fundamental: esperar a Dios y esperarlo en Jesùs; creer en su venida progresiva, misteriosa pero real, a nosotros, al mundo. El Adviento es ese tiempo concreto que rompe nuestra inconcreción y nuestra monotonìa para ponernos en camino de conversión, para centrar nuestra vida no en una irrealidad, sino en la realidad maravillosa de Jesús que se acerca a la vida de los hombres como nuestro Salvador.

Cada día esperábamos, a veces hasta acomodados en un sueño profundo; oíamos voces, ecos; alguien que viene, que vendrá... También nos habíamos cansado de esperar... casi siempre todos los días eran lo mismo, subía el egoísmo de los hombres y el panorama era un puro desierto de soledad. Cada día era una continua espera desde los solitarios valores de los hombres. Parecía que el cielo estaba más lejos de nosotros. Nuestra espera se había convertido en una actitud inútil.

Aunque las fiestas de la Iglesia recuerdan algo pasado, son también presente, realización viva, pues lo que ha ocurrido una vez en la historia, debe volver a ocurrir una y otra vez en la vida de los creyentes. Cada uno de nosotros debe vivir la expectación, la llegada del Señor desde su propia realización y su propia lucha para obtener con ello la Salvación.

¿Qué es eso de esperar a Alguien que viene de otra parte? ¿Qué hay más importante que encontrar en mi vida al Amigo? Un amigo es algo grande y precioso. Pero, ¿me lo puedo hacer yo mismo? Ciertamente, no. Puedo estar vigilante y receptivo, para notar cuando se me acerca una persona que puede ser importante para mí; pero tiene que venir. Venir, desde ese ámbito, inabarcable con la vista, que es la vida humana. En cualquier ocasión nos encontramos, entramos en conversación, y entonces se desarrolla esa cosa fecunda y hermosa que se llama amistad... Alguien que viene a nosotros desde la amplitud de los cielos, desde la inmensidad... hemos extendido las manos, hemos abierto las puertas... Alguien ha penetrado profundamente en nuestra vida.

Nuestra salvación descansa en una venida. Aquel que viene, no lo han podido inventar ni producir los hombres mismos; ha venido a ellos desde el misterio de la libertad de Dios. ¡Cuántas veces lo han intentado! En todos los pueblos y en todas las épocas surgen las figuras de salvadores y redentores que apenas pueden modificar la realidad humana. Por haber nacido del mundo, no pudieron llevar el mundo a la libertad; y por estar hechos de la materia de su tiempo desaparecieron.

El auténtico Redentor, Aquél a quien esperamos, ha procedido de la libertad de Dios: ha surgido en una pequeña nación, en una época que nadie podría demostrar que era la apropiada y en figura ante la cual nos invade el asombro: ¿por qué precisamente ésta? La decisión de la fe consiste en buena medida en prescindir de qué es lo correcto y apropiado, y recibir al que proviene de la libertad de Dios: "Bendito el que viene en el nombre del Señor".

Este es el comienzo de la Buena Nueva, de la Buena Noticia.

Estamos ya en el camino de la esperanza.

Esto nos dice el Adviento. Todos los años nos exhorta a considerar el prodigio de esta Venida. Pero nos recuerda también que su sentido sólo puede adquirir su plenitud si el Redentor no viene sólo para la humanidad en su conjunto, sino para cada uno de nosotros en particular: en sus alegrías y miserias, en sus convicciones, perplejidades y tentaciones, en todo lo que constituye su ser y su vida. Descubrir desde lo hondo de nuestras concien- cias que Cristo es mi Redentor y viene a mi vida, es ponerse en el camino de Adviento.

El auténtico Adviento procede del interior. Del interior del corazón creyente del hombre y, sobre todo, de la hondura del amor de Dios. Debemos preparar el camino a su Amor y descubrir formas nuevas que nos pongan en disposición de recibir "al Salvador de Dios". De nuevo volverá a tener vigencia y sentido este bello deseo y oración: "Ven, Señor Jesús".

FELIPE BORAU
DABAR 1990, 2

 

 


2. ADV/VIGILANCIA:

Más aún: viene continuamente. Que el mundo entero está entretejido con su presencia escondida. Que todo es gracia suya. Que cualquier momento puede ser decisivo. Depende de nosotros.

"Caminamos por este mundo que pasa": ¿distraídos, como aquel sacerdote y aquel levita que apenas vieron al hombre que había caído en manos de los bandoleros?, ¿o bien vigilantes, dispuestos, como el samaritano? (/Lc/10/25-37) Vivamos atentos: allí donde hay una migaja de humanidad, de dolor, de alegría, allí está el Señor. En casa, en el trabajo, en el ocio... Cada momento puede ser decisivo. Tiempo excelente, el de Adviento, para velar sobre nosotros mismos y para no dejarnos llevar por el aletarga- miento y la distracción, sino para vivir vigilantes.

J. TOTOSAUS
MISA DOMINICAL 1990, 2-12

 

 


3. LITURGIA/QUÉ-ES:

La liturgia es una recreación de la vida de Jesús, que, día a día, año a año, también aquí y ahora, va conformando nuestra existencia cristiana; es simple y llanamente vivir a Jesús a través de la vida sacramental de la Iglesia mediante la pedagogía sana y sabia de la liturgia, el culto y la Palabra de Dios que son acciones actuales y operantes del Dios vivo, presente en cada época y en cada hombre. Son acciones del mismo Cristo resucitado, ayer, hoy y siempre, que nos sale al encuentro cada vez que escuchamos sus palabras y rememoramos su vida cúlticamente, en la celebración de la Liturgia; el misterio, no de algo obscuro e ininteligible, sino el misterio de una presencia, de una reactualización a través de los símbolos litúrgicos.

(...) D/SILENCIO: El misterio de nuestra permanente inquietud, por acercarnos, por aproximarnos a toda la vida de Dios como el único camino de nuestra realización personal. Nunca existe el silencio de Dios. ¿Cómo puede existir el silencio de Dios, desde que El se ha hecho cercanía, humanidad nuestra para liberarnos del sueño pesadísimo, oprimente de nuestra vida terrena? Este Dios, que un día en el tiempo se hizo Navidad, una Navidad interminable que llegará hasta la Parusía, es el Buen Dios con nosotros, el que nos libera, nos da la salud desde lo más íntimo de nosotros mismos.

ADV/SENTIDO: Es preciso descubrir el sentido del Adviento en cada año de nuestra vida. El Señor viene, vuelve a venir. Ha venido a Galilea en carne mortal. Ha venido a nuestro tiempo y a nuestro mundo en la Iglesia, porque la Iglesia es el templo donde El habita, su sacrosanto cuerpo. Ha venido a cada uno de nosotros en el Bautismo.

Pero el Señor no ha venido todavía a todos los hombres ni a la totalidad de nuestra persona como bautizados. ¡Cuantos sentimientos, actitudes ante la vida, cuántos momentos, realidades y reacciones de nuestra vida no son una conformación con el Evangelio! "Habéis aprendido de nosotros cómo proceder para agradar a Dios".

Es preciso que el Señor siga viniendo. Una venida incesante que nos haga vivir permanentemente en el Hoy de Dios. Es necesaria una espera sostenida e ininterrumpida que sea como una constante cristianización de nuestra vida. Recuperar desde la espera el sentido del ser cristianos, y de realizarse como cristianos, puede ser un ejercicio necesario y una conquista de esta Navidad.

Descubrir la necesidad de una nueva venida liberadora del Señor a nosotros en la Navidad. Es el Señor que sucesiva e ininterrumpidamente en un Hoy interminable que solamente tendrá su conformación final en su última y definitiva venida nos invita a un mayor y creciente compromiso cristiano, sin desfallecer ante las dificultades.

En esta actitud de espera, convertido nuestro corazón y envuelto en una permanente actitud de búsqueda, podremos ir descubriendo con seriedad en este nuevo acontecimiento religioso que hoy se acerca a nuestra vida, que prepararse para la Venida del Señor es adquirir un más real y total compromiso con el Evangelio. La cercanía de Dios en Navidad es desde la propia posesión de Dios vivir en la verdad, la solidaridad y la fraternidad. Lo demás habrá sido otra cosa. Otra espera y otra esperanza.

FELIPE BORAU
DABAR 1988, 1

 

 


4.J/VENIDAS-TRES.

-Las tres venidas del Señor. Esta consideración sobre el triple sentido del momento decisivo se puede completar con la referencia a un tema clásico de la literatura cristiana: las tres venidas del Señor. Véase, por ejemplo, lo que dice ·Bernardo-SAN en un sermón sobre el adviento y que se lee en el oficio de lectura del miércoles de la primera semana de Adviento:

"Sabemos de una triple venida del Señor. Además de la primera y de la última, hay una venida intermedia. Aquéllas son visibles, pero ésta no. En la primera, el Señor se manifestó en la tierra y convivió con los hombres, cuando, como atestigua él mismo, lo vieron y lo odiaron. En la última, "todos verán la salvación de Dios y mirarán al que traspasaron". La intermedia, en cambio, es oculta, y en ella sólo los elegidos ven al Señor en lo más íntimo de sí mismos, y así sus almas se salvan. De manera que, en la primera venida, el Señor vino en carne y debilidad; en esta segunda, en espíritu y poder y, en la última, en gloria y majestad.

Esta venida intermedia es como una senda por la que se pasa de la primera a la última: en la primera, Cristo fue nuestra redención; en la última, aparecerá como nuestra vida; en ésta, es nuestro descanso y nuestro consuelo".

J. LLOPIS
MISA DOMINICAL 1981, 22

 

 


5.  /SAL/026/08s

"Di a Dios: ¡Busco tu rostro!
¡Señor, anhelo ver tu rostro!
Y ahora, Señor, mi Dios,
enseña a mi corazón
dónde y cómo encontrarte...

Deseando te buscaré,
buscando te desearé,
amando te hallaré
y hallándote te amaré".

ANSELMO-SAN, Proslogion, 1

 

 


6. J/VENIDAS.

·Bernardo-SAN habla de las tres venidas de Cristo: la encarnación, la gracia y el juicio.

"Hoy, hermanos, celebramos el comienzo del Adviento, cuyo nombre... es bastante célebre y conocido en el mundo, pero quizá no lo son tanto ni su sentido ni la razón del nombre" (Serm. Adv. 1,1:BAC 243). "Tres advenimientos suyos conocemos: el que hizo a los hombres (la encarnación), en los hombres (la inhabitación) y contra los hombres (el juicio)..." Vino verdaderamente a todos los hombres, pero no así habitó en todos ni vendrá contra todos (Ser.Adv. 3,4:BAC 254). "Se encarnó para todos, pero no todos le permitimos que inhabite en nosotros. Él tampoco vendrá más que contra los que no le hayan querido admitir. Por lo tanto, lo mejor será recibirle en nosotros para que después no haya de venir contra nosotros".

LA PALABRA DE CRISTO I
BAC 97/Pág. 50

 

 


7. ADV/AVENTURA

No hay quien pare la vida. Se va. Se nos va. Nos vamos. Tal vez esta sensación de caducidad explique por qué nos aferramos a cualquier cosa y suspiramos, por encima de todo, por un puesto, una posición en la vida, que nos garantice estabilidad y proporcione seguridad. En vano los futurólogos pronostican a medio plazo dos y hasta tres cambios de profesión durante la vida. Nos persigue el fantasma del paro, que diezma y vuelve a diezmar la población.

Queremos un puesto fijo. Pero cada vez hay menos cosas fijas. Lo evidente es el cambio y el consiguiente desbaratamiento de todas nuestras previsiones. Quizá sea ésta la explicación del decantamiento, al menos en los países desarrollados, hacia una política conservadora. Lo que interesa es que todo siga igual. Igual de mal, por supuesto, con tal de que no vaya a peor.

Este ambiente conservador, que empapa y trivializa la política hasta el desencanto, invade también otras áreas de la cultura, sobre todo la religiosa. Exorcizado el fantasma ultra y recalcitrante de Lefèbre, se conjuran todos los intentos renovadores (teología de la liberación), apostando por el continuismo, y así se vuelve la espalda a la fe, que es confianza en Dios, y se busca seguridad en lo de antes. Hay que ser prudentes. Pero se malentiende la virtud de la prudencia, que es providencia y proyección hacia el futuro, convirtiéndola en retrovisión y regresión.

Hace falta un revulsivo que nos saque de nuestras casillas y nos lance con ímpetu a la aventura de la fe. La aventura es la respuesta cristiana al adviento. Ante lo que está por ver y por venir en el horizonte de la esperanza, no caben miedos ni chantajes de seguridad. Lo único seguro ante el adviento es el éxodo, la aventura del éxodo.

Como dicen los profetas y los poetas, hay que hacer camino andando. Ir por el camino trillado es retroceder. Y eso es una actitud suicida frente a la vida y un pecado contra la fe. La fe no es seguridad, sino confianza en la promesa de Dios. Es esperanza.

EUCARISTÍA 1988, 56

 

 


8. ADV/QUÉ-ES

Empezamos el tiempo de Adviento. "El tiempo de Adviento tiene un doble carácter: es, en efecto, tiempo de preparación para las solemnidades de Navidad, en las que se conmemora la primera venida de Dios a los hombres, y a la vez es un tiempo en que, por aquel recuerdo, las mentes se orientan hacia la expectación de la segunda venida, al fin de los tiempos. Por este doble motivo, el tiempo de Adviento aparece como un tiempo de devota y gozosa espera"

(Normae universales de Anno Liturgico et de Calendario).

Ambos aspectos se contienen en todo el tiempo de Adviento, pero hay una primera parte del Adviento en la que predomina la expectación de la segunda venida de JC y una segunda parte en la que pasa a primer término la esperanza navideña.

Los dos prefacios de Adviento lo sugieren. El primero da como tema de nuestra acción de gracias el que Cristo, cuando vino por vez primera, humilde y semejante a los hombres, nos abrió el camino de la salvación eterna, "para que cuando venga de nuevo en la majestad de su gloria..., podamos recibir los bienes prometidos que ahora, en vigilante espera, confiamos alcanzar"; el motivo del segundo es "Cristo, Señor nuestro. A quien todos los profetas anunciaron, la Virgen esperó con inefable amor de Madre, Juan lo proclamó ya próximo y señaló después entre los hombres. El mismo Señor nos concede ahora prepararnos con alegría al misterio de su nacimiento".

Nosotros daríamos seguramente mayor importancia al segundo aspecto, preparación de la Navidad, pero la liturgia nos hace repetir tres semanas el primero y sólo la última semana el segundo. El tiempo de Adviento es sobre todo tiempo de esperanza.

J/VENIDA/ADV:

-La venida gloriosa del Señor. El adviento no sólo es preparación para la venida; él mismo es Venida, Advenimiento. La conmemoración de la venida humilde hace esperar la gloriosa, y no sólo esperarla, sino celebrarla. Especialmente en este primer domingo, que es el gran domingo del Adviento. Por eso san Pablo ha proclamado la venida de Jesús con todos sus santos, y san Lucas nos ha hablado del Hijo del Hombre viniendo en una nube, "con gran poder y gloria".

La liturgia y especialmente la Eucaristía, hace presente todos los misterios de Cristo. No sólo los ya realizados históricamente (nacimiento, pasión, muerte, resurrección), sino el último no realizado aún: la venida gloriosa. En la profesión de fe de cada domingo decimos que "de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos". En la aclamación de después de la consagración clamamos: "¡Ven, Señor Jesús!". Después del Padrenuestro, en que hemos pedido la venida del Reino, el sacerdote añade:"...mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo". Todos nos quejamos de la superficialidad sentimental de nuestra Navidad. Hacemos el belén con ilusión y lo desmontamos con tristeza, porque no nos ha dejado huella, como las estaciones que se suceden. La Navidad será seria si el Adviento lo ha sido, y el Adviento lo será si nos tomamos en serio la venida del Señor. No con miedo, sino esperándolo como Salvador: "Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación".

HILARI RAGUER
MISA DOMINICAL 1979, 22

 

 


9. ADV/DOS-VENIDAS:

En su pleno sentido tiene dos aspectos: la primera venida de Cristo en la humildad y la última venida en toda su gloria. Ambas venidas, el acontecimiento histórico y el del futuro, las hace actuales la liturgia del Adviento. Por ello esta época lo mismo puede iniciar que poner punto final a las fiestas del año litúrgico. Los últimos domingos después de Pentecostés otean ya con ansiedad la Parusía (la venida del Señor al fin del mundo), y los domingos de Adviento que inmediatamente les siguen, vense iluminados por el resplandor que despide la realidad de la Epifanía, la primera venida de Cristo sobre la tierra. Así, el Adviento litúrgico reúne en una sola mirada la primera y la última venida de Dios, sabe darles realidad y solemnizarlas unidas de manera maravillosa e inexplicable, abre y cierra a un mismo tiempo el círculo del año santo, dando a las solemnidades religiosas del año el final deseado e imponiéndoles a su vez un nuevo comienzo. (...)

El Adviento (advenimiento) es más bien la primera y la última palabra de la liturgia del año, por razones esenciales de la liturgia misma. Es la fiesta del que ha de venir, más aún, del que viene siempre y todos los días. Pues así como todas las fases de la redención no sólo aparecen ante nosotros como sucediéndose unas a otras en el transcurso del año místico, sino que también, concentrándose por así decirlo en un solo punto, reviven cada vez que se celebra la santa misa, de la misma manera las venidas de Dios, tanto la primera como la última, se verifican en la liturgia de todos los días. Tal venida en la liturgia es el fundamento del culto, como lo es también de la redención.

Sobre el hecho capital de que Dios ha venido, esto es, ha aparecido en forma visible entre los hombres, descansa la redención que El, al aparecer visiblemente en cuerpo humano, impetró en nuestro favor sufriendo y muriendo por nosotros.

Asimismo, la redención que nos aplica actualmente la liturgia descansa sobre el poder activo de la conmemoración, en el culto, de esta venida y aparición de Dios. Porque Dios ha venido, por eso se da esta gran realidad salvífica en que vivimos: la Iglesia. Y porque Dios renueva de continuo su venida en el culto, por eso existe la liturgia salvadora de la Iglesia, de la cual su vida, es decir, nuestra vida, se alimenta y crece.

Es conmovedor el comprobar cómo ya la humanidad anterior a Cristo vivía anhelando la venida del verdadero Salvador. Los nombres litúrgicos Adviento y Parusía, Epifanía y Teofanía son palabras de origen grecorromano, y nos traen a la memoria recuerdos de la piedad antigua, especialmente de los tiempos helénicos. En aquel tiempo se celebraban en los famosos misterios cultuales las epifanías de los dioses salvadores más venerados y misericordiosos; también el culto imperial romano celebraba jubilosamente en cada nuevo emperador al Deus praesens (Theos epiphanés), al Dios que se hacía presente y aparecía en forma visible entre los hombres y saludaban su visita a tal o cual ciudad como un Adventus Domini y Epiphania, o sea, como una venida del Señor y aparición del Dios.

Esta creencia común en la posibilidad de la aparición de un Dios sobre la tierra, proporcionó a la devoción de la antigüedad decadente una posición de expectativa que la preparaba para la venida del verdadero Dios y que la hizo apresurarse a su encuentro, con su lámpara encendida, en tanto que se extinguía la antorcha de Israel. Con los nombres de "Adviento", "Parusía", "Epifanía" y otros por el estilo, ofrecía la antigüedad pagana el cuerpo de palabras más apropiadas al milagro de la verdadera manifestación de Dios entre los cristianos, y la Iglesia no vaciló en llenar estos recipientes preparados por el paganismo, al cual guiaba la providencia de Dios, con la verdad que ansiaban.

Algo de esta plenitud religiosa conserva aún la palabra "advenimiento" en nuestro modo de hablar corriente; lleva consigo algo de brillantez y fiesta, incluso a veces algo amenazador y terrible, pero siempre va ligado a una idea de triunfo. La palabra "advenimiento", bien se trate de la venida del amigo o del enemigo, expresa una exigencia. Exige que el hombre esté por aquel que llega, le obliga a apartarse de sí mismo y de sus límites y le conduce a un más alto grado de su existencia, a un perfeccionamiento de su esencia humana. Hablando en términos puramente humanos, puede aplicarse esto, sobre todo, a aquellas estremecedoras venidas que llamamos "nacimiento" y "muerte". Allí donde "viene" un niño o donde "sobreviene" la muerte de una persona, tales venidas exigen de dicha persona el máximo; la arrancan, por lo menos durante un cierto tiempo, de los límites de su ser, poniéndola en contacto con una fuerza superior: la vida, que, según el caso, le da o le quita.

Y en el campo religioso, la venida se realiza de un modo singular: es la manifestación de Dios. Esta venida determina toda la vida subsiguiente de aquel hombre a quien Dios viene. La venida de Dios no reclama a los hombres por un tiempo determinado, sino para siempre; no exige sólo parte de sus energías, sino su totalidad. ¡Cosa terrible y feliz al mismo tiempo! Es lo que el hombre más teme y lo que más busca: el despojo, la muerte de su yo y una nueva vida en Dios.

Y si esto fue una realidad para los hombres que vivían en aquel entonces, en el primer adviento de Dios, en la venida de Cristo en carne humana, lo mismo puede obrarse hoy en día en nosotros al hacer memoria, con la liturgia, de este primer adviento.

Así, es de gran importancia para nosotros, ahora que volvemos a empezar la época litúrgica de celebración del Adviento y Epifanía (venida y aparición) de Dios, que renovemos nuestros conocimientos sobre el más profundo alcance de las palabras "venida", "venida de Dios", considerando bien lo que esto exige de nosotros y cuán peligroso resulta el querer eludir tales exigencias. El hecho de no querer admitir la plenitud de Dios que viene a él para divinizar su humanidad, para el impío no significa tan sólo el permanecer siempre imperfecto como hombre; ante todo significa que arroja lejos de sí la gran revelación, la última razón de la existencia del mundo y de la vida, el amor divino, que es el único motivo para que Dios se manifieste a los hombres. Significa que obstaculiza no sólo su propia perfección, sino la mucho más importante de toda la creación, perfección que fue la razón inicial y única de la venida de Dios: la vuelta de las criaturas a Dios, su Padre.

EMILIANA LÖHR
EL AÑO DEL SEÑOR
EL MISTERIO DE CRISTO EN EL AÑO LITÚRGICO I
EDIC.GUADARRAMA MADRID 1962.Pág. 27 ss.

 

 


10.

El juicio final, que pondrá fin a la historia del mundo -creación y redención-, nos es como anticipado misteriosa y sacramentalmente en las celebraciones litúrgicas, amén de todos los demás hechos de la redención.

Ha ocurrido lo que Cristo dijo cuando se mostró por primera vez visiblemente entre los hombres: "ahora es el juicio de este mundo, ahora el príncipe de este mundo será arrojado fuera" (/Jn/12/31). La presencia de Dios es juicio; separa a enemigos y a amigos de Dios. Bajo su figura terrena -ya sea la figura humana de Cristo, ya la apariencia visible de la celebración del misterio-, éstos saben descubrir al Dios presente y son salvos: aquéllos hacen como quien no le conoce en la pobreza de su figura externa y se ven precipitados, presos de ceguedad, fuera del santo ciclo de los siempre nuevos advientos del Señor, viniendo a caer en las tinieblas de la incredulidad y del alejamiento de Dios. Así, pues, cada venida de Dios considerada como juicio es un anticipo del fin de todo, de la discriminación última que pondrá punto final al mundo.

Y así es, a modo de juicio y de fin, como la Iglesia vive, especialmente en las últimas semanas del año litúrgico, pero también hoy y en los domingos próximos, la venida de Dios. Para la Iglesia estos domingos, juntamente con la fiesta del nacimiento y manifestación de Cristo -Navidad y Epifanía-, forman el gran Adventus Domini. Verdad es que la liturgia del Adviento conmemora ante todo la encarnación de Dios, su primera venida en carne humana. Pero la humanidad de Cristo, a partir de su resurrección, está inseparablemente unida a los esplendores de su glorificación. A quien la Iglesia espera ahora es al Señor resucitado y glorioso, al Kyrios Jesús elevado a la diestra de Dios después de su pasión y resurreción, al mismo que al fin de los tiempos ha de venir como Señor en toda su majestad a juzgar al mundo.

Esto es lo que da a a la celebración del Adviento litúrgico su característica más profunda y esencial. La Iglesia espera que su Señor y Esposo Cristo venga a juzgarla como Señor del mundo. Pero este juicio está hoy aún lleno de misericordia. Al final de los tiempos, la venida del Señor aparecerá como el rayo y los impíos serán arrojados a la muerte eterna. Hoy, su venida no hace otra cosa que alumbrarnos de modo suave y vivificante, cual sol de primavera. La luz de su venida es, a una, juicio y misericordia; penetra en los corazones y los limpia de maldad. Los pecados de la impiedad y las tinieblas de la dureza de corazón se desvanecen ante el "sol de justicia" (Ml/04/02).

Por eso la Iglesia siente ansia por este juicio vivificante: "Despierta, Señor, tu poder, y ven; nos hallamos en peligro por culpa de nuestros pecados; si nos proteges, venceremos; si nos da la libertad, nos salvaremos" (Orac. primer domingo Adv.)

EMILIANA LÖHR
EL AÑO DEL SEÑOR
EL MISTERIO DE CRISTO EN EL AÑO LITÚRGICO I
EDIC.GUADARRAMA MADRID 1962.Pág. 32 ss.

 

 


11. LA ESPERANZA SE ACTÚA DANDO EL PASO SIGUIENTE.ES SIEMPRE ACTIVA. ESPERA/ESPERANZA.LA ESPERA ES PASIVA:NADA PODEMOS HACER POR ACELERAR LA LLEGADA DE LO QUE ESPERAMOS.

Tiempo de adviento, tiempo de esperanza. La esperanza se actúa dando el paso siguiente, dice K. Barth. Y es cierto, porque vivir en esperanza es vivir activamente, colaborar de forma positiva al logro de lo que estamos esperando. Vivimos en esperanza, no en espera; la espera es pasiva; nada podemos hacer por acelerar el momento de llegada de lo que esperamos (un tren, ser recibidos por el médico...). Sin embargo, la esperanza cristiana es por sí misma el motor que acelera la llegada del Reinado de Dios.

 

 


12. SIGNO/ENC:

Esperar la Encarnación cada año supone, para el cristiano, en contacto con el misterio hecho presente para él, seguir encontrándose con los signos de la salvación: volver a encontrarse con la Iglesia, con los signos sagrados; volver a encontrar en el Cuerpo de Cristo, significado en la Iglesia y los sacramentos, a todos los hombres y al mundo, llamados a la transformación radical, que la Encarnación realiza en todas las cosas. Esperar la Encarnación es querer entrar más profundamente con Cristo en la muerte, para resucitar con él y entrar con él en el reino. De este modo, esperar la Encarnación es también esperar la vuelta de Cristo al final de los tiempos. Aceptar la ley de la encarnación es la actitud humilde en la gloria: pasar por la humilde ley de la encarnación y ser capaz de descubrir a Dios a través de los signos. Por ejemplo, celebrar la Encarnación significa para la Iglesia una renovación del sentido de lo que es: divina y humana, exigencia nueva de una adecuación siempre mayor de su aspecto humano y su calidad divina, examen de conciencia de que, como instrumento de la presencia de Cristo sobre la tierra, no es, desgraciadamente, el mismo Cristo y debe, en cada instante, intentar llegar a ser su exacto calco. También es el momento, para la Iglesia, de revisar si sus signos siguen correspondiendo suficientemente a esta ley de encarnación que es su fundamento y en la que se juega la santificación de los hombres, la gloria de Dios y la transformación del mundo.

ADRIEN NOCENT
EL AÑO LITURGICO: CELEBRAR A JC 1
INTRODUCCION Y ADVIENTO
SAL TERRAE SANTANDER 1979.Pág. 82

 

 


13. CV/ADV:

Todos sabemos lo que es la poda, el corte que se hace a los árboles y a las plantas para que rebroten con más fuerza. Es curiosa la imagen de algunos árboles cuyas ramas no sólo parecen, sino que son muy jóvenes, saliendo de un tronco centenario. El conjunto da la impresión de juventud, lozanía, frondosidad y hasta sus ramas son más elásticas para adaptarse a los espacios disponibles o a la fuerza del viento que parece querer romperlas pero no lo consigue, a diferencia de la dureza del viejo enramado que cruje y se desgaja por no poder adaptarse a la corriente del viento ante quien parecen inclinarse, pero no para someterse, sino para resistir mejor. (...).

Así es el Espíritu de Jesús, como la savia, que siempre corre por el interior del árbol, pero necesita nuevos brotes que renueven sus formas de presencia o hagan más lozana y frondosa su misión. El Adviento es el tiempo del cambio, de la renovación, de la conversión, en el que aparece la invitación a la poda personal y comunitaria.

J. ALEGRE ARAGÜES
DABAR 1989, 2

 

 


14. ADV/POEMA:

Hora es ya de esperanzas y de esperas
y vamos a creer en utopías.
Basta ya de sumar melancolías
y añadir fijaciones lastimeras.

Convertir el invierno en primavera
y transformar la noche en pleno día,
poner en las tristezas alegrías,
hacer del amor única bandera.

Es el tiempo gozoso del Adviento,
presagios y noticias orquestadas,
las promesas cargadas de victoria.

Nuestra tierra sintió estremecimiento,
la mujer, toda luz, embarazada,
y un Dios que va a nacer en nuestra historia.

CARITAS
VEN...
ADVIENTO Y NAVIDAD 1993.Pág. 17

 

 


15. DESEO/ADV:

«¿Para qué sirve la sed».

Siempre con sed creciente. Siempre con el cántaro a cuestas, camino del pozo. Siempre gritando, como Jesús a la hora sexta, «tengo sed».

«¿Para qué sirve la sed?», preguntaba Machado. La sed produce sufrimiento. La causa del dolor, afirma Buda, es el deseo, la sed. El hombre sufre, porque desea. El hombre moderno sufre mucho, porque desea mucho. Desea todos los objetos que se le ofrecen. Desea a las personas como si fueran objetos, y desea, a veces, a los objetos como si fueran personas. Pero no se satisface, y por eso sufre. Nada le llena. Nada puede ser su todo. El corazón del hombre no se llena con objetos. El hombre no está hecho para las cosas, sino las cosas para el hombre. Hay un momento en que las cosas le seducen y le ofuscan, pero sólo un momento. Cuando tiene las cosas entre las manos, cuando examina y desentraña las cosas, se da cuenta que están vacías.

Tampoco las personas le llenan del todo. Es verdad que las relaciones interpersonales, sobre todo cuando son movidas desde y para el amor; son enormemente gozosas y gratificantes. Pero nunca, ni en el abrazo más íntimo, puede poseerse plenamente a nadie. Perdería su encanto, porque la persona no es cosa que se posee. La persona tiene siempre algo de misterio y siempre se esconde o se aleja algo de nosotros.

-¿Nirvana?

Entonces, ¿no sería mejor quitarle esa flecha envenenada del deseo? El que ya nada desea, vive en el nirvana. También lo decían los estoicos: no quieras que los acontecimientos sucedan de acuerdo con tus deseos, sino acomoda tus deseos a como vienen los acontecimientos. Es un buen principio para conseguir la paz y la felicidad.

Pero entonces ¿para qué celebrar el Adviento? ¿Para qué sirve la esperanza? ¿Qué otra cosa podemos esperar sino el dejar de seguir esperando? ¿Y cómo se entiende el que Jesús llame dichosos a los que tienen hambre y sed de justicia? ¿Y por qué nos enseñó a esperar y pedir un mundo nuevo, el Reino de Dios en la tierra? ¿Y no era él un hombre de deseos ardientes? (cf. Lc. 22, 15). ¿No había venido a traer fuego a la tierra? ¿Y no nos enseñó a orar con gemidos inefables? (cf. Rm. 8, 26).

-Trascenderse

El hombre desea porque quiere trascenderse. El deseo va marcado en las entrañas del ser. El deseo es la ley de la superación. La semilla muere en la tierra, porque desea trascenderse en la espiga. El deseo sexual busca la trascendencia en el amor y en los hijos. Los hombres quieren llegar hasta Dios, porque su barro está modelado a su imagen y semejanza, y porque el mismo Dios los atrae con secreto poder.

Aquí está la raíz de nuestras esperanzas y nuestros Advientos. Cuando nuestros deseos están avalados por la palabra de Dios, sabemos que no serán sólo utopías, sino que algún día, con nuestro esfuerzo y la ayuda de Dios, se convertirán en realidad viva. "¿Para qué sirve la sed?". Pues para que sepas apreciar el agua, para que busques el manantial, para que puedas llegar a ser un venero de agua viva, para que sacies la sed de los demás. ¿Para qué sirve el deseo? Para eso, para que midas tu necesidad, para que valores el don que te falta, para que te prepares a recibirlo, para que busques el medio de conseguirlo, para que una vez conseguido puedas ofrecerlo a los demás.

-¿Para qué sirve el Adviento?

Para que puedas mirar hacia metas más altas, para que rompas la rutina y el aburrimiento, para que pongas color y música en la vida, para que ames más lo que te falta que lo que tienes, para que aprendas a confiar y a esperar, para que agrandes tu capacidad receptiva, para gozarte cuando llegue la Navidad.

Una sola condición: ningún deseo será transformante, ningún deseo será liberador, ningún deseo podrá convertirse en esperanza de Adviento, si no nace desde el amor y para amar, cuando la fuente secreta de todo deseo es el Espíritu creador. Si amas, todos los deseos serán pocos; si no amas, todos los deseos te sobran. Si amas, el deseo te libera; si no amas, el deseo te esclaviza. Si amas, el deseo se convierte en dicha; si no amas, el deseo es fuente de tristeza o desesperación. Si amas, el deseo prepara la Navidad; si no amas, el deseo termina en aborto. El deseo de amor engendra amor; el deseo egoísta engendra vacío. Ama y desea. Ama y espera. Entonces el Adviento y la Navidad se dan la mano.

CARITAS
RIOS DEL CORAZON
ADVIENTO Y NAVIDAD 1992.Págs. 31 ss.

 

 

 

 

 


16. PO/M/ADV:

«Cuando venga mi Hijo, 
me callaré.
Si él es la Palabra 
yo ¿qué?...

Belén está ya cerca, 
casi se ve.
Se acaba la tarea 
que comencé.

Porque cuando en mis brazos 
nacido esté, 
el "hágase" que dije 
repetiré.

Y ya no diré nada.
Ya ¿para qué?

Si él es la Palabra me callaré».

JL. M. DESCALZO

 

 

 

 

 


17.

Tu Adviento debe orientarse y programarse así:

--Ora. Repite apasionadamente, como la esposa, el «Ven, Señor Jesús», o el «Venga a nosotros tu Reino»; levanta tus manos suplicantes y tu corazón en vela. Tu solo no puedes adelantar ni la llegada del Reino ni la venida del Señor. Suplica: Ven. Ora también meditando a los profetas, los que cultivaron la esperanza del pueblo. Céntrate en las grandes figuras de Adviento, como Juan el Bautista, el que tanto sabía de preparaciones y llegadas. Y, sobre todo, no dejes de fijarte en María, la que culmina todas las esperanzas de los hombres.

--Vigila. «Estad en vela». Se nos cierran muchas veces los ojos por el sueño o el embotamiento. Por eso nos resbala la vida, desconocemos los signos y se nos escapa el misterio. Puede que venga el Señor y no nos enteremos. Vivimos demasiado superficial y distraídamente, y así no hay posibilidad de Adviento. Vivimos buscando el placer, la diversión y el descanso, y así la vigilancia se duerme. Vivimos más del presente que de la promesa, y así la esperanza se muere.

Pues «ya es hora de espabilarse». Debemos vivir en tensión, «como en pleno día». Hay que ser lúcidos y conscientes. «Daos cuenta del momento en que vivís». Procurad interpretar los signos de los tiempos.

--Trabaja. Pon tus manos, tu corazón y tus talentos al servicio del Reino. «Nos sacaste del desierto con el alba y nos dijiste: levantad la ciudad». Quiere decir que has de luchar por la justicia, que debes construir la paz, que debes esforzarte en el cambio de estructuras, que debes hacer triunfar la caridad. El Reino de Dios no baja del cielo espectacularmente. Dios quiere valerse de nosotros para hacerlo realidad.

Y trabaja también en ti mismo, en tu propia renovación, para combatir tus negatividades, para llenarte de ideales y compromisos. 

--Confía. Con un talante escéptico o resentido, o amargo y pesimista, nada se puede construir. Confía. Primero en ti mismo y en tus capacidades. Tienes tus valores y carismas. Los talentos concedidos no deben ser enterrados.

Pero no confíes sólo en ti. Confía, sobre todo, en la fuerza que viene de lo alto. Para Dios todo es posible. Confía, porque el Espíritu, la Fuerza de Dios, se te ha comunicado. Confía, porque el príncipe de este mundo ya está vencido y la salvación ya está en marcha. 

--Ama. Al reino del amor sólo se llega desde el amor, amando. Al Rey del amor sólo se le puede recibir con amor, amando. La civilización del amor sólo se puede construir en el amor, amando. Amando se adelanta el cumplimiento de las promesas, como fue el caso de María. Amando se encuentra antes al que se busca. Amando llega más pronto el que se espera. El amor, en definitiva, es la preparación mejor, el camino más recto, para llegar a Belén y celebrar la Navidad.

CARITAS
RIOS DEL CORAZON
ADVIENTO Y NAVIDAD 1992.Págs. 31 s.

A D V I E N T O

TEXTOS 2

 

18. CUESTIONARIO PARA LA REFLEXIÓN Y EL DIALOGO  EP/CUESTIONARIO

Al empezar el Adviento, pregúntate cómo andas de esperanza:

--Hay esperanzas pequeñas y grandes: ¿Cómo son las tuyas? 

--¿En qué base apoyas tu esperanza? ¿Confías en tus fuerzas?  ¿Confías en el hombre? ¿Confías en el progreso? ¿Confías en la  evolución? ¿Confías en la política de las naciones, las comunidades o  bloques? ¿Confías en las Naciones Unidas? ¿Confías en los  intelectuales? ¿Confías sólo en Jesús de Nazaret? 

--¿Confías en ti mismo? ¿Te comprometes en la solución de algún  problema? ¿Haces algo para que las cosas cambien? ¿Haces más  creíble la esperanza? 

--¿Qué significa para ti el Adviento litúrgico? ¿En qué te ayuda cara  a la Navidad y la esperanza? 

CARITAS
RIOS DEL CORAZON
ADVIENTO Y NAVIDAD 1992.Págs. 37 s.

 

 

 

 

 


19. DESEO/BUSQUEDA:

«Encuentra a Dios quien lo busca sin cesar». 

San GREGORIO NISENO

 

 

 

 

 


20. 

«Sacramento» de esperanza  Pero no se trata sólo de virtudes. Los frutos de este sacramento no  son solamente gracias para desarrollar nuestro dinamismo espiritual.  La gracia es sobre todo un encuentro personal. Todo sacramento es  un lugar de encuentro con Cristo. Así, también el Adviento nos  capacita para el encuentro deseado con el Señor. Encuentro que  puede ser en la Navidad o puede ser en la Parusía, pero puede ser  siempre, cada vez que él quiera manifestarse. Ya sabemos que las  cosas del Espíritu son así. Las ausencias y las presencias van más  unidas de lo que parece; el deseo y la posesión se alimentan  mutuamente. Podemos decir que, cuanto más largo e intenso es el  Adviento, más gozosa y plenificante será la Navidad. Es claro. Pero  podemos incluso decir que en el mismo Adviento ya está la Navidad,  en la búsqueda ya está el encuentro, en el deseo ya está la posesión.  «Tú no me buscarías, si no me hubieras ya encontrado». Tú no me  desearías, si no me tuvieras ya. Nadie desea a Dios, nadie desea a  Cristo, si no lo ama, y nadie lo puede amar si no lo posee ya. Y cuanto  más crece el deseo, más crecen el amor y la presencia; y cuanto más  crecen el amor y la presencia, más crecen el deseo y la búsqueda.

-Presencias 

El Adviento te enciende en deseos y esperanzas; pero el Adviento  te regala además presencias. Cuando tú dices: ¡Ven, Señor Jesús!,  es que Jesús ya ha llegado a ti; cuando la súplica es más intensa,  más viva es la presencia; cuando tú gimes por el reino de Dios y te  comprometes en la preparación del mismo, es que el reino de Dios ya  está en ti; cuando tú deseas la libertad, es porque ya eres libre;  cuando tú sufres porque quieres más amor, es que ya amas mucho.  Al fin y al cabo, ¿qué es la esperanza sino la fe y el amor  peregrinando? 

Así, el Adviento es, no un lugar, sino un tiempo de encuentro con el  Señor. Cuando cultivas la esperanza, Cristo se hace presente. Y  cuando la esperanza sea más intensa, más vigilante y comprometida,  más paciente y confiada, la presencia de Cristo es y será más viva.  Presencia y esperanza siempre retroalimentándose, o sea, que el  Adviento es sacramento de la venida de Cristo. 

CARITAS
VEN.../ADVIENTO Y NAVIDAD 1993.Pág. 22 s.

 

 

 

 

 


21. BUSQUEDA/DESEO

«Primero lo buscó sin encontrarlo; perseveró luego en la búsqueda,  y así fue como lo encontró; con la dilación iba aumentando su deseo,  y este deseo aumentado le valió hallar lo que buscaba. Los santos  deseos, en efecto, aumentan con la dilación. Si la dilación los enfría  es porque no son o no eran verdaderos deseos. Todo aquel que ha  sido capaz de llegar a la verdad, es porque ha sentido la fuerza de  este amor» 

San GREGORIO MAGNO
Hom. 25 sobre María Magdalena

 

 

 

 

 


22.

IDEAS PRINCIPALES PARA UNA HOMILÍA 

1. El Adviento es un tiempo litúrgico importante, como puede ser la  Navidad, la Cuaresma y la Pascua. Hasta podríamos hablar de un  cuasi-sacramento temporal. Aquí el tiempo se convierte también en  signo de gracia y oportunidad de encuentro con el Señor. El Adviento cultiva especialmente la esperanza, virtud preciosa, que  se da la mano con la fe y la caridad. Es como la fe y la caridad en  tensión, peregrinando, La esperanza ilusiona la vida y nos capacita  para el crecimiento espiritual. Tanto recibiremos cuanto esperamos. El Adviento no sólo nos hace desear la venida del Señor, sino que  de algún modo nos hace sentir ya su presencia dentro mismo de la  ausencia.

2. El Adviento es tiempo de preparación a la venida del Señor.  Vendrá en la Navidad. Vendrá en la Parusía. El Señor viene siempre. Que el Señor venga a nosotros es algo que nos sobrepasa, que  apenas podemos imaginar. Todo un misterio de amor. Pero, por otra  parte, necesitamos tanto su presencia. Por eso nos ponemos a soñar  en su venida y nos ponemos a gritar: ven, Señor.¡Si vinieras...!  Y el Señor escucha nuestra oración y vino a nosotros, y viene  siempre a nosotros. ¡Oh amor! El mismo siembra el deseo y nos  capacita para recibirle. ¡Gracias, Señor! 

3. «Ama. Reza. Espera». Una buena palabra de Dios para cada  uno, una buena consigna para el Adviento. Ama, reza y espera, pero  «in crescendo», con el dinamismo de la esperanza. Crezca el amor,  en todos los sentidos, crezca el deseo, crezca la oración, crezca la  paciencia, crezca la confianza. Será la mejor manera de celebrar el  Adviento.

CARITAS
VEN.../ADVIENTO Y NAVIDAD 1993.Pág. 36

 

 

 

 

 


23. J/VENIDAS:

LA VENIDA DEL SEÑOR A CADA UNA DE NUESTRAS  VIDAS.VENIDA Y CONVERSIÓN.

Es preciso saber descubrir el sentido del Adviento en cada año de  nuestra vida.

El Señor viene, vuelve a venir; llega, ha llegado; he aquí el mensaje  de la Navidad. Ante este "acontecimiento" nosotros tenemos que  recogernos, "coger distancia", prepararnos. Esto es el Adviento. Si así  lo hacemos, hacemos Adviento.

¿No ha venido ya el Señor? Sí y no. Ha venido a Galilea en carne  mortal. Ha venido a nuestro tiempo y a nuestro mundo en la Iglesia, a  través de la Iglesia; porque la Iglesia es el templo donde El habita, su  sacrosanto Cuerpo. Ha venido a cada uno de nosotros en el  Bautismo. Pero no ha venido aún a todos los hombres, ni a la totalidad de  nuestras vidas bautizadas. El hondón más recóndito de nuestra  persona está santificado por el Espíritu de Cristo. Pero de esta hondura abismal de nuestro "yo" ascienden estratos,  capas, niveles, facultades, potencias de nuestra personalidad, que no  han sido aún bañadas ni domeñadas por la gracia.

Hay muchos rincones, muchos momentos y reacciones de nuestra  vida que aún no están de acuerdo con el Evangelio. Es preciso pedir que el Señor siga viniendo, que vuelva; pedirle al  Padre que la venida de su Hijo sea incesante y permanente. Y que  nuestra vida se convierta en una incansable espera.

Lo primero de todo, tenemos que tomar conciencia de nuestros  pecados, de nuestras caídas y miserias. Tenemos que darnos cuenta  de que vivimos en una real lejanía de Dios. Así haremos más posible  que brote en nuestro corazón la compunción. Nos habremos acercado  a lo que más importa en nuestra vida: la conversión, la humilde  conversión.

Solamente desde esta actitud podremos descubrir la necesidad de  una nueva venida liberadora de Cristo a nosotros en la Navidad. Le  devolveremos entonces la seriedad que le corresponde como  acontecimiento religioso en el "ahora" de nuestra existencia.

Los cristianos no podemos vivir este tiempo únicamente de  nostalgias y recuerdos, vueltos hacia una infancia lejana o incluso  mítica e irreal. Así hacen muchos que no conocen la realidad densa,  seria y gozosa a la vez de este tiempo santo. 

LUIS MALDONADO
BIBLIA Y AÑO LITURGICO
TAURUS MADRID-1963.Pág. 25

 

 

 

 

 


24.
Hermanos: 
He ido muchas veces a la gran estación 
y he oído decir por los altavoces: 
"¡Próxima llegada por la vía doce!" 
o "¡Llega por la vía cuatro!" 
Pero no..., no llegaba Dios. 
Era una estrella de cine, 
o un magnate de las finanzas, 
o un general de la OTAN, 
o un famoso político, 
o un personaje eclesial, 
tal vez hasta un visionario religioso... 

Pero no.... 
no era Dios. 
¡Cuántas esperanzas en vano!... 

"Pero..., veamos, hermanos: 
¿dónde podríamos encontrar a Dios? 

¿A lo largo del Antiguo Testamento 
le esperan los reyes, 
los sabios, los importantes... ", 
y siempre les hace trampa. 
Se esconde entre los analfabetos y los animales, 
que a muchos, dichos sea de paso, 
les parece la misma cosa.

¿Dónde esperas a Dios, hermano?
¿No piensas que puede estar en tu barrio,
en tu asociación de vecinos 
con su larga lista de problemas, 
en el dolor humilde y rutinario de tu vecino, 
o en tu propia casa, 
en medio de tus problemas, 
de tus luchas, de ti mismo? 

Es un buen momento 
para hacer de detectives de Dios. 
Veríamos entonces lo cercano que está. 
Pero a su manera. 
Esa manera que es también la nuestra, 
porque lo bueno es que Dios nos imita, 
se hace vida nuestra, en toda su vulgaridad, 
y esto es lo que nos desconcierta. 

Sepamos descubrir a Dios en la rutina diaria, 
en la enorme grandeza de nuestra vulgaridad. 
Vuestro hermano en la esperanza. 

Alberto Iniesta

 

 

 

 


25. EP/CRISTIANA

Adviento: el tiempo de Adviento nos invita a reflexionar sobre la  peculiaridad de la esperanza cristiana. Para ello es bueno echar una  mirada en la teología de la esperanza que, en los últimos tiempos, se  ha esforzado por tomar en serio la dimensión escatológica del  cristianismo o, con otras palabras, la orientación de la existencia  entera del hombre hacia el último futuro, es decir, a la vida en Dios y  con Dios, sin que por eso se desvalorice la historia presente. Esta  orientación del pensamiento cristiano no es, por otra parte, nada  sorprendente, habida cuenta de que vivimos en un mundo marcado  por el signo del futuro, un futuro que nos fascina o que nos  amedrenta.

La historia de Israel está determinada por una dialéctica de  promesa y cumplimiento. A diferencia del concepto griego del tiempo,  que viene marcado por el signo del eterno retorno, la historia del  pueblo de Dios se orienta a la plena realización de una promesa. Y  como Dios, en cuanto Dios de la promesa, se anticipa a todo  cumplimiento, el futuro permanece siempre abierto. Por eso la historia  siempre está abierta a algo nuevo, y Dios es así el señor de un futuro  imprevisible. De esta manera la historia misma no habla tanto de un  Dios que existe, es decir, que está ahí y que siempre se revela en los  mismos acontecimientos, cuanto de un Dios que está por venir, que  viene: un Dios en advenimiento (adviento).

Teología de la esperanza: En las reflexiones sobre esta experiencia  cristiana se hace difícil conjugar el misterio de la resurrección de  Cristo como cumplimiento de promesas y como punto final de la  historia con la peculiaridad de la historia misma que es siempre  abierta y progresiva y nunca clausurada. Cierto, a pesar de que  precisamente la resurrección de Cristo es un cumplimiento en el que  la realización de la promesa se anticipa, tal promesa no llega a su  definitiva y plena realización. La resurrección no cierra nuestra  historia, sino que, por el contrario, le procura espacio para nuevas  posibilidades. La teología cristiana de la esperanza con su nueva  comprensión de la resurrección de Cristo da a ésta un sentido pleno  que configura el tiempo después de Jesús, fundamentando así la  dimensión política, social, es decir, humana del amor cristiano. Se  convierte en nueva promesa por llegar a la plenitud de su  realización.

Así, este tiempo de la Iglesia no es solamente el tiempo de un  memorial o recuerdo de un acontecimiento pasado (la resurrección).  Más bien es el tiempo de la progresiva realización de la promesa para  el futuro que ya está contenida en la resurrección: supresión de la  nada de la muerte y reconciliación del hombre consigo mismo, con los  otros y con Dios. La resurreción abre para el futuro una verdadera  historia: la historia de los hombres que cuestionan el presente en  nombre de un futuro prometido. El retorno de Cristo (la Parusía) no es  así solamente el descubrimiento o desvelamiento de algo oculto que  ya está ahí, sino también y sobre todo será la definitiva realización del  cumplimiento.

Esperanza cristiana: La esperanza cristiana es algo más que un  mero consuelo en el futuro. Consiste, ni más ni menos, en la  pretensión de transformar históricamente las relaciones entre los  hombres. Los cristianos son testigos de una promesa que evoca  novedades en la historia. Por eso la esperanza cristiana tiene  necesariamente una dimensión política, es decir, trae a la historia la  anticipación del futuro prometido en Jesucristo. Su tarea está en  cuestionar la sociedad actual, sea porque ésta se aferra al pasado,  sea porque la historia se diluya totalmente en una mera planificación  del futuro. Hijo también de la duda, la esperanza cristiana debe  hacerse solidaria de las esperanzas humanas a la vista de cualquier  trasformación del hombre y de la sociedad. Pero, en cualquier caso,  trata de orientar esa sociedad hacia el futuro definitivo (escatológico)  prometido por Dios y de esta manera la relativiza en sus siempre  luminosas y oscuras realizaciones.

Para remarcar la dimensión política de la esperanza cristiana, no  hemos de perder de vista cómo la esperanza del Antiguo Testamento,  la expectativa del cumplimiento, se transforma dentro del Nuevo,  aunque sin suprimirse. Las promesas primitivas hablan de una  reconciliación entre los hombres incluso a nivel histórico. De aquí que  la salvación no deba entenderse únicamente como algo individual,  como perdón de los pecados y reconciliación con Dios, sino, en el  mismo sentido del Antiguo Testamento, también como realización final  de la justicia, de la humanización del hombre, de la socialización de la  humanidad, de la consecución de la paz en toda la creación.

Esperanza que transforma la historia: La Iglesia como signo práctico  y efectivo de la esperanza cristiana debería representar una fuerza  crítica en medio de la sociedad humana. Incluso, aunque a causa de  seculares prejuicios ha sido a menudo lo contrario, la iglesia debe ser  la "patria de la libertad", y puesto que su esperanza se expande a más  allá de la historia, debe poder cuestionar cualquier sociedad que se  enquiste en su propia idolatría. Es más, debe ejercer un papel crítico  frente a cualquier ideología, pues éstas siempre están en peligro de  absolutizarse. Sin embargo no es papel de la iglesia en nuestra  sociedad plural proponer un determinado orden social, porque con  ello caería en una nueva forma de sacralización de la política. Sí, no obstante, tiene que estar la libertad crítica de la Iglesia al  servicio de una actuación concreta del cristiano en lo que se refiere a  problemas acuciantes, como son el de la paz, el de la justicia social, el  del desarrollo. Así, por ejemplo, es quehacer del cristiano defender al  hombre frente al "sistema social" que trata de convertir a aquél en  una mera pieza material para la construcción de un futuro  racionalizadamente tecnológico.

También, por otra parte, tiene que criticar la Iglesia cualquier  totalitarismo, sea del dinero en la sociedad capitalista, sea el del  estado en otras sociedades.

Estas reflexiones a partir del mensaje bíblico al comienzo del  Adviento y a la luz de la teología de la esperanza nos muestran que la  esperanza cristiana es algo muy activo -o no es nada-, porque tiene  una función en la sociedad, incluso aunque no pueda pretender la  consecución en el mundo de un orden social propio y específicamente  cristiano. Con otras palabras, la esperanza fiel y amorosa en la venida  del Señor debe precaver al cristiano de un mundo meramente  escatologista que coincidiría con la vieja tentación del mesianismo. Si la Iglesia, mediante el compromiso concreto del cristiano, se pone  al servicio del mundo, hará que éste aparezca en su relatividad.  Porque la esperanza cristiana nos impele a actuar efectivamente en el  mundo, pero no de modo como si todas nuestras expectativas se  agotasen en él.

EUCARISTÍA 1986, 56

 

 

 

 

 


26. FUTURO/ESPERANZA:

La esperanza es una niña que necesita que la lleven de la mano... ¡Pero es ella la que os lleva a vosotros! El Adviento acabará al  llegar la Navidad. Nosotros iremos hasta el lugar de cita de los  pastores. Dichoso el que cree en el nacimiento, es decir, en el futuro  siempre posible. Isaías había anunciado: "la virgen da a luz un hijo..." 

El destino de los profetas es ése: ¡hablar sin saber! El nombre de Emmanuel canta dentro de nosotros como una esperanza loca. Dios  está con nosotros con rostro de niño, pues los niños son los únicos  que saben lo que quiere Dios.

"La justicia y la paz se besan... El lobo y el cordero se llevan bien". 

Se diría que es un juego de niños. Pero ¿no consiste la esperanza en  vivir lo imposible como quien juega? ¿No nos dice Dios que  construyamos el mundo sin tener más manual que nuestra  imaginación? Además, no deberíamos impedir a los niños jugar... 

DIOS CADA DIA
SIGUIENDO EL LECCIONARIO FERIAL
ADVIENTO-NAVIDAD Y SANTORAL
SAL TERRAE/SANTANDER 1989.Pág. 12

 

 

 

 

 


27.

«Adviento» es el tiempo litúrgico que nos prepara a la venida del  Salvador. La venida histórica de Cristo es el comienzo de una venida  continua del Salvador hasta que se realice la plenitud de todas las  venidas en la parusía. Según las Normas generales del misal, «el  tiempo del Adviento tiene una doble característica: es tiempo de  preparación a la Navidad, en que se recuerda la primera venida del  Hijo de Dios entre los hombres; y, a la vez, es el tiempo en que, a  través de ese recuerdo, el espíritu se ve guiado hacia la espera de la  segunda venida de Cristo al final de los tiempos» (n. 39). 

1. Preparación de la venida del Señor 

Es evidente que el tiempo litúrgico del Adviento -término que  significa «venida» o «advenimiento»-, con el que comienza el año  litúrgico, apenas es celebrado por nuestro pueblo. Entre nosotros no  hay tradiciones peculiares de este tiempo, como es la «corona» en los  pueblos anglosajones. Únicamente a través de la renovación litúrgica,  anterior y posterior al Vaticano II, se ha recuperado el sentido del  Adviento en comunidades, movimientos apostólicos y parroquias  renovadas, como preparación de la Navidad. En estos grupos se  celebra la vigilia de Adviento. 

El término Adviento indicaba, en el lenguaje pagano, la venida  periódica de Dios y su presencia teofánica en el templo. Equivale a  «retorno» o «aniversario». Desde el punto de vista cristiano, Adviento  era la última venida del Señor al final de los tiempos. Pero, al  instaurarse las fiestas de la Navidad y la Epifanía, el Adviento significó  también la venida de Jesús en la humildad de la carne. El Adviento es,  pues, tiempo de fe en la esperanza, que nos prepara a la doble  venida del Señor: la histórica -en la encarnación, por medio de María  (Navidad)- y la escatológica -al final de los tiempos (parusía). Estas  dos venidas se consideran como una sola, desdoblada en dos etapas.  Esta doble dimensión de espera caracteriza todo el Adviento. Si  añadimos la venida incesante de Dios en la caridad, podemos hablar  de tres venidas: la histórica, la teologal y la escatológica. 

«Adviento» es el tiempo que precede, como preparación, a la fiesta  de Navidad. Nació en el siglo IV, con una duración de tres semanas, a  imitación de la Cuaresma o de las tres semanas de preparación  pascual exigidas por el catecumenado. Más tarde, el Adviento pasó a  durar, según las iglesias, entre tres y seis semanas, caracterizándose  en unos lugares por la penitencia (las Galias), y en otros por la  alegría (Roma). En todo caso, el aspecto de la espera prevaleció  sobre el de la preparación. 

2. Los personajes del Adviento 

Al ser la venida de Cristo anunciada por los profetas, señalada por  el Precursor y realizada por la Virgen, tres son las figuras centrales  del Adviento: Isaías, Juan Bautista y María. 

a) Isaías 

Durante el Adviento, tiempo de esperanza y de preparación, se lee  el libro de Isaías. Isaías es el guía espiritual del «resto» de Israel.  Como profeta, tuvo experiencia de la justicia de Dios y de la injusticia  de los poderosos y mantuvo la esperanza del pueblo de Dios, al  anunciar que vendría un reinado de paz, justicia y felicidad. 

b) Juan Bautista 

Continuador del mensaje profético de Isaías es Juan Bautista, el  precursor. Fortalecido por el Espíritu, vivió en el desierto hasta el día  del Adviento de Yahvé a Israel. Su misión es preceder al Señor, dar  testimonio de la luz a un mundo en tinieblas y ser el amigo del Esposo  que preludia el encuentro nupcial con la esposa, la humanidad  dolorida. Los domingos segundo y tercero se centran en la persona y  la obra del Bautista. 

c) María 

El final de este tiempo está referido a María, la madre de Jesús, que  vivió intensamente el Adviento durante los nueve meses de gestación  del Salvador en su seno. En tanto que Isaías anuncia ocho siglos  antes el nacimiento del Salvador, y el Bautista lo señala en medio del  pueblo, María lo entrega. Es bendita por ser madre, y lo es «entre  todas las mujeres» por aceptar plenamente el Espíritu de Dios. El  reinado de su hijo Jesús no tendrá fin. 

3. Temas del Adviento 

a) La esperanza ESPERA/ESPERANZA

Al ser la historia humana un tiempo de espera, toda la historia es,  de algún modo, un Adviento. Particularmente se acentúa en la Biblia  la espera del pueblo judío, al marcar una clara dirección hacia el día  del Señor. Ahora bien, no es lo mismo espera (lo que llega es debido  al esfuerzo humano) que esperanza (lo que adviene nos sobrepasa  humanamente). «Esperar» es situarse en estado de receptividad.  «Esperar con esperanza» es estar convencidos de que nos va a  llegar algo que supera nuestras fuerzas y que debe venir: el reinado  de Dios en su plenitud. Esto supone dos exigencias espirituales: la  alegría respecto de lo que esperamos y la vigilancia respecto de  nosotros mismos. 

Nunca hay que contraponer la espera y la esperanza: la esperanza  cristiana pasa a través de genuinas esperas humanas. A veces  nuestro pueblo tiene una gran esperanza y pocas esperas humanas.  Los acomodados viven únicamente pendientes de las esperas  cifradas en el dinero, el poder, la comodidad, etc. Los pobres y  marginados esperan siempre una sociedad nueva, un reparto de  bienes y de oportunidades, un reino de Dios con libertad y justicia....  Esto entraña el derrumbamiento de muchos mundos viejos y de  muchas esperas falsas. 

Podemos distinguir tres niveles de espera, según necesidades y  deseos: la espera pasiva de los no comprometidos, la espera  interesada del burgués a su favor y la espera creadora de los activos  a favor del pueblo. La esperanza es el entramado de la vida. Según  cómo esperemos, así somos: impacientes o tranquilos, afirmativos o  escépticos, comprometidos o desganados... Algunos «profetas de  calamidades» sólo ven la llegada de una «mala noticia», no de la  «buena nueva». La persona que espera de verdad tiene confianza en  el cumplimiento de las promesas de Dios. 

Jesús esperó activamente la venida del reino. Y, porque esperaba,  encontró lo esperado: una nueva vida de resucitado. El cristiano debe  esperar, al modo de Jesús, la plenitud del reino, a pesar de los  fracasos, de los «signos» catastróficos, de «lo que se nos viene  encima»... Espera con firmeza quien espera la «liberación». Para lo  cual es necesario tener una actitud básica: la «vigilancia», con objeto  de ver en el tiempo de los signos los signos de los tiempos. El  evangelio no nos garantiza que los cristianos vayamos a escapar a las  desgracias, naturales o no. Nuestra existencia no es fácil. El Señor  nos pide que «levantemos la cabeza» y tengamos en cuenta que el fin  de «un» mundo es preparación de la venida del Señor. 

b) La vigilancia ADV/VIGILANCIA:

El Adviento es tiempo propicio para anunciar la liberación en base a  las promesas de libertad y justicia hechas por Dios, aunque todavía  no cumplidas. Es tiempo, además, de vigilancia ante lo que  esperamos, que es la llegada de Dios en la plenitud de su reino.  «Vigilar» equivale a velar solícitamente sobre algo o sobre alguien  durante un tiempo, hasta alcanzar el fin deseado. Exige tener los ojos  abiertos y cuidar con responsabilidad. Precisamente la vigilia nació  como tiempo de vela que precede a una fiesta y que sirve de  preparación; tiene siempre un sentido escatológico de esperanza. 

La vigilancia ante la llegada de Dios equivale a estar despiertos, en  disposición de servicio, con una actitud atenta ante el futuro, sin  evasión del presente, a pesar de la indiferencia de «este» mundo.  Dios viene a los hombres y mujeres a salvar a la humanidad, herida  de injusticia y de muerte, a partir de la opción por los pobres y  marginados, al objeto de implantar el reino de justicia entre nosotros.  Esto nos exige una actitud vigilante, que no es pasiva; consiste en  discernir los signos de los tiempos para reconocer la presencia de  Dios y de su reino en los acontecimientos, y actuar en consecuencia.

CASIANO FLORISTAN
DE DOMINGO A DOMINGO
EL EVANGELIO EN LOS TRES CICLOS LITURGICOS
SAL TERRAE.SANTANDER 1993·Págs. 35-39

 

 

 

 


28.

El Año Litúrgico está integrado sustancialmente por dos ciclos: el de  la Encarnación y el de la Redención. A cada uno de estos dos ciclos  de la Liturgia el antecede un tiempo de preparación. Así, la Cuaresma  se al preparación de la Pascua, y el Adviento, que comienza hoy, es la  fase preparatoria del primer ciclo, del ciclo de la Encarnación.

Históricamente el Adviento representa los anhelos de la Humanidad  en el A.T. por la llegada del Reino de Dios sobre la tierra. Todo el AT es un continuo adviento esperando la llegada del  Mesías.

Dios, que es rico en misericordia, no quiso aplicar desde los  primeros momentos el remedio que necesitábamos por el pecado de  nuestros primeros padres en el Paraíso. Dispuso que transcurrieran  varios siglos, durante los cuales los hombres fueran sintiendo su  propia desgracia, antes de enviarles el Redentor, que no había de  aparecer hasta la plenitud de los tiempos. Como dice S. pablo  "cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido  de una mujer".

Pero el Adviento no es un mero recuerdo. Los anhelos de la  Liturgia son realísimos: piden lo que expresan: la venida del Señor JC.  El Adviento está totalmente orientado hacia la venida de Jesús.  ¿Cómo ha de venir Jesús? Jesús vendrá otra vez al mundo realmente, no como un mero  recuerdo de aquella primera venida histórica en Belén ni por pura  ficción mística.

Jesús, el Dios-hombre, hará al mundo tres verdaderas venidas, La primera venida es la venida histórica del Salvador por el  nacimiento de Jesús en Belén. Nacimiento que tuvo lugar de una vez  para siempre hace veinte siglos y que ya no se puede repetir. Es la  venida de Cristo que se celebra en Navidad.

Otro Adviento, otra venida de Jesús, muy cierta, pero de la que  nadie, ni siquiera su esposa, la Iglesia, sabe la hora, ni el día, ni el  siglo, aunque sí ciertamente que vendrá: me refiero a la segunda  venida de Jesús como Juez de vivos y muertos, cuando se establezca  definitivamente el Reino de Dios por la separación eterna de justos y  pecadores.

Queda otra venida del Señor no menos real ni menos prometida ni  menos importante que las dos anteriores: la venida del Señor a las  almas por la gracia. Esta es la venida principal, sin la cual las otras  dos nos resultarían inútiles o peligrosas. Sin la gracia en el alma se  vuelve inútil la primera venida de Cristo, naciendo en Belén, para  redimirnos, porque la gracia es el fruto de la redención. "Yo he venido  para que tengan vida y les rebose", para que la tengan en plenitud. Además, sin la gracia en el alma será terrible la segunda venida de  Cristo para juzgarnos, porque entonces sería una venida para  condenarnos.

San Bernardo en un sermón sobre el adviento y que se lee en el  oficio de lectura del miércoles de la primera semana de Adviento,  habla de las tres venidas de Cristo: la encarnación, la gracia y el  juicio.

"Sabemos de una triple venida del Señor. Además de la primera y  de la última, hay una venida intermedia. Aquéllas son visibles, pero  ésta no. En la primera, el Señor se manifestó en la tierra y convivió  con los hombres, cuando, como atestigua él mismo, lo vieron y lo  odiaron. En la última, "todos verán la salvación de Dios y mirarán al  que traspasaron". La intermedia, en cambio, es oculta, y en ella sólo  los elegidos ven al Señor en lo más íntimo de sí mismos, y así sus  almas se salvan. De manera que, en la primera venida, el Señor vino  en carne y debilidad; en esta segunda, en espíritu y poder y, en la  última, en gloria y majestad.

Esta venida intermedia es como una senda por la que se pasa de la  primera a la última: en la primera, Cristo fue nuestra redención; en la  última, aparecerá como nuestra vida; en ésta, es nuestro descanso y  nuestro consuelo".

"Hoy, hermanos, celebramos el comienzo del Adviento, cuyo  nombre... es bastante célebre y conocido en el mundo, pero quizá no  lo son tanto ni su sentido ni la razón del nombre" (Serm. Adv. 1,1:BAC  243). "Tres advenimientos suyos conocemos: el que hizo a los  hombres (la encarnación), en los hombres (la inhabitación) y contra  los hombres (el juicio)..." Vino verdaderamente a todos los hombres,  pero no así habitó en todos ni vendrá contra todos (Ser.Adv. 3,4:BAC  254). "Se encarnó para todos, pero no todos le permitimos que  inhabite en nosotros. Él tampoco vendrá más que contra los que no le  hayan querido admitir. Por lo tanto, lo mejor será recibirle en nosotros  para  que después no haya de venir contra nosotros".

A D V I E N T O

TEXTOS 3



29. EXPECTACIÓN 

"Todo el mundo sabe lo que es arrastrar los pies, durante  kilómetros, alargando ávidamente la vista hacia una luz que  representa de alguna forma el hogar. ¡Qué difícil resulta en esta  situación apreciar las distancias! En plena oscuridad, podrá haber un  par de kilómetros hasta el lugar de nuestro destino, o sólo unos  cuantos cientos de metros; no podemos saberlo. Eso les ocurría a los  Profetas hebreos, cuando miraban hacia adelante, en espera de la  redención de su Pueblo. No podían decir con aproximación de cien  años ni de quinientos, cuándo habría de venir la liberación. Sólo  sabían que en alguna ocasión la raza de David retoñaría de nuevo,  que en alguna época encontraría una llave que abriría la puerta de su  cárcel, que en algún momento la luz que sólo se divisaba entonces  como un débil punto en el horizonte se ensancharía, al fin, hasta ser  un día perfecto. Esta actitud de expectación la Iglesia desea que sea  alentada en nosotros, sus hijos, de un modo permanente.

Considera como una parte esencial de nuestra labor cristiana que  sigamos aún mirando al futuro, aunque va a hacer ya dos mil años  desde que el primer día de Navidad vino y se fue, y tenemos que  seguir mirando al futuro". (·KNOX-R.Tiempos y Fiestas del Año  Litúrgico, Madrid 1964, págs. 14-15). 

Con estas palabras, tan sugerentes, describe un autor algunos de  los sentimientos de la Iglesia en Adviento. Y no es casualidad que, en  su ejemplo, emplee términos (luz, cárcel, avidez, expectación, retoño,  ..) que también aparecen en las fórmulas de las Preces de Adviento.  En efecto, los conceptos de esperanza y expectación -y las figuras  que se relacionan con ellos- son, obviamente, muy frecuentes en  Adviento. En concreto, los verbos 'spero' y 'exspecto' se citan, en el  conjunto de las Preces, en 10 ocasiones diferentes.)

 

 

 

 



30. ADV/POEMA

Vendrá.
Lo canta la liturgia
a las primeras luces moradas de Adviento.

Vendrá.
No solo para hundir el andamiaje de los siglos
que ha de ceder ante los muros
definitivos de la eternidad,
sino para nacer de nuevo
en el recuerdo de la noche friolera de Belén
y en el tal vez no menos friolero
portal de las conciencias.

Vendrá.
Más no todos exultan al inefable anuncio.

Los que aman su venida se aprestan a salir
a lo largo de las rutas litúrgicas
rebosantes las manos de las más bellas alabanzas.

M. Melendres
Breviario lírico

 

 

 

 


31. «VENGA TU REINO» 

¿En qué esperamos propiamente nosotros en el adviento?  ¿Esperamos la primera venida de Cristo? Pero ella está detrás de  nosotros. ¿Su segunda venida? Nosotros la tememos y no la  deseamos ¿Esperamos la navidad? El esperar en una fiesta se ha  convertido de un proceso religioso en algo comercial, lo cual luego  puede convertirse en cualquier otra cosa. Así, por lo que parece, el  cristiano no espera en nada; que la esperanza cristiana es una  palabra vacía y que precisamente por eso sigue la ley del vacío de  dejarse llenar por otras esperanzas. 

¿Pero no tenemos realmente nada en qué esperar? ¿No es la fe  cristiana realmente aquel absurdo «esperar a Godot», al que nunca  llega, tal como trató de desenmascararlo brevemente la obra de  Samuel Beckett? ¿Está realmente la primera venida de Cristo «detrás  de nosotros»? ¿O no viven continentes completos y no vivimos  nosotros mismos en el fondo «antes del nacimiento de Cristo»? ¿No  sigue pernoctando él en el establo, mientras que nosotros, que  vivimos en casas, lo ignoramos o preferimos ignorarlo, porque no  teníamos un lugar para él? Hay hombres que viven todavía antes de  Cristo: con ellos no se ha hecho todavía encontradizo Dios, el cual no  cura nuestros sufrimientos alejándolos, sino compadeciéndolos; el  cual elimina la injusticia del mundo siendo él mismo víctima de esa  injusticia. Hay hombres que viven después de Cristo, los cuales le han  visto y han pasado de largo. ¿Pero no es más venturoso vivir «antes»  que «después» de Cristo? ¿Pero puede su primera venida estar  simplemente «detrás de nosotros»? ¿No permanece ella, en un  sentido muy profundo, siempre «antes» que nosotros? ¿No debemos  nosotros en realidad ir tras ella a lo largo de nuestra vida y no nos  debería ayudar el adviento a permanecer en ese camino? Así  podríamos advertir poco a poco que la esperanza en la primera y en  la segunda venida de Jesucristo en el fondo es una sola y misma  cosa. Ambas no significan, en último término, otra cosa que el entrar  en la dinámica interior de la oración: «venga tu reino». 

Cuando la «primera venida» de Jesús haya llegado a todos,  entonces precisamente ésta será su «segunda venida». Cuando  todos hayan entrado en el establo, entonces ese establo se convertirá  en el lugar de su gloria. En el establo es donde se divide el mundo. El  Niño con el que se topa es el juicio o la salvación. 

¿Pero qué ocurre con la navidad, con la fiesta, con la liturgia de la  iglesia? ¿Podemos alegrarnos? Sí; podemos alegrarnos: La fiesta  significa que nosotros comenzamos nuestro año, no partiendo de los  astros, sino de los hombres que lo han humanizado, de los hombres  en cuya historia ha entrado Dios. La fiesta no sólo nos hace participar  en el ritmo de la historia, sino también en el sufrimiento y en la alegría  de los hombres anteriores a nosotros, en el misterio de Dios que se  insertó en su historia. En esto se apoya su aspecto liberador, su  suntuosidad, su alegría. El mundo vive de que en él hay alegría y de  que ella no se apaga en el consumo, en el disfrute, en la lúgubre  seriedad de las ideologías. 

La verdadera alegría es un regalo a la comunidad, que Dios conoce  como a los suyos. ¿Y no debemos nosotros prepararnos también de  una forma nueva para ello? 

JOSEPH RATZINGER
EL ROSTRO DE DIOS
SÍGUEME. SALAMANCA-1983.Págs. 64 s.

 

 

 

 


32. Adviento: humildad y fertilidad 

El Adviento nos lleva de la mano hasta la Navidad. San Lucas nos  dice que sólo se anuncia el nacimiento de Jesús a los humildes de  corazón; en Adviento deberíamos profundizar en nuestra humildad si  queremos celebrar la Navidad.

La palabra humildad viene de humus, tierra. Ser humilde significa  aceptar la parte terrenal que todos tenemos; significa descender,  buscar y encontrar todo lo que somos, aceptándonos tal y como  somos. Desde luego que resulta muy desagradable y duro remover la  basura que tenemos escondida en lo más hondo de nuestro corazón. Al igual que la tierra abonada se hace fértil, así cuando nuestro  corazón se hace humilde es capaz de amar en abundancia. Si el  estiércol se deja escondido en una bolsa, produce un olor  nauseabundo. Sólo cuando se saca a la luz y se mezcla con la tierra,  desaparece al poco tiempo junto con su mal olor, quedando la tierra  enriquecida y preparada para dar fruto.

Sólo si sacamos a la luz de nuestra conciencia todo lo escondido de  nuestro corazón y nos aceptamos tal y como somos, dejaremos de  padecer los malos sentimientos que producen nuestras miserias,  porque éstas desaparecerán. Nunca llegaré a ser caritativo si no soy  capaz de reconocer toda la tacañería que se esconde en mi corazón,  y nunca seré comprensivo si no admito mi dureza interior. Porque la  humildad no consiste en ir encorvados por la calle, ni en  menospreciarnos, sino en reconocernos tal cual somos: terrenales,  con nuestras virtudes y nuestros defectos. 

Gracias a Dios, todos somos humanos y, por tanto, imperfectos.  Eso nadie lo cambiará: es imposible alcanzar la perfección, pero sí  podemos trabajar para que seamos más felices nosotros y los que  nos rodean. Aprovechemos el Adviento para dar un buen repaso a  nuestro interior. Hagámonos humildes y tendremos la gran felicidad de  vivir plenamente la Navidad.

Julián de Cos